La manipulación del republicanismo

Resulta insufrible que, con el discurso del odio, algunos se apropien de la bandera de la Segunda República. La CUP, herederos de la tradición anarquista catalana, no debería confundirnos con su 'modelo'

KATY GUTIÉRREZ MUÑOZ

En la grave situación política actual asistimos a una manipulación de la 'República' con el objetivo de atacar el sistema constitucional español. Se efectúa desde proyectos políticos situados en las antípodas del republicanismo. Es una simplificación burda que contrapone república frente a monarquía, verdadera democracia frente a régimen heredero del franquismo. República era el Chile de Pinochet, república la Camboya de Pol Pot, repúblicas islámicas varias. Todas ellas dictaduras tan execrables como la franquista.

El republicanismo democrático, con sus principios y valores, ha sido la fuente de las democracias modernas. La libertad, la igualdad, la fraternidad (incomprensible para quienes no conciben que se actúe sin beneficio propio), la justicia, incluida la social, el libre pensamiento, la racionalidad, el amor por la verdad, el respeto a las leyes, el respeto a la autoridad legítima, la lucha pacífica por cambiar el mundo ... son sus valores básicos. Un humanismo laicista, procedente de la Ilustración y con raíces en el humanismo cristiano. Respetuoso con las minorías, identidades y creencias, impregnado de tolerancia pero enfrentado a liberticidas o transgresores de los derechos humanos. Añadamos la responsabilidad de búsqueda del bien común y la justicia por parte de los poderes públicos y la necesidad de una ciudadanía activa. Ante la dictadura franquista la opción democrática era resistir y combatir en positivo. Odiar la ideología franquista y al dictador, pero no a medio país. El objetivo era conseguir la democracia evitando un nuevo enfrentamiento civil. Eso fue ni más ni menos la Constitución de 1978, impregnada de los principios y valores republicanos convertidos en constitucionales. La Monarquía parlamentaria se prestaba a asumirlos, proporcionando estabilidad y facilitando la reconciliación.

Resulta insufrible que con el discurso del odio algunos se apropien de la bandera de la II República. Las CUP, herederos de la tradición anarquista catalana, no deberían pretender confundirnos con su 'modelo' republicano. Todos quienes quieren acabar con el 'régimen' constitucional del 78 alabando la República de Maduro deberían cuidarse de citar a Azaña. Santos Juliá nos cuenta que en el Madrid de agosto del 36 Rivas Cherif, cuñado de Azaña, comprobó los estragos que las primeras semanas «de matanzas más que de guerra» habían causado en el entonces presidente de la República. Su ánimo llegó a un punto cercano a la desesperación y al abandono cuando tuvo noticia de la masacre de presos 'derechistas' en la cárcel Modelo, entre otros, su antiguo jefe político el líder del partido reformista (republicano) Melquiades Álvarez. El «Paz, piedad, perdón» de Azaña al final de la guerra es parte esencial de la memoria histórica.

¿Y la proyectada República independiente catalana, de qué tipo será? Podemos aventurar lo peor. Su naturaleza etno-cultural es incompatible con los principios democráticos. Como dice Antonio Elorza, la clave es que sólo forman el «pueblo catalán» (con derechos civiles) sus seguidores. Por eso ganan siempre las farsas de referendos. Son para el «pueblo», no para los ciudadanos. La UE no podrá jamás admitir ese proyecto que dinamitaría la democracia. Estamos en el corazón de la UE, no en el Este postsoviético. España es un país plural y sus territorios también lo son. Aceptemos que la mitad de «su pueblo» (lo cual es mucho decir) se siente sólo catalán, la otra mitad se sienten quizás catalano-españoles. Los etnoculturalistas crean dos comunidades abocadas al enfrentamiento y amenazan la democracia. La única posibilidad de encuentro entre identidades distintas es el nacionalismo cívico (patriotismo constitucional de Habermas) y el respeto a los valores constitucionales ('republicanos').

Miremos hacia el Ulster y Quebec. De los Acuerdos de Viernes Santo salieron dos referendos. El del Ulster se refería únicamente al contenido del Acuerdo, que les «obligaba» a un gobierno compartido entre las dos comunidades, católica y protestante. En el de la República de Irlanda lo que se votó fue retirar de su Constitución la reclamación irlandesa sobre el Ulster. Sería algo parecido a quitar la mención a Navarra del Estatuto de Gernika. La Ley de la Claridad de Canadá es ampliamente citada por el independentismo catalán, casi siempre mal según reputados expertos. En los dos ejemplos hay un punto esencial: El respeto a los principios de la democracia y a los derechos de las minorías y los individuos. Bill Clinton, en una conferencia organizada por Dion sobre federalismo, les espetó a los independentistas de Quebec: «¿Se van a respetar los derechos de las minorías y de las mayorías?». En el caso de la proyectada República independiente de Cataluña, ¿se respetaría a esa 'minoría' que se siente catalano-española? Cómo vamos a creerles, si llevan años pisoteando el derecho a elección de la lengua vehicular de sus hijos, 'educando' independentistas, insultándoles como 'fachas', conculcando su derecho a no ser nacionalistas,...

Comparto con Joseba Arregi la idea de que los partidos constitucionalistas no deberían tener miedo a introducir reformas en la Constitución para seguir teniendo un futuro compartido. Todas las autonomías tendrán que involucrarse, conjugando la pluralidad con los principios y valores 'republicanos'. Las diferencias así enriquecen. Las que comportan privilegios son sencillamente antidemocráticas.

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