Don Juan.cat

Mi genoma y yo

Puigdemont, como el Tenorio, depende del instante; el futuro y el pasado no tienen ninguna entidad para él

ÁLVARO BERMEJO

Se cumple hoy una de las cuatro noches mágicas del año. Los druidas celtas la llamaban Halloween, nosotros Noche de Difuntos, pero su simbología es la misma: celebrar la muerte como un tránsito hacia la vida verdadera plasmado en mil leyendas perfectamente consonantes con la coyuntura catalana que nos ocupa.

En Halloween se levanta de entre los muertos el esqueleto que representa al arcano número 13 del Tarot. Hablamos de un Segador, antítesis del Sembrador, que cosecha cadáveres. Nada que objetar al himno nacional catalán. En su sentido esotérico el Segador significa el cambio que experimenta todo hombre por efecto de su iniciación. Ahora bien, si no consigue superar sus contradicciones jamás accederá al reino de los bienaventurados.

Sucede algo semejante con el mito de Don Juan. Hasta fechas recientes se trataba de un auto sacramental que en esta noche subía a los teatros de media España. Don Juan es un burlador nato cuyas señas de identidad son el engaño sistemático y el juramento profanado, tanto como la huida y el desafío. A imagen y semejanza del honorable Puigdemont, Don Juan abusa de sus privilegios de clase y su vida se articula en una sucesión de placeres, insurgencias y desafueros. Puigdemont, como el Tenorio, depende del instante -el futuro y el pasado no tienen ninguna entidad para él-. Precisamente por ello no puede asir el presente ni enfrentarse con la realidad.

La realidad en esta historia coincide con ese artículo 155 dictado por el Comendador. Por más que sus admoniciones sean cada vez más amenazadoras, Don Juan opone su invariable estribillo: «¡Cuán largo me lo fiáis!». Ignora que su destino ya está escrito y que tarde o temprano habrá de cumplirse.

El Comendador -no en vano también conocido como el Convidado de Piedra, a la manera de Rajoy- le exige que acate su promesa y acuda a sus bodas, lo que valdría por decir que cumpla con el orden constitucional. Don Juan sólo recupera la cordura al saber que su Doña Inés ha muerto y entonces sí, accede a casarse con ella plenamente consciente que esos esponsales se celebrarán en el infierno a causa de sus muchos pecados. Conocemos el final del drama: Doña Inés intercede desde el cielo y así se cumplen la misericordia de Dios y la apoteosis del Amor.

Quieran ambos que en la Cataluña ‘puigdemoníaca’ de hoy se resuelva el veredicto de Zorrilla: al comienzo de su obra se agolpa el engaño y al final solo la verdad. El arcano número 13 del Tarot está sobre la mesa. Tenorios de opereta, arrepentíos.

Fotos

Vídeos