Italia, el eterno retorno

Los italianos acuden mañana a las urnas con la coalición de centro-derecha como favorita, la segura derrota del PD de Renzi, y el estancamiento del Movimiento 5 Estrellas

ANTONIO ELORZA

Las elecciones italianas de mañana casi coinciden con el 40 aniversario del secuestro de Aldo Moro, el 16 de marzo de 1978. El presidente de la Democracia Cristiana fue asesinado por las Brigadas Rojas el 9 de mayo, tras cincuenta y cinco días encerrado en un zulo de la periferia romana. La tragedia marcó profundamente la evolución del país, tanto por lo que supuso de protagonismo del terror en la vida política, como por acabar con las expectativas de renovación contenidas en la «política de solidaridad nacional» de Moro. Su efecto inmediato hubiera sido la convergencia con el Partido Comunista de Enrico Berlinguer y su «compromiso histórico». La estrategia de las Brigadas Rojas, en pleno «ataque al corazón del Estado» para dar vida a un Partido Comunista Combatiente, encargado de sustituir a la izquierda democrática, no podía tolerar la puesta en marcha de una política reformadora, basada en el eje Moro-PCI.

Tampoco estaban dispuestas a aceptarla las poderosas fuerzas ultraconservadoras operantes en Italia, desde el Departamento de Estado norteamericano, a la maraña político-subversiva de la derecha democristiana, los militares golpistas y el terror neofascista. Todos estos aglutinados por un veterano camisa negra de la guerra de España, Licio Gelli, en la logia masónica P2, de la cual formaban parte desde ministros del Gobierno italiano a criminales de Estado argentinos, No faltaba un especulador amigo del socialista Craxi: Silvio Berlusconi. La delimitación precisa de responsabilidades nunca será sabida, pero el resultado sí está claro: lo que el agente de Washington en la trama llamó «la estabilidad de Italia», esto es, la consolidación de un Estado bajo tutela donde la democracia se vio desvirtuada por la actuación de fuerzas políticas corruptas, dispuestas a todo -recordemos ‘Il divo’- con tal de mantener su predominio. La tangentopolis, el gran escándalo de la corrupción en 1992-93, conmovió los pilares de ese régimen, pero no pudo evitar el regreso al orden impulsado por un nuevo método de manipulación política : la videocracia de Silvio Berlusconi.

Con el triunfo de Berlusconi en 1994 la historia de Italia regresaba a una trayectoria circular, inaugurada con el Risorgimento, y que ahora en las elecciones de mañana verosimilmente va a ser confirmada. El impulso decisivo de la unidad italiana llegó del episodio romántico encabezado por Garibaldi, un luchador incansable de la democracia, pero lo capitalizaron los moderados con el transformismo bajo la corona de Víctor Manuel II. Un nuevo empujón heroico, la Resistencia contra el ocupante alemán y el fascismo, pareció asegurar la consolidación democrática, mediante la Constitución de 1948, para verse frustrada en más de cuatro décadas de hegemonía democristiana, a la sombra de la guerra fría. La renovación de Moro fue abortada y el populismo corrupto de Berlusconi sofocó desde los 90 a trompicones las expectativas de una izquierda sumida desde entonces en la crisis interminable de su corriente principal, heredera del PCI.

La crisis económica, la habilidad del presidente Napolitano y la presión alemana abrieron, sin embargo, otra ventana de oportunidad en 2011 para librarse temporalmente de Berlusconi. A duras penas el Partido Democrático logró el poder, tras una pírrica victoria electoral en 2013, y Matteo Renzi se convirtió pronto en jefe de Gobierno, suscitando grandes expectativas su imagen de ‘rottamatore’, desguazador de la vieja política, con más de un 40% en las elecciones europeas de 2014. Aunque el enemigo no era ya solo Berlusconi, sino la fórmula italiana de una indignación antisistema, el Movimiento 5 Estrellas, que desde entonces se mantuvo por encima del 20%.

El desgaste de Renzi ha sido rápido, en parte por centrarse en anular a la izquierda del PD, de raíz PCI (él venía del legado democristiano), la cual acabó escindiéndose, y en parte por sus limitados éxitos económico-sociales y los fracasos políticos (reforma constitucional de 2016). La imagen renziana de seguridad cedió paso a la de prepotencia. Los pésimos resultados en las elecciones administrativas anunciaban el panorama actual, a pesar de la buena prestación de su sucesor como primer ministro, Paolo Gentiloni, con Renzi líder del partido.

La anulación por el Constitucional de la ley electoral precedente anuncia una situación incierta a la española. El clima político y social ha empeorado entre tanto hasta el punto de poderse considerar mal menor a un Gobierno dominado por Forza Italia (FI) de Berlusconi, si este pudiera librarse de su depredador socio, Matteo Salvini. Pero un Gobierno de amplio entendimiento PD-FI carece de posibilidades en un sistema que combina un 61% proporcional y un 37% mayoritario.

La llegada masiva de inmigrantes activó el racismo. Su efecto principal ha sido el ascenso de la Lega Nord (reducida a Lega) de Salvini, un aliado de Berlusconi que amenaza con desbordarle. Salvini es un demagogo brutal y eficaz en su machismo y en su xenofobia, que se ha deslizado desde el separatismo de Padania a un ultranacionalismo dispuesto a acabar con la inmigración. Acepta incluso el apoyo del fascismo puro de Casa Pound. Promete fomentar la producción italiana frente a Europa (sin salir de su denostado euro) y rebajar los impuestos personales con una ‘flat tax’ para ricos.

En las encuestas, terminadas por ley el 16 de febrero, el Movimiento 5 Estrellas puede llegar como primer partido, con el 27-28% de votos, aun cuando superado por la coalición de centro-derecha, entre 34-38% (leve mayoría de FI sobre Lega, y un 4% para los ultras Fratelli d’Italia). La derrota parece segura para el PD, entre el 22 y 28%, mientras los escindidos de Liberi e Uguali se quedarían en torno al 5-7%. El círculo ha girado y, salvo un último vuelco, las aguas regresarán al cauce de una derecha profunda.

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