Lagun y Teresa Castells

MAITE PAGAZAURTUNDÚA

Un día de la infancia que parece infinita me lancé de expedición entre los libros de mis hermanos mayores y descubrí dos cosas: la primera que, prácticamente todos sus libros estaban comprados en una librería de San Sebastián. Una etiquetita de papel -pegada- establecía de modo infalible la procedencia y, en lápiz, el precio. La segunda cosa que me llamó la atención fue que coincidía con la procedencia de los libros en euskera que los Reyes Magos seguían dejando sobre mis zapatos. Debían ser los años de la Transición a la democracia. Lo realmente importante es que Lagun llevaba muchos años, desde 1968, creando un espacio de libertad.

Alfredo Tamayo o Juan María Bandrés no podrán contar ya cómo junto a Ramón Recalde -esposo de Teresa Castells- fueron, en los 60, algunos de los primeros activistas de los derechos humanos. O que renunciaron a una vida muelle realizando lo más incómodo siempre en toda comunidad sin libertades: pensar y comprometerse con la libertad política. El gran profesor, escritor y jesuita Alfredo Tamayo relataba estos episodios con generosidad, sin apostillar que la hermosa ciudad había levantado el brazo, tan ricamente, al paso de Franco cada verano y en cada Festival de Cine. Ellos y otro puñado de valientes sufrieron estrecheces, represalias laborales o incluso prisión. Espero que se hable estos días de los ataques que sufrieron en la librería durante el final del franquismo y el comienzo de la democracia y que muchos descubran el libro de memorias de José Ramón Recalde, ‘Fe de vida’, para conocer mejor con él, a Teresa.

De otros días más cercanos daremos testimonio en adelante quienes teníamos los ojos abiertos y la conciencia atenta. Los nacionalistas vascos fanáticos atacaron Lagun con persistencia hasta obligar a cerrar el local en la plaza de la Constitución tras el atentado que en el 2000 casi mató a José Ramón. Obligaron a cerrar su farmacia al escritor Raúl Guerra tras incendiarla por atreverse a escribir sobre la realidad vasca. Como la modesta hamburguesería de una concejal socialista en Hernani o los comercios de militantes del PP.

Estos días, con los ojos abiertos, muchos se preguntarán cómo es posible que tres libreros (Teresa, Ignacio y Rosa) vivieran bajo escolta policial durante largos años en la nueva ubicación de la librería en la calle Urdaneta. Es posible que descubran que Raúl Guerra Garrido y que el poeta y antiguo antifranquista Vidal de Nicolás llevaron escolta para intentar proteger su vida. Como con el pintor y escultor Agustín Ibarrola, purificados también por el fuego de los patriotas fanáticos. A la familia de Agustín le quemaron el caserío y taller en los 70 los que no querían la llegada de la democracia, pero su bosque pintado, mágico, fue atacado por los amigos de los terroristas de ETA, por lo mismo. Son días apropiados para rendir homenaje a gente como Teresa y su familia, o como Agustín y la suya. La admiré profundamente. A cada una de sus virtudes se añadía la de regalarnos con infinitas dosis de cariño, pero hoy me doy cuenta de que su huella es mucho más profunda, que me duele la entraña y que mi deuda de gratitud no podrá extinguirse. Gracias por tanto. Querida, queridísima Teresa, te quiero.

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