A José Ignacio Arrieta

TOMÁS ARRIETA Presidente del Consejo de Relaciones Laborales

Me resulta bastante complicado escribir en estos momentos sobre José Ignacio. Porque se me mezclan los sentimientos e, incluso, los planos. Por una parte, lo veo como una persona pública firmemente comprometida con su país, que es la razón por la que me han pedido amablemente desde el periódico que escriba estas líneas. Pero por otra, también lo veo y, sobre todo, lo siento, como un hermano muy querido que ha ocupado un espacio muy relevante en mi vida, en nuestras vidas, las de su familia más próxima. Por eso me es imposible sustraerme del todo a ese sentimiento tan personal e intransferible, así que intentaré mantener un frágil equilibrio y no dejarme llevar demasiado por la subjetividad y el cariño, porque creo de verdad que José Ignacio merece estas líneas y este sencillo reconocimiento.

La vida de cualquier persona tiene luces y sombras y toda vida es valiosa por sí misma, pero con algunas nos toca hacer una mayor parte del camino y su fuerza, su ejemplo, nos llega de manera más directa. A pesar de la diferencia de edad que nos separa, desde que tengo conciencia de lo que José Ignacio ha supuesto para mí, jamás he podido dejar de admirar su sentido de la responsabilidad y su capacidad de compromiso con las personas. Fue un exitoso estudiante, un alto ejecutivo a una edad muy temprana, un político seducido por la voluntad de servicio público y un empresario del sector de la comunicación que siempre se implicó sin reserva de ninguna clase en todo lo que hacía, y que afrontaba a pie firme y con la misma dignidad los buenos, los regulares y los malos momentos que la vida le puso en su camino, como a cualquiera. También fue una persona religiosa, que practicaba y cultivaba su fe, y que leyó de forma muy atenta e interiorizó desde muy joven la parábola aquella de los talentos. Él tenía muchos y los vivía como un don que hay que movilizar al servicio de los otros. Quizá esta ha sido la característica suya que ha impregnado de manera más clara su trayectoria pública y también privada, porque al fin y al cabo las personas somos siempre una unidad inescindible.

José Ignacio Arrieta
José Ignacio Arrieta

Creo que José Ignacio llegó a la política esencialmente por sentido de responsabilidad. Como ya he dicho antes, pertenecía a esa clase de personas que no entierra sus talentos, que se comprendía y concebía como ser humano básicamente al servicio de los demás, que no volvía la cara ante las dificultades. Así que, atendiendo a una llamada de Javier García Egocheaga en el año 1982, abandonó una posición profesional relevante y relativamente cómoda en la banca privada y asumió ser el primer director general del Ente Vasco de la Energía, tomando posesión de este cargo el mismo día que ETA asesinaba a Angel Pascual, ingeniero de Lemoniz. Y tampoco le tembló el pulso cuando el lehendakari Ardanza le llamó para integrarse en un gobierno de incierto futuro en una de las fases más complicadas de la vida política de este país. Creo que la política, o para ser más exacto, la faceta de la política como servicio público le sedujo y, como era habitual en él, se entregó a ella en cuerpo y alma. En su trayectoria ha habido, como en la de cualquier persona, aciertos y fracasos, luces y sombras, pero un hilo conductor común: cumplir con lo que consideraba su deber fuera del abrigo de otras posiciones más cómodas y menos comprometidas que, sin duda, la vida también le hubiera brindado. Quizá por eso mi hermano José Ignacio siempre me transmitió sobre todo coherencia y coraje.

Y en el curso de esta trayectoria no puedo dejar de reseñar la que ha sido, tal vez, su aportación más relevante o más conocida como hombre público: la decidida y decisiva contribución al establecimiento del actual sistema de Renta de Garantía de Ingresos mediante el impulso del plan integral contra la pobreza. Conseguir en aquel momento que una parte de los fondos asignados al Plan Extraordinario ‘Euskadi en la Europa de 1993’ se destinara a poner en marcha un Ingreso Mínimo de Inserción y un conjunto de Ayudas de Emergencia Social es, me parece, un buen ejemplo de cómo perseguía aquellas cosas que consideraba justas: sin desaliento y sin escatimar esfuerzos. Lo que ahora, casi 30 años después, vemos como una medida natural e irrenunciable que ha pasado a integrarse en el ADN de Euskadi, fue entonces una apuesta arriesgada y pionera; significaba una visión más que avanzada de la cohesión social como el eje básico de una sociedad moderna, pero sobre todo más justa y solidaria.

No puedo terminar estas líneas sin recordar, en ese plano quizá más personal e íntimo al que me refería al principio, que José Ignacio fue siempre un hombre cercano, cariñoso y extraordinariamente delicado con todas las personas con las que trataba, las más cercanas y las más lejanas. Aunque mi juicio y el de todos los que le quisimos difícilmente puede ser objetivo, creo de verdad que pertenecía a esa clase de personas que conoce en su interior el secreto de la vida buena, de la que merece la pena ser vivida: la que se destina a hacer mejor y más feliz la de aquellos que te rodean. Él proyectó y vivió la suya, tanto en su dimensión pública como privada, bajo ese principio. No es extraño por ello que nosotros y nosotras, su familia más cercana, la sintamos ahora, desde el dolor pero de modo sereno, como un verdadero regalo.

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