Jaque a la democracia

Para imponer la estrategia, nada mejor que conjugar la sacralización del mundo idílico catalán, desde el paisaje a la historia, con el control de los medios y sus mensajes

ANTONIO ELORZA

El 29 de septiembre de 2013, un embajador de España, a la sazón cónsul general en Hong Kong, me hacía llegar a través de una colega el clip de propaganda de la Generalitat donde una serie de castellanohablantes se pronunciaban por la independencia. El hombre tendía siempre a la expresión apasionada, como años atrás mostrara por los GAL, y ahora estaba «furibundo» ante mi artículo del día anterior ‘Artur Mas: vía sin retorno’, de título expresivo y de contenido por desgracia ahora confirmado: «Puedes pasarle este vídeo de mi parte al ilustre profesor Elorza. Como está en castellano, lo entenderá perfectamente», le decía a la común amiga.

El episodio puede ser visto como una muestra inequívoca de agresividad injustificada, y aún estúpida. Pero su alcance es mayor, en la medida que responde a una táctica puesta en práctica desde el catalanismo radical apenas iniciado el ‘procés, y que ha dado lugar a lo que Enric Hernández ha denominado ‘la Cataluña binaria’: a efectos de generar un efecto-mayoría aplastante de signo independentista, todo emisor de la doctrina oficial debe hacer suya la máxima coránica de que «no haya discusión en materia de religión», y de este modo, frente a cualquier disconforme, el recurso a aplicar es una inapelable descalificación. El furioso diplomático sabía perfectamente que yo entiendo el catalán, pero denunciar con falsedad mi ignorancia del mismo era lo más socorrido para expulsarme del campo de juego. Entre otros ejemplos, había tenido ya en un primer momento, la respuesta de un ilustre periodista del más ilustre diario catalán, acusándome de Janos Kadar en busca de tanques (se supone que españoles, no rusos), por haber señalado la ausencia de democracia en la maniobra ‘soberanista’ puesta en práctica por la Generalitat. De nada valía que no tratase de condenar la autodeterminación, sino la forma en que la misma era planteada. Contó solo en uno y otro caso que todo crítico se convertía en enemigo a odiar y a exterminar. La siniestra táctica ha funcionado: el campo de batalla es suyo. A nadie le gusta sentar plaza de chivo expiatorio.

De ahí que para entender cuanto sucede en este episodio insólito de una marcha a la independencia, lanzada en nombre de la democracia pero que la vulnera de principio a fin, conviene dar con una adecuada conceptualización. La más pertinente sería la de totalismo, el totalitarismo horizontal que inicialmente sirviera a Robert Jay Lifton para analizar la peculiaridad del comunismo chino. El vértice del poder, el Govern en este caso, no impone de manera inmediata un orden totalitario piramidal al modo de los fascismos clásicos, sino que utiliza el control de los medios para generar en la sociedad una división infranqueable entre quienes asumen la verdad oficial y los que no participan de ella. Maoistas vs. revisionistas, creyentes vs. infieles, catalanes vs. españoles. La Generalitat ya se encargará de presentar siempre a los primeros como portadores de las esencias patrias y de privar de visibilidad, o de deformar la imagen de los segundos, y no solo en el programa ‘Polonia’.

La sociedad queda así partida en dos, de acuerdo con el criterio de pureza vs. impureza. El objetivo de las estrategias totalistas, y de la actuante en Cataluña hoy de manera inequívoca, consiste en diseñar un cuadro paradisíaco de la comunidad catalana, donde los aspectos positivos se convierten en tópicos sacralizados, y curiosamente, la incompatibilidad efectiva en el bloque separatista, entre la antigua Convergència y la CUP resulta borrada. La Cataluña industriosa, tolerante, pacífica, con el toque ruralista que nunca se olvida (estampa de Puigdemont con los pastores del Berguedá) es el reino de los puros, frente a la impureza encarnada por España y los españoles que no se catalanizan. Es lógico que desde esos supuestos, la homogeneización sea vista como una necesidad histórica.

Para imponerla, nada mejor que conjugar, como se ha hecho, la sacralización del mundo idílico catalá, desde el paisaje a la historia, con el control de los medios de comunicación, así como desde los mensajes por ellos emitidos. Y como contrapunto, la también necesaria satanización de lo español, o, mal menor, su desprestigio. En ningún momento puede admitir el totalismo independentista que Cataluña no ha vivido en un permanente enfrentamiento con España, y que de esa convivencia, marcada eso sí por el desajuste entre la región más desarrollada y el conjunto español, han surgido corrientes ideológicas comunes, como el federalismo y procesos de acción histórica asimismo convergentes, como la lucha antidemocrática frente a la dictadura. El atraso económico español habría sido un freno para la modernización, pero en el caso catalán esa rémora fue compensada por la reserva del mercado gracias al proteccionismo. Pero esto, ya se vio en el simposio España contra Catalunya, no cuenta. El maniqueísmo desemboca en la exclusión.

Y como en el patrón totalista, juega la confesión, aquí la de aquellos intelectuales catalanes que utilizan su autonomismo anterior para justificar el independentismo de hoy. Muy fácil: España rechaza a Cataluña.

Por fin, en esa búsqueda de la homogeneidad, el lenguaje se vuelve engañosa lengua de palo: proceso, transición, desconexión, etc. Otros tantos rótulos de propaganda para evitar el debate político. En cuanto a los catalanes disconformes, ya se irán o permanecerán como ciudadanos de segunda, mientras tiene lugar la limpieza étnica ya diseñada en el plano cultural. Por fin, los nombres democráticos al servicio de la supresión de la democracia. Nada de debate social ante el 1-O y, para cerrar el círculo del esperpento decisionista, la carreta delante de los bueyes, la ley de Desconexión antes de votar el referéndum. Con los Mossos d’Esquadra obedientes al Govern, el golpe puede darse por hecho.

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