Sí en el Kurdistán

CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

Nada ni nadie ha impedido que, finalmente, se haya celebrado el referéndum por la independencia en el Kurdistán iraquí. Los llamamientos de la comunidad internacional han sido en balde. Pese a la oposición de Estados Unidos, del Consejo de Seguridad de la ONU y de las grandes potencias de la zona, Turquía e Irán, los planes de Masud Barzani, presidente de la región autónoma, se han consumado. No han servido ni la postura contraria del Gobierno de Bagdad y de sus tribunales ni el cierre de fronteras. La euforia vivida en el último mitin de campaña en Erbil, la capital, constataba un devenir imparable. A pesar de las dificultades en el censo, sobre todo en las zonas en disputa, como la importante ciudad de Kirkuk, no comprendida en la autonomía, pero con un destacado porcentaje de kurdos. Y aun contraviniendo los postulados de la Constitución de 2005, que, como la inmensa mayoría de las cartas magnas del mundo, no reconoce el derecho de secesión de parte del territorio nacional. Por lo que muchos de los procesos independentistas de la Edad Contemporánea se han hecho contraviniendo las leyes establecidas, empezando por las colonias norteamericanas respecto del Imperio británico. El problema suele venir después, con el grado de aceptación internacional. Y, por lo que se ve, en el supuesto que nos ocupa éste puede ser prácticamente nulo.

De momento, el único país conforme con la realización de esta votación ha sido Israel. Y aparte de apelar a la clásica retórica de las injusticias históricas cometidas contra los kurdos o de la consideración de su condición de pueblo perseguido, como el judío, es necesario enumerar las verdaderas razones de dicho apoyo. La primera y base de las demás es el recurso al viejo dicho de divide y vencerás. Tratándose el kurdo de un grupo étnico no árabe, el objetivo central es hacer mella en el mundo árabe, con el fin último de socavarlo. Si nos fijamos en los vecinos de Israel, nos damos cuenta de las graves crisis políticas que están atravesando. Líbano vive una situación de equilibrio frágil tras los acuerdos de 1989, lo que le hace muy vulnerable. El Egipto de al-Sisi sufre un panorama semejante, aunque por diferentes causas: caída violenta de Mubarak, golpe de Estado contra Morsi, prohibición de los Hermanos Musulmanes y terrorismo yihadista. Siria, por su parte, está inmersa en una guerra civil, a la que el ejecutivo de Tel Aviv no es ajeno, habiendo tenido varias intervenciones. Pues bien, Irak, de suyo en situación angustiosa desde la invasión estadounidense y la caída de Sadam Husein, es prácticamente un estado fallido, donde ni la citada constitución ni los gobernantes han superado las luchas intestinas entre sunitas y chíitas. A lo que, para colmo, se ha sumado la indeseable presencia del Dáesh. Por eso, el sostén mostrado por la Administración Netanyahu a la causa kurda debe entenderse en esta dirección. Siendo tal el caos que le rodea, no es de extrañar que Israel muestre ante el resto del mundo sus galones de democracia y de contribución a la seguridad en la región, si bien todo ello sea tremendamente cuestionable.

Al mismo tiempo, la creación de un Kurdistán independiente podría abrir una brecha difícil de cerrar en otras naciones como Siria, y, especialmente, Turquía e Irán, con áreas englobadas en el llamado Kurdistán histórico. Este dato no es baladí, pues le serviría para el propósito ya aludido: su debilitamiento. Al fin y al cabo, Teherán es un enemigo acérrimo, por lo que este elemento de inestabilidad sería bienvenido. Algo similar se puede decir de Turquía, con la que Israel mantiene relaciones muy tensas. No obstante, una cosa es posicionarse a favor de los mencionados comicios y otra distinta reconocer un Kurdistán independiente, pues seguramente Washington no se lo permitiría.

Por último, la consecución de un Kurdistán independiente basado en un expediente étnico, le serviría de acicate para la proclamación de un Estado judío, prescindiendo de que en torno al 17% de su población es árabe. Por tanto, seguir invocando a categorías étnicas o religiosas, en vez de a la ciudadanía, es algo muy típico de los nacionalismos del siglo XIX, pero contrario a lo que es uno de los elementos fundamentales del constitucionalismo moderno y de la construcción de los Estados de derecho: la prevalencia del ciudadano por encima de raza, religión o sexo.

Así las cosas, y aun teniendo en cuenta que los resultados de las urnas no van a tener un efecto jurídico inmediato, lo cierto es que nos ponen sobre aviso de una realidad que está vigente y que habrá que abordar. Y aquí no estamos ante un problema exclusivo de Irak, cuya precariedad de sus estructuras estatales es evidente, sino ante una cuestión internacional de primer orden para el Próximo Oriente. Hay quien habla de aplazar toda decisión hasta ver derrotado definitivamente al EI, aunque, en verdad, me temo que se trate sólo de ganar tiempo, sin haber pensado ninguna posible. Solución en la que el Kurdistán iraquí sea posiblemente el actor más interesado, pues dudo mucho que, tras una proclamación unilateral de independencia, aspire a convertirse en un estado paria del tipo Transnistria, Abjasia u Osetia del sur, por ejemplo, sólo admitidos actualmente por Rusia. Incluso, supongo que su objetivo es más ambicioso que el mero reconocimiento de Israel, que no parece, en cualquier caso, el mejor compañero de viaje para esta aventura.

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