El legado atávico de España

DANIEL REBOREDOHistoriador y analista político

La crisis política que atraviesa España no es exclusiva de nuestra época puesto que gran parte de la historia moderna del país estuvo marcada por la alternancia entre partidos a cuyos máximos representantes sólo les interesaba mantenerse en el poder, sin que les importara el bienestar de la sociedad a la que representaban. Cuando esta situación alcanzó su cenit, a finales del siglo XIX y principios del XX, intelectuales y literatos alzaron su voz para intentar cambiar una tendencia que ha gangrenado siempre el proyecto español. Así lo hicieron Benito Pérez Galdós y José Ortega y Gasset. El primero escribió y pronunció en 1912 un duro discurso contra la clase política que dirigía el país en aquellos momentos y a la que dedicaba 'halagos' como que «llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, acabará en muerte». Un siglo después de aquellas palabras, la realidad nos transmite que la actitud de la clase política española no ha cambiado demasiado.

El mismo desánimo y desesperanza transmite el discurso sobre el Estatuto de Cataluña de Ortega, y las respuestas de Manuel Azaña, en la sesión de las Cortes de 13 de mayo de 1932. Ironías de la historia, numerosos herederos de su tradición ideológica están aplicando en su ámbito geográfico, el autonómico, los mismos argumentos que el filósofo describió y narró de la nación española. Sus ideas, sus temores y sus dudas acerca del poder que Cataluña debía adquirir mediante el Estatuto son muy parecidas a las que enfrentan hoy a los partidos políticos en España y 85 años después el debate de entonces ha reaparecido en la presente legislatura.

Cuando, la semana pasada, Mariano Rajoy se vio reflejado en el espejo de la moción de censura comprobó que él era el leviatán o que al menos un numeroso grupo de diputados del arco parlamentario así lo contemplaban tras la sentencia del caso Gürtel, a la que sin duda se sumarán otras muchas. Es más, aunque lo que determinó el resultado de la moción de censura fue la decisión del PNV de apoyarla, una semana después de votar a favor de los Presupuestos del PP otorgando al entonces presidente dos años más de legislatura, la misma no se hubiera producido sin el cambio de clima político generado por la sentencia y la presentación de la citada moción. La presión derivada de este clima enrarecido 'forzó' la declaración de Rajoy de ayer anunciando su decisión de dimitir como presidente del PP y convocar un congreso extraordinario en el que se elija a su sucesor. Claro que no debemos olvidar que en el lado de los vencederos estaban también el PDeCAT y Esquerra Republicana, máximos valedores de la nueva y demencial situación catalana y de su enfrentamiento al Estado. Recordemos, asimismo, que en Cataluña se están jugando muchas cosas que no se reducen a un tema identitario o de pertenencia al mismo, aunque obviamente las incluya.

La 'cuestión de España' no es un problema geográfico o sentimental, sino una confrontación de proyectos políticos. Reducir el problema en Cataluña a un creciente rechazo hacia «lo español», además de que no es cierto, induce a pensar que no hemos entendido nada. Y de ahí que la derecha, plenamente consciente de esto y de un modo mucho más lúcido a como lo abordan las izquierdas, aprovecha su dominio intelectual y moral en torno a esta cuestión en el conjunto de España para acentuar el autoritarismo del Estado. Otro efecto perverso de la deriva del movimiento secesionista catalán ha sido la reactivación del nacionalismo español, apuntalando una infernal dinámica acción/reacción donde a un bloque identitario se opone otro, sin que en ninguno de ellos se aprecie la más mínima voluntad de tender puentes, sino más bien la intención de exacerbar e inflamar el conflicto acentuando sólo dos opciones, la de ganadores o la de perdedores.

Y volvemos al inicio del artículo. O incluso nos ubicamos antes en el tiempo y 'cavamos' en los cimientos de España para comprobar que la historia de la nación más vieja de Europa se ha pensado siempre como una realidad aislada ignorando su contexto histórico y geográfico y tratándola como si estuviera sola en el mundo. Ortega definía dicho aislamiento como la «tibetanización de España» y recomendaba a sus compatriotas que no olvidaran que era también Europa. Ni ha sido, ni es, un país anómalo y estrafalario, ni Europa es una intrusa opresora del modo de vida español. Si a ello añadimos que no pocos han convertido la supuesta 'anormalidad' de España en canon y norma de la historia española extrayendo de dicha condición características lejanas de la realidad (deficiencias del carácter nacional español, insuficiencia de coherencia histórica, ineptitud política, etc.) podremos entender la lógica perversa y retorcida que durante siglos ha distorsionado su historia y su vida. El mejor procedimiento para explicar la realidad española es hacerlo desde dentro de la propia España, teniendo en cuenta sus circunstancias reales y entre ellas el peso y la fuerza conformadora de Europa desde el siglo XIX.

De aquellos lodos estos barros. De aquellas falsas y perversas leyendas negras este espíritu acomplejado y derrotista. De aquellos problemas sin resolver estas crisis actuales. La tensión actual que amenaza con dinamitar España (política, territorial, social y de convivencia) tiene que servir de acicate a sus ciudadanos para desenmascarar a todos los falsos profetas que la recorren, a todos los superpatriotas que la saquean y a todos aquellos que nos quieren obligar a volver a las cavernas.

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