memoria colectiva

Editorial

La figura de Miguel Ángel Blanco representa el recuerdo vivo de una sociedad que hace 20 años reaccionó como nunca antes frente a ETA

Miguel Ángel Blanco fue secuestrado y asesinado hace veinte años por ETA. Sus captores justificaron lo que pretendían hacer con un comunicado en el que, a cambio de la liberación del joven concejal, exigían el acercamiento de los etarras presos. Formaba parte de la obra que los instigadores de tan bárbaro crimen habían escrito con anterioridad: adueñarse del aliento del público asestando un golpe imprevisible y cruel que desconcertara a los ciudadanos-espectadores, conminándoles a la pasividad. Las horas de espera discurrieron en la movilización y el ruego colectivo. Ruego que no apelaba tanto al sentimiento de piedad que pudieran albergar los secuestradores como a un compromiso ciudadano imbatible que salvase a Miguel Ángel. Cientos de miles de personas se hicieron protagonistas de las concentraciones y manifestaciones más variadas que se hayan visto contra el terrorismo. Fue la primera vez que la mayoría de esos ciudadanos salía a la calle contra ETA, con signos y expresiones inéditas hasta entonces en el repudio creciente a la banda. La gente trataba de aferrarse a un hilo de esperanza, mientras en el fondo temía lo peor. Y lo peor heló el aire que se respiraba a duras penas por la tensión, en una espera segundo a segundo, con la hospitalización y el parte de fallecimiento. ETA había decidido hacerse valer extendiendo la persecución a muerte a personas electas y a ciudadanos significados de la sociedad civil. Había trazado una línea de separación por la que la seguridad personal solo estaba garantizada en las filas de la apología de la violencia y en las de la indiferencia frente al Mal. El listado de los hombres y las mujeres bajo una amenaza cierta se multiplicó de pronto. ETA había optado por la «socialización del sufrimiento» para poner a prueba a la sociedad y a las instituciones. Nunca el rechazo ciudadano al terrorismo etarra se había manifestado más unánime y activo que ante el secuestro de Miguel Ángel Blanco y tras su asesinato. Nunca la reacción política se había mostrado más decidida, con el lehendakari Ardanza y la Mesa de Ajuria Enea dispuestos a que la izquierda abertzale pagara con su orillamiento definitivo el sadismo liberticida al que daba cobertura. Quién hubiera pensado entonces que ETA subsistiría dos décadas más, que no renunciaría al uso de las armas hasta quince años después, y que no las entregaría hasta ayer mismo. Pero a los meses del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco la banda terrorista ya estaba urdiendo su enésima envolvente sobre el mundo nacionalista, que cuajaría en el anuncio de la tregua de 1998 y en el Acuerdo de Estella.

La injusticia del daño causado

La ‘ducha escocesa’ entre el más cruel de los asesinatos, la persecución de las formaciones no nacionalistas y la simulación de la apertura hacia las nacionalistas surtió sus efectos. De un tiempo en el que primaba la unidad democrática frente al totalitarismo etarra se pasó a la divisoria entre los partidos de vocación estatal y las opciones abertzales. A la divisoria entre el desarrollo consensuado de la Constitución y el Estatuto y la gestación de una vía soberanista que afloraba como pretendido trueque para la ‘ausencia de violencia’. Hoy, 20 años después del asesinato de Miguel Ángel, ETA -que podría encontrarse en vísperas de su disolución- y la izquierda abertzale se niegan a condenar o a admitir la extrema injusticia del daño causado, y es más que probable que nunca lo hagan en esos términos. Todas las víctimas del terrorismo etarra merecen la misma consideración por parte de la sociedad y las instituciones, pero es evidente que Miguel Ángel Blanco forma parte del recuerdo vivo de una sociedad que hace dos décadas reaccionó como nunca lo había hecho.

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