Juego de naciones

Es a lo que nos quieren abocar recientes declaraciones que aluden a la expresión del término ‘nación’ en sus diferentes acepciones en España

Juego de naciones
PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADOProfesor de historia del pensamiento político de la UPV-EHU

Juego de tronos? No: juego de naciones. Es a lo que nos quieren abocar recientes declaraciones que aluden a la expresión del término ‘nación’ en sus diferentes acepciones en España. Incluso hay quien sostiene que el verdadero problema político de nuestro país se explica en el fondo mediante un simple conflicto entre naciones. Pero analizar el problema con ese esquema mental resulta, en primer lugar, fácil y ventajista: si lo mío es una nación lo tuyo también. Entraríamos así en un carrusel de naciones donde nadie se sale de su barquilla preestablecida y donde todas girarían continuamente pero sin moverse nunca del sitio. Bueno, todas tampoco, que en esto los nacionalistas también son muy estrictos: tres o cuatro nada más, pero todas iguales, eso sí.

El presidente del Gobierno, por su parte, se ha habituado últimamente a proferir lemas como ese de que «España es una gran nación» o el de que es «la nación más antigua de Europa». Y entonces aparecen los corregidores de turno para decir que confunde nación con Estado o que en Europa hay otros Estados más antiguos que el español. España, como es sabido, fue siempre un agregado de reinos, cuando no de señoríos. Y si cogemos el Reino de Castilla o el de Aragón -o el de León, por ejemplo, a quien la Unesco le ha acreditado tener el régimen parlamentario más antiguo del mundo- entonces también podemos presumir de tanta antigüedad estatal como el que más. El agregado estatal español lo siguió siendo incluso más allá de los decretos de nueva planta borbónicos, que unificaron derecho político, salvo para las provincias exentas, y dejando además mucho derecho civil intacto hasta hoy. Pero en el caso de la nación española decir que existe desde la Hispania romana, o en el caso de la vasca desde que Axular en el XVI escribió Euskal Herria con sus siete territorios, eso no tiene operatividad política ninguna: es solo pura literatura.

Porque el juego de naciones significa -y con eso entramos a refutarlo a fondo- una atroz reducción consistente en ignorar que aquí lo que cuenta no es si hay o no naciones o cuántas o desde cuándo, sino si hay o no nacionalistas y de qué tipo y desde cuándo. Es lo único que cuenta en política: las ideologías y su historia. España nunca fue una nación que se convirtiera en un Estado. Ningún rey de los que marcaron sus límites actuales fue nacionalista. El nacionalismo surge en las Cortes de Cádiz para el caso español y desde finales del siglo XIX para los casos vasco y catalán. Pero para cuando surgen estos últimos, aquel primer nacionalismo español ya había construido el armazón del Estado liberal que conocemos, con su parlamento, sus tribunales de justicia, sus instituciones de gobierno y también, no lo olvidemos, sus regímenes concertados vasco y navarro.

El desconocimiento tan increíble que tenemos sobre nociones básicas de nuestro propio pasado nos impide reconocer que el Estado liberal y de derecho que llamamos España es producto del nacionalismo español del siglo XIX, en un proceso calcado al de todos los países de nuestro entorno. ¿De qué si no iba a surgir, de una inspiración legal aséptica y universalista? Y los nacionalismos vasco y catalán emergieron y prosperaron dentro de ese Estado una vez construido como tal. ¿Que el franquismo fue nacionalismo español? Sí, sin duda, pero antes que él lo fue el Estado liberal, sobre cuyos mimbres se construyó el de 1978, incluyendo toda la foralidad, parte de ella respetada y la mayor parte anulada en el franquismo. Y también la Segunda República fue producto del nacionalismo español, en la que los nacionalismos vasco y catalán intentaron llevar al máximo sus reivindicaciones, consiguiéndolo en parte. Quiere decirse que el esqueleto del Estado liberal, producto del nacionalismo español decimonónico, con todos sus defectos, resultó de una solidez muy difícil de quebrantar: solo una guerra civil y la inhibición de la Europa liberal del momento -Francia y Gran Bretaña- pudieron tumbarlo.

El nacionalismo español de hoy no es el mismo que construyó nuestro Estado liberal, pero su misión para con él debe seguir siendo la misma. Todo lo que sea intentar vaciarlo de las singularidades que lo conforman, por reversión de su modelo territorial descentralizado o por reasunción de competencias de educación y cultura previamente transferidas, resulta tan arriesgado y desestabilizador como la propia labor de los nacionalismos periféricos intentando ir más allá de la legitimación y presencia política que les viene garantizada por dicho Estado.

En definitiva, hay un nacionalismo español que, siguiendo la estela del XIX, conforma y mantiene un Estado liberal y democrático, descentralizado y respetuoso con los derechos individuales y con las singularidades culturales, impartidor de una justicia homologable en Europa, con presencia en todas las instituciones internacionales y garante de la paz mundial. Y hay un nacionalismo vasco -del catalán no sabemos aún en qué va a quedar- que gestiona, fomenta y articula las singularidades territoriales, garantizadas por el Estado. Ese sería el juego deseable entre nacionalistas, que no entre naciones y menos entre naciones equiparables entre sí. El otro -paralelo a este- sería el indeseable, entre nacionalistas españoles y vascos y catalanes que no están dispuestos a aceptar el sistema de equilibrios tan arduamente conseguido y prefieren intentar imponer sus maximalismos y poner en riesgo la convivencia del Estado de derecho.

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