De la manifestación al referéndum

Que los partidos, tanto catalanes, como estatales, se dispongan ahora a afrontar la recta final del desafío secesionista sin queel atentado les haya afectado resulta descorazonador

PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADOProfesor de Historia del pensamiento político en la UPV-EHU

Al cabo de casi cuarenta años de democracia gestionada desde la Constitución de 1978 y particularmente desde su título VIII -sin olvidarnos de la Disposición Adicional Primera para nuestros derechos históricos- podríamos haber presumido sin complejos de haber construido un sistema político en el que las tensiones centro-periferia y unidad-diversidad se estaban pudiendo encauzar razonablemente bien. Pero el sistema tenía un punto límite que los nacionalismos, por un lado, y una centralidad mal entendida -y no identificable precisamente solo con la derecha- por otro, han terminado por alcanzar, como no podía ser de otra manera. Y ahora estamos en el punto crítico.

Lo demuestra el hecho insólito de que una manifestación capaz de reunir a las más altas instancias de la política institucional, como fueron el Rey, el presidente del Gobierno y los presidentes de comunidades autónomas, junto con una amplísima representación popular por las calles de Barcelona el 26 de agosto y con un propósito de unidad que salía en todas las declaraciones y manifiestos procedentes de la parte del Gobierno -no así de los representantes catalanes, como fue obvio- pueda acabar convertida en la plataforma de lanzamiento para un referéndum de autodeterminación convocado unilateralmente por el grueso del nacionalismo catalán. Pero a ello vamos, para pasmo de observadores nacionales y extranjeros.

La manifestación de Barcelona fue extraordinaria por lo que representó de ver al Rey y a todo el Ejecutivo y clase política reunidos en la calle para reivindicar unidad frente al terrorismo. Así como la participación institucionalizada -el juego de partidos, la representatividad- es la base de la participación política, los partidos más radicalizados suelen querer monopolizar la movilización callejera como paradigma de la participación ciudadana, popular, no convencional: y ahí se vieron a los que atacaban la presencia real y del Gobierno reprochándoles sus amistades con el régimen saudí, financiador del yihadismo, cuando sabemos que Ryad ha bombardeado repetidamente las posiciones del ISIS en Oriente Medio.

Lo extraordinario de verdad fue ver en Barcelona, unidos contra el terror, ambos tipos de participación, la institucional y la popular. Pero todo el mundo pudo comprobar que había algo raro en el ambiente, en las caras, en los gestos de los protagonistas, los conocidos y los anónimos, mucha corriente de fondo, mucha procesión por dentro, y no precisamente de yihadistas. Que tras la manifestación hubiera reuniones entre Iglesias y Junqueras, por un lado, y las que no sabemos que hubo por otro, lo enrarece todo un poco más. El ataque yihadista fue una especie de catarsis, primero social, por supuesto, ante la salvajada cometida, pero luego también política, sin que para nada hubiera sido este el propósito de los yihadistas -y en esto creo que no habrá discusión posible-: ¿cabe pensar que entre los designios del imán de Ripoll estuviera incidir en el contencioso catalán?: resulta descartable por completo, ¿no?

Así las cosas, que los partidos, tanto catalanes como estatales, se dispongan ahora a afrontar la recta final del desafío secesionista, sin que los acontecimientos en Barcelona les hayan afectado lo más mínimo, resulta descorazonador. ¿Cabe pensar que lo ocurrido en Barcelona no haya ablandado los ánimos secesionistas catalanes, ni los recelos centralistas del resto? Pues eso es lo que parece y todos se aprestan ya a tomar posiciones ante lo que se avecina.

A uno, a la vista de los acontecimientos, le da por dudar entonces acerca de las verdaderas intenciones de muchos -¿la mayoría?- de los que gritaban en la manifestación «No tenim por» («No tenemos miedo») por las calles de Barcelona. Y es que en la manifestación es imposible que los políticos actuaran como si no estuvieran en Barcelona, precisamente en Barcelona. Sabemos que en Cataluña se concentra buena parte del turismo español y que es el territorio de mayor implantación de la inmigración de creencia musulmana. También el movimiento secesionista catalán tendrá que ver con todo eso, sin duda. El relato que nos cuentan los interesados, de que hubo un pacto para reformar el Estatuto catalán, que luego Zapatero no cumplió y así empezó todo, es una parte y muy pequeña además, de lo que está ocurriendo allí. Tiene que haber mucho más detrás. Tiene que haber una sociedad descoyuntada, donde un gran porcentaje de quienes reclaman la independencia no son nacidos en Cataluña o son hijos de no nacidos allí. Todo demasiado complejo como para dirimirse con una denuncia al Tribunal Constitucional. Hay una CUP que tira por la calle de en medio, hay una ERC que quiere acabar con su gran enemigo interior, el nacionalismo moderado, y hay un Podemos catalán rebelde con Iglesias y una Ada Colau dispuesta a abarcar todo lo que la rodea. Lo demás es cosa de la sociedad civil, que se las vaya arreglando para recomponer lo roto, como siempre. De los políticos ya estamos viendo que se puede esperar poco en ese sentido. Y la ciudadanía siempre tiene razón cuando vota, como se suele decir.

Resumiendo, el atentado yihadista se convirtió -sin ser ni de lejos la intención de sus ejecutores- en una explosión de cariño y solidaridad con Cataluña, pero muchos -sobre todo los políticos- que gritaron luego «No tenim por» («No tenemos miedo») lo que ya solo tenían en mente era el próximo 1 de octubre.

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