La liberación

Entre líneas

El final de ETA, pese a su hiriente escenificación carente de empatía con las víctimas, entierra la última herencia de la Guerra Civil

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

ETA se ha disuelto definitivamente y una sensación de alivio aflora de nuevo aunque la alegría genuina llegó el 20 de octubre de 2011 cuando tres encapuchados anunciaron el cese definitivo de la violencia. Fue entonces de verdad cuando descorchamos la botella de champán que guardábamos demasiado tiempo en el frigorífico. El adiós a las armas, acogido hoy con frialdad en la sociedad vasca, responde al último ritual de un final bastante anunciado y previsible. Es una buena noticia, que supone una verdadera liberación aunque llegue demasiado tarde y devaluada. La cumbre de Kanbo ha exhibido una liturgia excesiva de despedida y cierre, con música coral incluida. La izquierda abertzale tendrá que entender algún día que ETA ha sido, sobre todo, un problema de convivencia entre los vascos, y que ha pretendido pilotar desde la amenaza el devenir de este país. La escenografía de Villa Arnaga, con algunos políticos franceses entregados con entusiasmo a la coreografía, refleja un diagnóstico anclado en la teoría del 'conflicto' que algunos quieren rescatar para reactivar de nuevo la acumulación de fuerzas soberanista de Lizarra y negociar un nuevo marco político.

La despedida de ETA confirma la disolución, que es lo que se le ha demandado siempre por activa y por pasiva, aunque la envuelve en un ropaje retórico, autosuficiente y falto de la mínima empatía hacia sus víctimas. Con esa falta de humanidad y esa carencia de humildad intenta orientar el relato y camuflar las miserias acumuladas durante tantos años de terrorismo. Entre otras cosas, que ha fracasado, que la violencia ha sido derrotada, que la presión policial, judicial, social y política contra ETA -incluyendo los frustrados intentos de diálogo que fueron tan demonizados- empujaron a la izquierda abertzale a exigir el adiós a las armas para salvar su proyecto político independentista. Y que su existencia no ha tenido ningún sentido.

En el fondo, el relato pendiente. ¿Cómo se cuenta cómo acabó esto? Pese a toda la mediación internacional, pese a toda la pompa y circunstancia, el fin de la violencia no ha sido el fruto de una negociación como la desarrollada en Colombia entre las FARC y el Gobierno. La esencia es que ETA, al final, se ha disuelto unilateralmente sin lograr ni uno solo de sus objetivos. Pretendió imponer en el 77 la alternativa KAS. Combatió con crueldad el Estatuto y la democracia. Quiso condicionar al nacionalismo institucional, persiguió a los no nacionalistas y pretendió doblegar desde un principio los mecanismos democráticos de decisión. No logró nada. Sólo dolor. Acabó con la vida de 854 personas, provocó miles de heridos y extorsionados y arruinó vitalmente a varias generaciones a las que enroló en el fanatismo. ETA se transformó en un fin en sí mismo, se perpetuó como una fábrica de rencor e hizo de su supervivencia el principal problema en una espiral interminable de siniestra obcecación. Su patética falta de realismo terminó quemando a su mundo y lastrando al nacionalismo. Y ahora dice adiós reclamando el 'acuerdo entre diferentes' cuando la negación del pluralismo vasco ha sido su principal seña de identidad.

El tono grandielocuente de esta despedida contrasta llamativamente con el desinterés social. «La fuerza del pueblo... se disuelve en el pueblo», dice su misiva. Emerge, por enésima vez, el discurso infantil y simplista sobre el que siempre se ha sustentado el terrorismo, tratando a la ciudadanía como si fuera menor de edad, con una función de presión y tutela inadmisible en una sociedad madura, que ahora se proyecta como una sombra de gigante por la fuerza inapelable pero demoledora del principio de realidad. Ahora que tanto se denuncia el auge del populismo como respuesta fácil y antidemocrática a los problemas complejos, el terrorismo ha sido una expresión anticipada de esa irracionalidad, llevada. La claridad del lehendakari Urkullu ofrece un oportuno contrapunto a esa parafernalia y al riesgo de que el lenguaje se retuerza, se desfigure y se confunda. Queda al descubierto que no es posible navegar con dos narrativas contradictorias para contentar a todos en este asunto tan crucial.

El fin de ETA entierra la última herencia de la Guerra Civil. Lo difícil ahora es construir entre todos la convivencia, desterrar el asesinato para lograr objetivos políticos y conseguir que la semilla del odio y del extremismo ideológico no vuelva a germinar. Ponerse en la piel del otro y sustituir la palabra enemigo por adversario. Y que las nuevas generaciones conozcan con precisión ese pasado de tenebroso integrismo para no repetirlo nunca.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos