El matonismo como diplomacia

CARLOS LARRINAGA

Así se puede calificar la actuación de la representación estadounidense en las Naciones Unidas últimamente, a consecuencia de la irresponsable medida de trasladar su embajada en Israel a Jerusalén. Oeste, se supone. La decisión, como cabía esperar, ha despertado el rechazo de buena parte de las cancillerías del mundo, incluidos muchos de sus aliados; por ejemplo, el Reino Unido o Francia.

La Organización para la Cooperación Islámica (OCI), que agrupa a 57 miembros, se reunió en Estambul el 13 de diciembre para manifestar su repulsa, al tiempo que Mahmud Abás declaraba a Jerusalén (Este, se entiende) como la capital de Palestina. Pues bien, el malestar causado por una medida unilateral tan injusta se ha trasladado asimismo a la ONU. A instancias de Egipto, el 18 de diciembre fue votada una resolución en el Consejo de Seguridad en la que se hacía un llamamiento a abstenerse de establecer misiones diplomáticas en Jerusalén. Igualmente, el texto, de una página, instaba a cumplir las resoluciones referidas a la Ciudad Santa. Es decir, a no cambiar el statu quo existente. En realidad, la proposición árabe era un brindis al sol, puesto que Estados Unidos tiene derecho a veto, por lo que no salió adelante. Sin embargo, sirvió para reflejar la soledad del gigante americano, ya que los demás, 14, votaron a favor. Lo que desató la ira de la atrevida Nikki Haley, la embajadora norteamericana, que llegó a hablar de «insulto que no olvidaremos», argumentando que Washington estaba facultado para fijar su legación donde considerase oportuno. Desde luego, no parecería un lenguaje muy sutil y menos aún en una institución dedicada al mantenimiento de la paz y seguridad en el planeta.

No obstante, el tema no quedó ahí. Por iniciativa de Turquía y Yemen, en nombre de la OCI, se presentó en la Asamblea General de la ONU un proyecto de resolución contraria también al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Pero en esta ocasión no fue Haley, sino su jefe, el que hizo saltar por los aires todos los protocolos de la diplomacia al amenazar directamente a los estados que se posicionasen a favor de la propuesta y a la misma ONU, que va a ver disminuir su aportación el año que viene en casi 300 millones de dólares. «Estaremos observando esos votos», dijo Donald Trump en vísperas del tan polémico referendo, dando a entender que podría rescindir las ayudas económicas que les presta, demostrando por enésima vez que el magnate yanqui es un mero matón metido a político. Sus inaceptables formas y su comportamiento en el escenario internacional únicamente están consiguiendo avivar la violencia en la región, justo ahora que se abre una cierta esperanza tras la derrota del Dáesh. No podemos descartar que Israel parece sentirse sumamente cómodo en este caos, tratando de trasmitir la idea, a quien se lo crea, claro, que sólo allí existe una democracia constantemente asediada por un ambiente hostil.

Empero, Estados Unidos de nuevo se ha vuelto a quedar solo en favor de Israel. Por 128 votos a favor, nueve en contra y 35 abstenciones, la mencionada Asamblea declaró el 21 de diciembre «nula y fallida» la decisión de Washington de declarar a Jerusalén como capital israelí. Es verdad que ha aumentado el número de abstenciones (algunos estados del Este de Europa o México y Argentina), frente a lo que es habitual, y que las palabras de Trump y Haley han podido influir en ello, mas lo cierto es que, reparando en qué países se alinearon con Estados Unidos e Israel, se puede observar la equivocada política exterior en Oriente Próximo diseñada por la Casa Blanca. Yendo por delante mis respetos, el apoyo de Guatemala, Honduras, Togo, Micronesia, Nauru, Palau y las Islas Marshall no parece gran cosa. Y revela algo en lo que recientemente insistían dos grandes intelectuales judíos en el libro ‘Conversaciones sobre Palestina’ (2016), el lingüista Noam Chomsky y el historiador Illan Pappé. En su opinión, Estados Unidos se está comportando en este conflicto exactamente igual que como lo hizo con Sudáfrica bajo el régimen del apartheid. De hecho, fue la última democracia en seguir dando su amparo al sistema colonial dominado por los blancos en detrimento de la mayoría negra. El Gobierno de Pretoria se mantuvo en tanto en cuanto contó con el sostén norteamericano. En el momento en que éste desapareció, aquél se hundió.

No parece que a corto plazo esto se vaya a producir en Próximo Oriente. Máxime cuando en el caso sudafricano, los grupos que se oponían a la segregación no disponían de los generosos subsidios económicos de los colonos israelíes. El peso del lobby judío en EE UU sigue siendo muy fuerte. De ahí la necesidad de introducir novedosos actores que traten de resolver un problema que viene enquistándose. Ya no es posible confiar en un plan de paz diseñado por Washington. Urge que otras potencias, en especial Rusia, quizás en colaboración con Turquía, tome las riendas del proceso. Porque si no, resoluciones como la del día 21 continuarán cayendo en saco roto, se limitarán a ser una mera victoria diplomática, nada más y los palestinos seguirán muriendo en su propia tierra a manos de los israelíes.

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