El legado vasco de Ignacio de Loyola

LUIS HARANBURU ALTUNA

Es difícil imaginar un País Vasco sin Ignacio de Loyola. Su influjo en todos los órdenes de la vida religiosa, política y cultural ha sido determinante. Además de ser el vasco más universal de toda nuestra historia, la influencia de su Compañía se dejó sentir, ya desde el siglo XVII, en todo el ámbito territorial vasco. En su juventud, Ignacio de Loyola participó activamente en los acontecimientos políticos de su país, formando parte del ejército que luchó en defensa de la anexión del reino de Navarra a Castilla, pero fue su trayectoria como destacado reformador de la Iglesia y fundador de la Compañía de Jesús, la que contribuyó de manera decisiva a la historia del País Vasco.

Cuando hace 500 años, en 1517, Martín Lutero hizo públicas sus 95 tesis mediante su proclamación en las puertas de la iglesia de Wittenberg, Ignacio de Loyola tenía 26 años y estudiaba humanidades en la Universidad de Alcalá. Martín Lutero era cuatro años mayor que Ignacio de Loyola, pero murió diez años antes que el fundador guipuzcoano. Aunque jamás se conocieron, las vidas de ambos corrieron paralelas desde el momento en el que Ignacio se erigió en el principal baluarte del Papa. Ignacio de Loyola fue el contrapunto cultural y religioso de Martín Lutero. La Contrarreforma, con el acontecimiento del Concilio de Trento fue, en buena medida, un logro político y teológico de la Compañía fundada por Ignacio. El Concilio de Trento tardó casi dos siglos en materializarse en la iglesia vasca, pero su influencia marcó de manera indeleble el carácter religioso de los vascos. En el País Vasco, las reformas de Trento no fueron una realidad tangible hasta el siglo XVIII y fueron precisamente los jesuitas los principales artífices de su implementación. Pero la influencia de Ignacio de Loyola y de su Compañía en Vasconia supera, con mucho, el mero ámbito religioso para incardinarse en el ámbito cultural e incluso en el político.

Tras la debacle social y cultural que supusieron los juicios de brujería, con Pierre de Lancre a la cabeza, en los primeros años del siglo XVII el País Vasco resultó anímicamente asolado. El obispo Echauz, el protector de Axular, llamó a los jesuitas para misionar y reconfortar a los fieles del Labourt y de las parroquias navarras y guipuzcoanas bajo su jurisdicción. Inicialmente, sin embargo, los jesuitas no lo tuvieron fácil. Cuando estos trataron vanamente de instalarse en Bayona, la reacción del municipio bayonés fue contraria a la apertura de un colegio jesuita. Esta oposición a los jesuitas contó en el País Vasco con el apoyo de las órdenes regulares que temían por sus intereses. Finalmente, su formidable prestigio como educadores venció la férrea oposición de sus adversarios.

El siglo XVIII fue testigo del impulso imparable de la Compañía en el País Vasco, Las misiones impartidas por los jesuitas se convirtieron en formidables escenarios de adoctrinamiento y fervor religiosos. Los jesuitas Mendiburu y Cardaberaz acometieron la labor evangelizadora con sus incendiarios sermones y su ardiente devoción. Ambos jesuitas fueron pioneros en el uso del euskera, como lengua preferente de predicación y se convirtieron en auténticos tribunos de la fe. El euskera debe mucho a aquel fervor doctrinario de los misioneros jesuitas. Tanto o más que a la labor de Manuel Larramendi, autor del monumental Diccionario Trilingüe Vasco-latín-castellano.

La figura de Larramendi, sin embargo, excede el campo de la lingüística para introducirse en el ámbito de la ideología política. El jesuita Manuel Larramendi sentó las bases de la moderna reivindicación foral e incluso esbozó las bases del nacionalismo étnico que sería desarrollado por Sabino Arana. A lo largo del siglo XIX los jesuitas jugaron un papel protagonista en las diversas contiendas carlistas, apoyando siempre la causa del carlismo, que a finales de siglo la mayoría de los jesuitas sustituirá por la causa integrista, que fue el germen del nacionalismo aranista. Sabino Arana, admirador confeso de Ignacio de Loyola, se inspiró en la Compañía de Jesús a la hora de modelar la organización jeltzale.

La vocación docente de la Compañía obtuvo su gran éxito con la fundación de la Universidad de Deusto, en el año 1886; allí formará a las élites vascas que protagonizaran buena parte de la historia del siglo XX. La Compañía fundada por Ignacio de Loyola, inspiró en el pasado los ejes políticos de las principales formaciones conservadoras vascas, pero también destacaron en sus filas hombres que como Ellacuría o Alfredo Tamayo bogaron a favor del humanismo más comprometido.

Tal vez, hoy, desde el revisionismo histórico que asola la memoria de los vascos, la figura de Ignacio de Loyola parezca a algunos desdeñable, pero su formidable aventura intelectual y humana merece un lugar destacado en la memoria de los vascos. Sin su legado, formidable para algunos y nefasto para otros, la historia vasca no sería la misma.

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