María la vasca

El tango nació del mestizaje entre ritmos europeos, africanos y caribeños

JUAN AGUIRRE

Del mestizaje entre ritmos europeos, africanos y caribeños nació el tango a orillas del Río de la Plata en la segunda mitad del siglo XIX. Expresión musical de inmigrantes pobres que se hacinaban en los ‘conventillos’, fue en los patios comunales de esos viejos e insalubres caserones de vecindad donde el tango tomó forma como «válvula de escape a la pena de esta ciudad», en definición del cronista Roberto Arlt.

En cualquier historia del tango argentino que consultemos hallaremos mencionada en sus primeros capítulos a María la Vasca, buena bailarina y madama de un establecimiento legendario en el barrio de San Cristóbal. Los contemporáneos que la describieron hablan de una mujer hermosa y de rostro alunado, carnosita pero bien formada, vestida con un ropón abotonado con monedas de libra esterlina, detalle en el que algo tendría que ver su pareja, Carlos Kern, más conocido como ‘El inglés’, aunque también lo apodaban ‘Matasiete’ por lo pelma que resultaba.

La de María la Vasca era una ‘casa chorizo’ (construcción típica bonaerense de patio estrecho y habitaciones a los lados, como chorizos en ristra) que reunía dos atractivos para los milongueros: por un lado, la música a cargo de buenos intérpretes que gustaban tocar allí por el renombre que reportaba lucir talento donde María. No por nada el pianista oficial era Rosendo Mendizábal, compositor del famosísimo tango ‘El Entrerriano’ y que murió en la miseria, acompañado por el también célebre clarinetista Juan Carlos Bazán, quien dedicó a la anfitriona una pieza titulada ‘La Vasca’.

El segundo reclamo estaba en las lindas bailarinas que la doña convocaba cada noche a partir de las once preciosamente vestidas: Consuelo la Gallega, La Porota, Catalina la Tísica o La Babosa, llamada así por su manera de hablar que aguaba en parte su gran belleza. Bailar al 2x4 por una hora costaba tres pesos por persona. Después, para poder recogerse en las alcobas había que abonar un plus. Pero no se piense por ello que se trataba de una casa de lenocinio, no: es que cada noche la fiesta donde María, si se terciaba, era apurada hasta el final. Además, la patrona no permitía la entrada en su establecimiento a los que rufianeaban por los barrios bajos de la Buenos Aires de hace un siglo: malevos, compadrones, taitas o ‘guapos’.

Aquel domicilio, uno de los ‘altares bautismales del tango’, sigue en pie en la calle Carlos Calvo casi esquina con avenida Jujuy. Hay un movimiento para preservar el edificio donde vivió María la Vasca y donde muy pobre murió despidiéndose, probablemente, con un «que me quiten lo bailao».

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