Lejos de Belfast

SANTIAGO DE PABLOCatedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU

Junto a otros observadores internacionales, el líder del Sinn Féin, Gerry Adams, asistió el pasado 4 de mayo al acto en el que se oficializó el final de ETA en Cambo. Su presencia es un eslabón más en la fascinación con que los sectores radicales del nacionalismo vasco han mirado a Irlanda desde el primer tercio del siglo XX.

De hecho, hubo un momento en que Irlanda del Norte se presentó como el modelo ideal para poner fin al 'conflicto' vasco. Allí, tras treinta años de enfrentamientos y casi 3.500 víctimas mortales, desde 1994 estaba en marcha un proceso de paz que había comenzado con un alto el fuego del IRA y de los grupos terroristas vinculados al unionismo. Aunque la violencia rebrotó puntualmente, debido a la intervención de sectores disidentes, paralelamente se desarrollaron una serie de conversaciones en las que intervinieron el premier británico Tony Blair y su homólogo de la República de Irlanda, Bertie Ahem. Junto a ellos, hubo representantes de las diversas fuerzas políticas del Ulster, tanto protestantes como católicas, incluido el Sinn Féin de Adams, considerado el brazo político del IRA.

Cuando el 10 de abril de 1998 se firmó en Belfast el Acuerdo de Viernes Santo, el éxito del proceso amplificó la idea de ponerlo como ejemplo para Euskadi, sin reparar en las profundas diferencias con Irlanda, al no existir aquí ni dos comunidades ni dos terrorismos enfrentados. El pacto de Belfast ponía fin a tres décadas de violencia, permitía la salida de la cárcel, con ciertas condiciones, de los condenados por actos terroristas y establecía un autogobierno para el Ulster, con un complejo sistema de equilibrios entre ambas comunidades. Además, todas las partes se comprometían a utilizar en el futuro «medios exclusivamente pacíficos y democráticos» y a favorecer la reconciliación.

El 'Good Friday Agreement' convertía a Euskadi prácticamente en el único lugar de Europa occidental donde en 1998 pervivía el terrorismo. En los años anteriores, mientras avanzaba el proceso irlandés y ETA seguía matando, se estaba ya planteando en el País Vasco una estrategia semejante, que se manifestó después en el llamado Foro Irlanda, en el que participaron representantes del nacionalismo democrático (PNV y EA) y de HB. En este proceso, tras la encarcelación de la Mesa Nacional de HB, tuvo un papel importante la nueva dirección de este partido. No por casualidad, Arnaldo Otegi llegó a ser calificado como «el Gerry Adams vasco».

Como es bien sabido, estos contactos llevaron a la firma por los partidos nacionalistas del Pacto de Estella o Lizarra, el 12 de septiembre de 1998, y a la «tregua unilateral e indefinida» de ETA, cuatro días después. Ajeno a las diferencias entre el caso vasco y el irlandés, el texto de Lizarra hacía referencia expresa a «las características con las que se han producido el proceso y el Acuerdo de Paz en Irlanda», abogando por «un proceso de diálogo», realizado «en unas condiciones de ausencia permanente de todas las expresiones de violencia del conflicto», en alusión a la tregua. Aunque se afirmaba respetar «la pluralidad de la sociedad vasca», quedaba claro que solo Euskal Herria debía «tener la palabra y la decisión», frente a los Estados español y francés.

Sin embargo, pronto se vio que la aplicación mimética del modelo irlandés al caso vasco no funcionaba. No solo los partidos y la sociedad vascas se fracturaron en esos años en dos bloques, a favor o en contra de Estella, sino que el nacionalismo vasco democrático terminó siendo consciente de que no podía ceder al chantaje de ETA, abandonando todo lo conseguido en los años anteriores, para «hacer una apuesta clara y absoluta por la soberanía» y romper «ataduras y acuerdos con las fuerzas políticas que tienen como fin la desaparición de Euskal Herria», tal y como les exigía ETA. De hecho, cuando esta anunció el término de la tregua, a finales de 1999, no hizo alusión a la negativa del Gobierno Aznar a cumplir sus condiciones, tras una sola reunión en Suiza, sino a la tibieza del PNV y de EA.

Los sucesos de los años siguientes, hasta llegar al reciente anuncio de la disolución de la banda terrorista, son bien conocidos: reinicio de los atentados en 2000, planteamiento y fracaso del Plan Ibarretxe, nueva tregua y negociaciones fallidas durante el Gobierno Zapatero y anuncio del fin de la «actividad armada» de ETA en 2011. Pese a que la presencia de Adams en Cambo haya querido dar un 'toque irlandés' al acto de rendición de ETA, en realidad hace tiempo que había quedado atrás el intento de dar una salida a la organización a imitación del Acuerdo de Viernes Santo.

En este sentido, aun compartiendo la decepción generalizada por el cinismo de los últimos comunicados de ETA, por su petición de perdón selectivo y por la falta de colaboración para resolver sus crímenes, quizás la comparación con otros escenarios posibles, como el de 1998, invita a ser algo más optimista.

Al fin y al cabo, si nos hubieran dicho hace veinte años que ETA iba a desaparecer sin ningún tipo de negociación política, sin contrapartidas y sin asegurar una salida para sus presos, quizás no nos lo hubiéramos creído.

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