Jerusalén, Jerusalén

Los incidentes en la Explanada de las Mezquitas recuerdan lo inflamables que son los Santos Lugares y resucitan el fantasma de las intifadas

PEDRO ONTOSO

El fanatismo siempre se alimenta de sangre. Y exacerba las pulsiones identitarias, sobre todo las que se sustentan en la religión y se aliñan con la política. El ataque de tres milicianos palestinos contra una patrulla israelí en la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo para los judíos) ha desencadenado una espiral de violencia, mientras la amenaza de una nueva intifada sigue latente. Ahora han sido terroristas árabes. En su día fue el mismo primer ministro, Ariel Sharon, quien provocó un levantamiento tras visitar este enclave tan sensible para celebrar su llegada al poder. Tierra Santa está salpicada de numerosos escenarios inflamables que, cada cierto tiempo, se incendian sin control. Basta recordar lo que ocurrió con la apertura del túnel asmoneo, también en la Ciudad Vieja de Jerusalén, o en la disputada Tumba de los Patriarcas (Mezquita de Abraham para los musulmanes), en el corazón de Hebrón, donde se han producido matanzas por ambas partes.

La Biblia, el Corán, la historia, la política, la religión, las guerras. Un cóctel atractivo para los miles de visitantes que se acercan a Tierra Santa, seducidos por la atmósfera tan especial de estos parajes, pero una mezcla explosiva para sus habitantes, árabes y judíos, que se disputan cada centímetro de este inestable tablero. Tuve la oportunidad de recorrerlo en cierta ocasión de manera atropellada entre control y control del Ejército israelí, y vivir la continua humillación que sufren los palestinos, muchos de los cuales no tienen nada que ver con el radicalismo de Hamás, que se ha hecho fuerte en Gaza. Es lo que está pasando ahora. Los palestinos rechazan la instalación de detectores de metales (de armas) en los accesos a la Explanada porque lo consideran una nueva humillación. Y no es solo que les pongan trabas para acudir a rezar a la mezquita de Omar o Cúpula de la Roca, tercer lugar sagrado para el islam. En el fondo late una problema de soberanía, porque los palestinos también reivindican Jerusalén como su capital. Un control de esas características visualiza el drama de la ocupación y el recurso habitual de Israel a la fuerza militar. En mi recorrido por la Ciudad Vieja, camino del Santo Sepulcro, de la Explanada de las Mezquitas y del Muro de las Lamentaciones -los lugares santos por excelencia de las tres religiones monoteístas- crucé varias veces la Puerta de Damasco y la Puerta de los Leones, donde ahora se concentran los musulmanes para rezar como acto de protesta. Esta última se llama así porque el sultán mameluco Baybars los mandó esculpir para conjurar un sueño que le anunciaba que moriría despedazado por un felino. Los cristianos la conocen como la Puerta de San Esteban, por ser el lugar donde la tradición sitúa el martirio del santo, que fue apedreado. Incluso se la denomina Bab Sitti-Mariam, porque abre el camino que conduce a la tumba de la Virgen. Cada piedra, cada pared, cada rincón es reivindicado por alguna de las religiones.

La Explanada de las Mezquitas se extiende en la zona de Haram al-Sharif y ocupa la cima del Monte Moria. El altar de David, símbolo de la fundación de la ciudad, está ahora coronado por la Cúpula de la Roca. El templo constituyó el centro de la nación hebrea. Para los musulmanes es la piedra de la fundación, el lugar de la ascensión del profeta tras su viaje nocturno entre La Meca y Jerusalén. Para los judíos, en algún lugar de ese enclave están los restos de su sancta sanctorum, que albergaba el Arca de la Alianza. La Explanada, que comprende todo un recinto relacionado con lo más sagrado del islam, como la mezquita de Al-Aqsa, se asoma sobre el Muro de las Lamentaciones, el Kotel, la pared occidental que rodeaba el templo construido por Salomón, tantas veces derruido y levantado. La Cúpula de la Roca es el baluarte fundamental de la fe islámica. El Muro de las Lamentaciones es el polo magnético del judaísmo. ¡Y están en el mismo sitio! Unos y otros esgrimen argumentos divinos para hacerse con las escrituras. Fuera de las murallas, sobre el torrente del Cedrón -el Valle de Josafat mencionado en la Biblia-, los judíos entierran a sus muertos para ser los primeros en entrar en el reino de los cielos el día del Juicio Final. Los creyentes musulmanes también están convencidos de que el Juicio Final tendrá lugar en la Cúpula y que solo los justos entrarán el paraíso. No es únicamente una cuestión confesional, sus derivaciones políticas siempre han estado muy claras. Por eso se manipulan.

Lo tenía muy claro Ariel Sharon, uno de los mayores halcones del Gobierno del Tel Aviv, cuando en el año 2000 se paseó por la Explanada de las Mezquitas y provocó la segunda intifada. Fue una espiral de violencia que duró varios años y dejó un saldo brutal: murieron 5.200 palestinos y un millar de judíos. Benyamin Netanyahu, un viejo conocido del nacionalismo israelí, provocó otra violencia brutal cuando en 1996 decidió abrir el túnel asmoneo, que corre contiguamente a las ruinas del Muro de las Lamentaciones y desemboca en el barrio árabe, y permitir nuevas excavaciones arqueológicas. Los palestinos se sublevaron en la creencia de que las galerías servirían para socavar los cimientos de la mezquita de Al-Aqsa. Extremistas judíos habían amenazado con colocar dinamita bajo la Explanada. En 1967, cuando los israelíes conquistaron la Ciudad Vieja en la Guerra de los Seis Días, el rabino jefe del Ejército ya propuso al general que mandaba las tropas colocar cien kilos de explosivos en la mezquita de Omar y hacerla saltar por los aires. El militar, en un ejercicio de sentido común, no solo no le hizo caso, sino que le mandó callar de inmediato. Eso es lo que se echa en falta ahora en el avispero de Oriente Próximo. Un ejemplo reciente de colaboración y diálogo ha sido la restauración de la tumba de Jesús, en el Santo Sepulcro, en cuya financiación han colaborado la Autoridad Nacional Palestina y el rey Abdalá de Jordania, custodio de la Explanada de las Mezquitas. La Cúpula de la Roca es una mezcla de arte persa y bizantino, ya que sus arquitectos fueron cristianos. La mezquita se inspira en la rotonda del Santo Sepulcro, llamada también Anástasis, que significa Resurrección.

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