Medirnos constantemente

PATXI IZAGIRRE

El ser humano tiende a medirse en relación con el otro. La comparación con las otras personas es un rastreo continuo para calcular cuál es nuestra posición ante el otro. Es un cálculo poderosamente obsesivo a modo de regla vertical. Podría ser horizontal para integrarnos, pero no. Estamos por encima o estamos por debajo. Pongamos diferentes ejemplos y situaciones para poder entenderlo mejor.

Para empezar, podemos centrarnos en la rama del tener. Además del patrimonio y la supuesta clase social a la que creemos pertenecer, analizamos cualquier símbolo que otorgue cierto prestigio social. Ya sea en forma de objetos con marca (móvil, coche, bolso, ropa, casa...) o también podemos verlo en base a nuestros oficios (funcionario, peón, tendero, especialista, parado, 'sus labores'...)

Nuestro cerebro está simultáneamente midiéndose y comparándose en la estupidez de creerse más o menos poderoso. El colmo es cuando esta demostración de poder gótico le pilla a la persona con responsabilidad y poder, pongamos por caso las pruebas nucleares, últimamente de moda, y las exhibiciones que demuestran tener un arma de mayor tamaño. Es decir, el poder de la venganza hacia un buen cacho más que lo que me has hecho, ¡a ver si te enteras de una vez!

Otra faceta interesante para comprobar esta tendencia a medirnos constantemente es el saber. Y no me refiero sólo a las calificaciones que desde pequeños regulan nuestro nivel de excelencia o zoquetismo (parece mentira que todavía andemos así), sino también a la demostración de saber en conversaciones cotidianas con nuestros semejantes. Seguro que conocéis a personas que te miran por encima del hombro creyéndose que mean colonia por tener este o ese título, jefatura, dominio informático o cierto caché en el pueblo. Habitualmente saben de todo un poco más que tú y te deslumbran con evolucionada reflexión ante lo importante... haciéndonos sentir un poco pardillos y como si no nos enteramos de nada. Es decir, el saber al servicio de deslumbrar al otro, en lugar de alumbrar y ayudar al otro.

No quiero olvidarme de la faceta del ser en mi breve análisis. Además de ser más listo, pudiente, guapo, alegre, o yo que sé, que tenga más trofeos en la vitrinas para enseñar. Me refiero a lo goloso que resulta también para nuestros egos creer ser un 'iluminati'. Es decir, ya sea desde el culto al cuerpo de última generación, la espiritualidad al servicio de logro competitivo o la frivolidad de ser un exhibicionista de emociones fabricadas para televisar, y así demostrar la falta de timidez con facilidad sensiblera. La vanidad coloniza también la faceta del ser. Ser más auténtico, más avanzado, más, más y más, para no sentirnos solamente uno más y habitar la humana mediocridad.

¿Pero quién creemos ser en el fondo? Ni el gigante de nuestros sueños, ni tampoco el enano de nuestros complejos. ¿Y para qué tanto medirnos con el otro? Se trata de complejos y carencias. La vanidad encubre y compensa un sentimiento de carencia o inferioridad. La envidia es sentir el contraste ante quien consideramos más y nos pellizcamos al sabernos menos. El otro pone de manifiesto lo que nos falta. Es la tristeza ante el bien ajeno. Es el gozo ante el mal ajeno. Aprender para alegrarnos con el gozo ajeno y entristecernos con el mal ajeno, es señal de una envidiable salud mental. Bonito cursillo para apuntarnos en septiembre después del verano.

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