Joxemari Korta, bihotzean

Como Koldo Mitxelena, era abertzale pero antes que nada un demócrata que situaba el respeto a la vida por encima de todas las cosas. Unos valores que han fructificado en su familia

PEDRO M. ETXENIKE LANDIRIBAR

Llevo en el corazón el recuerdo de Joxemari Korta; y marcados, de forma imborrable, su asesinato a manos de ETA y la fecha del 8 de agosto.

  La naturaleza humana es singular. Creemos que nuestras actitudes, nuestro camino en la vida, lo que somos, viene marcado por nuestras convicciones, por nuestras ideas y aspiraciones más elevadas. Pero son las experiencias prácticas -especialmente aquellas que nos tocan en los aspectos más personales, las que conectan con nuestra experiencia vital más concreta, con nuestro ámbito más íntimo, con las personas que nos son más cercanas, las que sentimos más 'nuestras'- las que dejan la huella más profunda en nuestra mente y en nuestro corazón; las que no olvidaremos jamás; las que nos acompañarán, con una presencia insistente, mientras duren nuestras vidas, superando la exigente prueba del tiempo. Al fin y al cabo, las experiencias de validez universal que perduran con más consistencia son aquellas que hunden sus raíces en experiencias concretas, singulares: porque son auténticas. Joxemari Korta y su asesinato constituyen una de esas experiencias en mi vida, en quién soy.

Nunca he tenido dudas de que el terrorismo es radicalmente inadmisible. Siempre he repudiado la violencia practicada por ETA. Nunca me he dejado seducir por su motivación política, opuesta a los deseos de su propio pueblo. Siempre me he sentido solidario con sus víctimas y he participado en actos en solidaridad con ellas, aún creyendo, en alguna ocasión, que adquiría un protagonismo que no me correspondía. En algún caso, he vivido una experiencia personal que me ha marcado profundamente. Siendo miembro del Gobierno Vasco, a finales de 1980, ETA asesinó a Juan de Dios Doval, destacado miembro de UCD y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco; fui testigo directo de la debilidad del rechazo social y del desamparo de sus familiares y amigos, faltos del calor de la solidaridad de la mayoría. También me impactó profundamente, como a una gran parte de la sociedad vasca, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, macerado en el terrible discurrir del plazo anunciado para quitarle la vida. Tengo más experiencias que me han tocado muy de cerca.

Como dije en otra ocasión, por desgracia, muchos de nosotros, una parte muy importante de nuestra sociedad, aun en grados muy diversos, tiene una experiencia cercana, algún nombre que ocupa un lugar especial en su corazón, en su memoria, por su especial cercanía -por unas u otras razones- a una víctima determinada. La reivindicación de su memoria no puede oscurecer la de las demás, sino ayudar a hacerla más viva, a impedir que se diluya en el tiempo; no es -no puede ser- una vía para imponer a los demás una única visión -nuestra visión- de las cosas. Las víctimas que nos son más cercanas, más nuestras, deben ser el vínculo que nos una más estrechamente a todas aquellas a quienes no conocíamos personalmente o con quienes no teníamos especiales vínculos o sintonía, con quienes no pensaban o no eran como nosotros.

Pero Joxemari Korta me era -me es- especialmente cercano. Muchas de sus convicciones, de sus sentimientos y deseos para con nuestro país son también los míos. Reunía en su persona muchas de las características que más admiro, las que me gustaría ser capaz de condensar en mi propia vida. Lo conocía personalmente; teníamos una gran sintonía humana, afectiva; era mi amigo.

Joxemari era un hombre de pueblo que no se avergonzaba de serlo; que supo extraer de esa condición sus mejores virtudes. Estaba dotado de una inteligencia natural extraordinaria y atesoraba, al mismo tiempo, la fuerza imparable de quien, desde niño, ha experimentado la dureza de la vida. Afrontó retos enormes y los saldó con éxito. Pero Joxemari estaba naturalmente vacunado contra la soberbia y la avaricia. El éxito no le hizo dejar de ser el mutiko de Arrona que él siempre siguió considerándose; y desplegó su generosidad en todo proyecto que le parecía digno de apoyo. Fue un euskaldun que siempre estuvo al lado de cuanta iniciativa euskaltzale se encontraba en el camino. Llevaba a Euskal Herria en el corazón; pero nunca la convirtió en ariete contra nadie. Personificaba los mismos sentimientos que expresó el irremplazable maestro, el inolvidable amigo, Koldo Mitxelena: era abertzale, nacionalista, pero antes que nada era un demócrata y, por encima de todo, un hombre que situaba el respeto a la condición humana -y, por tanto, a la vida- por encima de todas las cosas. Unos valores que han fructificado en su familia, que ha sabido hacer frente al sufrimiento con gran dignidad, redoblando sus esfuerzos por la convivencia en paz que Joxemari soñaba cercana. En definitiva, Joxemari era uno de esos a quienes considero más próximos, con quienes más me identifico. Por ello, su asesinato me 'tocó' muy especialmente, porque me afectó en lo más profundamente personal, en mis afectos, en mis convicciones y deseos; y porque nos quitó -me quitó- a un amigo que los personificaba como a mí me gustaría ser capaz de hacerlo.

El asesinato de Joxemari Korta es, por lo demás, la incontestable demostración de la suprema falsedad sobre la que se construye el relato justificativo de ETA: Joxemari amaba con pasión al pueblo vasco en cuyo nombre dijeron asesinarle; y anhelaba su libertad, aunque entendida de forma radicalmente distinta a la invocada por sus asesinos.

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