Jaque a la Explanada de las mezquitas

CARLOS LARRÍNAGAHISTORIADOR

El pasado 14 de julio dos soldados fueron asesinados por tres palestinos con ciudadanía israelí en la Explanada de las mezquitas de la Ciudad Vieja de Jerusalén Este. Se trataba del día de la oración, donde riadas de fieles mahometanos acuden tradicionalmente a uno de los lugares más santos para el Islam. Estos accesos se hacen a través de las diversas puertas del barrio musulmán, no por donde ingresamos los demás: una rampa que sale directamente de la gran plaza donde se encuentra el muro de las lamentaciones. Por lo tanto, los atacantes penetraron en el complejo de culto, donde se hallan las mezquitas de al-Aqsa y de la Roca, por los pasos habituales, sin ningún problema. Sobre todo, porque, como se ha dicho y han resaltado los medios de comunicación, eran de nacionalidad israelí.

Y aquí no debemos olvidar dos cosas. Una, que en torno a un 17-18% de los habitantes isralíes son palestinos. Dos, que, en verdad, son ciudadanos de segunda, debido a que no tienen los mismos derechos que los israelíes judíos. Efectivamente, las autoridades no se fían de ellos y, hasta cierto punto, son considerados enemigos dentro del propio Estado de Israel. A este respecto, cabe recordar que muchos viven en zonas ocupadas o directamente anexionadas (Jerusalén Este), sintiéndose, a la postre, extraños en su propia tierra y objeto de todo tipo de menosprecios debidos a la policía y al Ejército israelíes. En este sentido, basta darse una pequeña vuelta por el barrio de Silwan (donde están las famosas piscinas bíblicas de Siloé) para darse cuenta de la tensión permanente.

Por supuesto, el escenario del atentado es emblemático y los autores sabían que iban a una muerte fija. La Explanada de las mezquitas mantiene un estatus muy peculiar. Quien administra el patrimonio musulmán es el Waqf de Jerusalén. El Waqf es una donación religiosa que suele constar de edificios o fincas. En este caso, dicha salvaguarda depende del Ministerio de Asuntos Religiosos de Jordania, con una implicación directa del propio soberano hachemí. Esto es así porque hasta 1967, año de la conflagración de los seis días, esa provincia estaba bajo jurisdicción de Amán. A pesar de perder la guerra, y tras la firma del tratado de paz entre Israel y Jordania de 1994, esta particular situación de la Explanada se ha mantenido, a menudo con muchos tiras y aflojas. Eso sí, la vigilancia de dicho espacio corresponde al Ejército israelí, que no sólo tiene acantonados uniformados en ella, sino que se encarga asimismo de las entradas y salidas en el recinto. De ahí que los asaltantes supieran a ciencia cierta que no saldrían con vida.

Dicho esto, el atentado sólo puede entenderse en esos términos de ocupación y humillación permamente hacia los palestinos de Jerusalén Este y Cisjordania. Lógicamente, no trato de justificar la acción, sino de analizarla y de ir a la raíz de la cuestión, ya que me temo que algunos de los llamados analistas se han quedado simplemente en el suceso, sin estudiar las causas. Y las causas tienen que ver con los 50 años de la incursión de los militares israelíes en Jerusalén Este, sin que hasta ahora se haya encontrado una solución satisfactoria para unos y otros. En especial, cuando ni la ONU ni el Derecho Internacional reconocen la presencia israelí en esa superficie invadida. Evidentemente, los agresores buscaban la denuncia de un panorama hoy por hoy insostenible. Algo que nos recuerda a una crisis parecida vivida en 2015. Porque la sensación generalizada entre los palestinos es que los judíos desean apropiarse también de ese sector, cuando, en realidad, les está vedado ir allí para rezar por expreso deseo del Gran Rabino de Jerusalén.

Finalmente, lo que ha terminado por exacerbar los ánimos de los palestinos ha sido la instalación de arcos detectores de metales en algunas de las puertas por las que se llega a la Explanada. Israel, lógicamente, dice que es por seguridad, pero los musulmanes lo interpretan como una nueva provocación, que se une a los numerosos controles arbitrarios que impone para pasar a su territorio o para moverse dentro de las áreas ocupadas. Es decir, otro medio de ofensa contra los palestinos. De manera que para evitar dichos artilugios, muchos devotos han optado por no adentrarse en la Explanada y rezar en las calles adyacentes a la misma, constituyendo un acontecimiento insólito hasta la fecha y un auténtico acto de resistencia pasiva, que, demuestra la urgente necesidad de buscar una solución global al problema. La cuestión israelo-palestina lleva envenenando toda la convivencia en la región desde hace décadas, razón por la cual es urgente tratar de buscar un acuerdo. Algo bastante difícil mientras el primer ministro Netanyahu permanezca preso de las formaciones políticas de ultraderecha y los partidos palestinos no se pongan de acuerdo sobre el reconocimiento del Estado de Israel. Pero si a eso añadimos un Donald Trump desnortado, sin liderazgo mundial, y un yerno, Jared Kushner, encargado por el presidente de resolver el problema, que hasta la fecha no ha hecho nada, el cuadro se complica sobremanera. Y por el momento no parece que se atisbe salida alguna para un affaire que dura demasiado tiempo y que, en el medio plazo, se puede enturbiar aún más por la irrupción de un actor inesperado: el Estado Islámico, que, desde el norte del Sinaí, amenaza las fronteras del Israel y Gaza.

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