Jerusalén, la antigua

De Jerusalén, de la nueva ahora, de la que se abre con la bendición maldita de Trump, ¿con que instrumentos músicos salvados de aquellos viejos tiempos cantarla: con trompetas, laúdes, címbalos, panderetas…?

Jerusalén, la antigua
SANTIAGO AIZARNA

De Jerusalén, la antigua, digamos que la de la Biblia acaso o mejor aún la de los Evangelios (que aun siendo también bíblicos hay que leerlos en separata muy soliloquia si no es en templo cuajado de feligresías, salmos y trenos a porfía incluyendo a Salomón sin duda pero también a Tito para enterarnos de sus terribilidades o de sus facecias. De Jerusalén, de la nueva ahora, de la que se abre con la bendición maldita de Trump, ¿con que instrumentos músicos salvados de aquellos viejos tiempos cantarla: con trompetas, laúdes, címbalos, panderetas…?

¡Ay Jerusalén, Jerusalén!... (que suena como carraspeo de un Jeremías eternamente acatarrado) Aunque a algunos les cueste creerlo, voy a confesar que no estaba yo en las mesnadas guerreras que arrastró la cálida voz de Pedro el Ermitaño por distintos países europeos y que se constituyeron en muchedumbres en pie de alanceamiento a todo lo que fuera hostil a su fe y sentir religioso; tan enfervorizados en su hervor santo (que me parece que estoy hundiéndome en pleonasmo) que llegaron a la tres veces santa ciudad de Jerusalén (y más veces que hubiera hecho falta para su santidad inter alios) allá por el año 1099 como componentes de la Primera Cruzada. No, no fui soldado a las órdenes de Pedro el Ermitaño ni a las de Godofredo de Buillón, Ricardo Corazón de León, etc, y en todas las respectivas Cruzadas que por aquellos calenturientos tiempos se prodigaron, por lo que mi conocimiento de Jerusalén es tan unívoco como equívoco, ya que la primera vez que circulé por sus calles fue usando como bastón a un cronista, eso sí, cronista ejemplar de personajes y lugares por los que transitó (que fueron muchos), un cronista llamado Enrique Gómez Tible, más conocido y mejor prodigado como Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), escritor y diplomático guatemalteco que nos dejó una impresionante lista de libros que no andarán lejos de la centena y publicados en su mayor parte por la Editorial Mundo Latino; libros fácilmente asequibles allá por los años 40 madrileños bien sea cribando en la famosa cuesta de Moyano o en los muchos tenderetes libreros o librescos que colmaban las calles matritenses, obras de los más variados temas (pero de concupiscencias viajeras en los más, que de ello le cantaba Ernest La Jeunesse (1874-1917), enumerándole que «il ne part que pour rapporter, l’oeil enchanté/ A mon humeur morose, è ma mélancolie/ Athènes, le Japon, Mustapha, l’Italie/ Et Bethléem où l’idéal fut enfanté!»/ porque destacaban, sobre todo ésas sus crónicas y sus amoríos tan detonantes y sus casamientos (entre éstos con la famosísima Raquel Meller (1919-1920).

Ese ‘ojo encantado’ ( y ‘encantador’ se le supone) de Gómez Carrillo, en uno de sus breves libros, ‘Ciudades de ensueño’ (Espasa Calpe MCMXLIII) y con prólogo juzgador de Maeterlinck, quien nos dice que «ya vaya a Egipto o a Palestina, a la Champaña o a Flandes, él es siempre el mismo hombre, él mismo testigo que sabe verlo todo, oírlo todo, comprenderlo todo y amarlo todo, y que, sobre todo, sabe escoger en todos los aspectos, en todos los escenarios, en todos los medios, en todos los pensamientos, en todos los sentimientos, aquellos que pensamos habríamos escogido nosotros mismos», nos habla de cinco ciudades: Constantinopla, Jerusalén, Atenas, Damasco y Nikko, en nada más (ni menos) que en 88 páginas.

Con «angustiosa sensación de muerte con su penumbra, con su silencio y su abandono», comienza a contarnos de su Jerusalén, Gómez Carrillo. Y nos dice, como que se siente «como perdido en un cementerio, con una sensación singular que se apodera de nuestra alma, una sensación en la cual palpita algo de inefable y algo de siniestro a la par…» y se pregunta: «¿Qué hay aquí de inquietante, de sublime, de raro»; nos cuenta de su «aroma de incienso y mirra que embriaga suavemente…»; del «Cementerio Español, que no es, en realidad, sino el camposanto sefardita…»; nos detalla que «para el que quiere contentarse con sentir en conjunto el encanto místico de Jerusalén, estas calles carecen de enigma»; que «dividida en tres o cuatro barrios, la ciudad es, a la vez, cristiana, judía y mahometana, todo fanáticamente…»; que «los judíos custodian la única reliquia de su templo gimiendo ante el Muro de las Lamentaciones»; que «los cristianos oran sobre la tumba de Jesús… y los musulmanes guardan, bajo la cúpula de la Mezquita de Omar, una roca santa…, y que esta triple adoración perpetua, en la cual las almas enemigas comulgan fraternalmente, sin darse cuenta de ello, en un mismo rito de amor ideal, llena el recinto sagrado de gravedad»; que, con esto y con los santos fantasmas que pasan por entre las tinieblas, «hay bastante para llenar de embeleso el alma del peregrino apasionado que no interroga de un modo muy preciso y muy docto».

Tiempos distintos aquellos a los actuales, cuando la bomba se activa en tres creencias y los fanatismos estallan, que, de eso, de «un fondo de fanatismo nacionalista y religioso» como el cronista cita, siempre pueden esperarse bombazos.

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