La mediocre universidad vasca

Hay que evaluar la endogamia del profesorado, la dispersión territorial de las facultades, la falta de conexión con nuestro tejido económico, la escasa contratación de docentes extranjeros o la duplicidad de cursos según criterios lingüísticos

LUIS HARANBURU ALTUNA

Las malas noticias se suceden en el ámbito educativo vasco. El pasado mes de diciembre el informe PISA sancionaba el desplome del sistema educativo vasco, que nos situaba por debajo de la media de la OCDE y de España y ahora es otro informe el que dictamina la mediocridad de nuestra universidad. Todos conocemos docentes de prestigio que individualmente merecen nuestra admiración, pero individualidades aparte la universidad vasca como institución es mediocre y no es que lo diga yo; lo dice el Ranking de Shangai que establece la clasificación de las quinientas mejores universidades del mundo, entre las que figura el del País Vasco en el puesto 492. La Universidad de País Vasco aparece entre las once universidades españolas que figuran en el ranking, pero el lugar que ocupa es el de la cola. Muy por detrás de las universidades Pompeu Fabra (239), Universidad de Barcelona (268) o la de Granada (302) que son las mejor situadas en la mencionada clasificación.

El problema es que los vascos dedicamos a nuestro sistema educativo bastantes más recursos que la media de nuestro entorno. Somos un país relativamente rico que gracias a nuestro especial estatus financiero, mediante el Concierto Económico, podemos dedicar más recursos a la educación, pero estos recursos resultan ser ineficaces, si los malgastamos. Cuando el informe PISA desveló las graves carencias de nuestro sistema educativo, los sindicatos atribuyeron el mal resultado a la falta de recursos. Pero no todo es cuestión de dinero ya que universidades con menos recursos obtienen mejores resultados, las razones de nuestra mediocridad las hemos de buscar en otros factores que determinan al sistema educativo vasco. Habrá que evaluar la endogamia del profesorado, la dispersión territorial de las facultades, la falta de conexión con nuestro tejido económico, la escasa contratación de docentes extranjeros o la duplicidad de cursos atendiendo al criterio lingüístico.

Con ocasión de los resultados del último informe PISA el lehendakari Urkullu afirmó la necesidad de una autocrítica sobre nuestro sistema de educativo, pero han pasado ocho meses y la autocrítica brilla por su ausencia. Las cosas siguen como estaban y no parece que ni los sindicatos ni el gobierno estén por la labor de corregir el rumbo.

Existe una evidente contradicción entre la cacareada excelencia de nuestras políticas educativas y la ramplona realidad de sus resultados. Con la salvedad de la formación profesional, es evidente el fracaso de nuestro sistema educativo. Con ser grave la actual situación, lo es más nuestra expectativa de futuro al carecer de un diagnóstico acertado que identifique las fallas que afectan al sistema. El de la educación es un terreno en el que las reformas tardan en dar fruto y es ilusorio un inmediato futuro de excelencia y progreso sin la previa y profunda reforma de la educación vasca. Los sindicatos abertzales hablan de la necesidad de una Ley Vasca de Educación, pero no parece ser ese el remedio. Nuestra universidad necesita menos ensimismamiento y más evaluaciones externas.

Se impone la necesidad de una reflexión colectiva que supere el círculo vicioso de la pugna entre la administración y los agentes educativos, para involucrar a toda la sociedad vasca. La educación no es un asunto privativo de docentes y políticos sino que compete a toda la sociedad. Los agentes educativos deben dar cuenta a la sociedad y explicar los porqués de su fracaso. No es asumible que un cuerpo de funcionarios, con empleo asegurado de por vida, secuestren al sistema educativo despreciando el interés general.

Nuestro sistema educativo tiene ya la provecta edad de cuatro décadas y ha demostrado no estar a la altura de las necesidades de la sociedad vasca. Se ha utilizado el argumento de que el sistema educativo vasco ha afianzado la identidad cultural de los vascos, logrando incluso la extensión y el afianzamiento del euskera, pero no es ese el objetivo del sistema educativo. Un país y una sociedad no se construyen dando la espalda al incremento del conocimiento y a la adquisición de competencias para sobrevivir en una sociedad del conocimiento, que no sabe de fronteras ni de identidades.

Apuntaré tres elementos que, a mi juicio, deberían ser debatidos para establecer un diagnóstico veraz y eficaz sobre nuestro sistema educativo. El primer elemento lo constituye el tabú por el que se impide evaluar la incidencia de la sobrevaloración del euskera en el sistema, el segundo atañe a la necesaria evaluación externa de los docentes, ya que es inconcebible la funcionarización del saber y del conocimiento y el tercero se refiere a la excesiva politización del sistema; la educación no puede estar al servicio de la construcción nacional.

Si queremos revertir la tendencia a la baja del sistema educativo vasco, debemos mirarnos a los ojos y dejar de hacernos trampas, en solitario, para salir de la mediocridad.

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