Irresponsable medida

CARLOS LARRÍNAGA

De esta manera se podría calificar el reconocimiento que Donald Trump ha hecho de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Lo cual supone un doble fracaso. Por un lado, de la diplomacia, puesto que no ha sido capaz de evitar semejante pronunciamiento. El multimillonario ha desatendido las advertencias de los distintos líderes con los que ha hablado últimamente. Ni siquiera las conversaciones entre Federica Mogherini, la Alta Representante para la Política Exterior de la Unión Europea, y Rex Tillerson, el secretario de Estado norteamericano, han surtido efecto. Un Tillerson que ha sido incapaz de convencer a su jefe de una decisión incendiaria. Por otro, de la política internacional, que lleva años dejando que el problema palestino se pudra sin tratar de buscar una salida apta.

Se podría apuntar que, desde el asesinato de Isaac Rabin, las cosas, lejos de mejorar, han empeorado, con un ejecutivo israelí secuestrado por la extrema derecha. La Administración Obama fue una oportunidad perdida para haber avanzado resueltamente en el proceso de paz. Porque si la mayoría de los mandatarios están de acuerdo en la existencia de dos estados viviendo en armonía, seguridad y con las fronteras reconocidas, ¿por qué no se ha hecho nada en los últimos lustros? ¿A qué esperan países como España, Francia, Reino Unido o Italia para reconocer a Palestina cuando existe un mandato en esta dirección de sus respectivos parlamentos?

Precisamente, ahora ha llegado el momento y sería la mejor respuesta que se podría dar a esta iniciativa unilateral de Washington. Así se ha pronunciado Miguel Ángel Moratinos, excomisionado de la UE en Próximo Oriente, y tiene razón. No es plausible dejar en manos de Estados Unidos un posible plan de paz para la región, porque se ha visto que es inútil. Confiar en Jared Kushner -descendiente de ultraortodoxos judíos, sin experiencia alguna en la materia y con intereses económicos en la colonización de Cisjordania- el final de un enfrentamiento que dura cuando menos setenta años es absurdo. Como vengo insistiendo desde hace tiempo, EE UU debería quedar descartado en el arbitraje de esta crisis. De suerte que se impone recurrir a nuevos actores y en este momento sólo se me ocurren dos. Quizás el Papa, cuyos buenos oficios en otros conflictos están dando sus frutos. Y más aún, Vladímir Putin, que ha anunciado su presentación a la reelección. El papel protagonista que el Kremlin está teniendo en la guerra de Siria y en la derrota del Estado Islámico ha reforzado sensiblemente su papel en la zona. Incluso, sus buenas relaciones con Ankara pueden ser determinantes.

Lo curioso de este reconocimiento estriba, no obstante, en que Trump ha señalado que este dictamen no pretende expresar una posición sobre el estatus definitivo de Jerusalén, que deberá ser decidido por las partes. Esta afirmación, que de primeras podría resultar contradictoria, no lo es tanto si advertimos algunos aspectos. En primer lugar, que Israel designó a la Ciudad Santa como su capital en 1950, aunque eso sí, circunscrita a Jerusalén Oeste, pues la ciudad quedó dividida en dos tras la declaración de la independencia israelí en 1948. A mayor abundamiento, el propio plan de partición de la ONU hablaba de una situación particular para esa urbe, disputada por árabes e israelíes. Fue la toma de Jerusalén Este por Israel en la guerra de 1967 la que alteró las condiciones previas, abriendo las puertas a una anexión claramente ilegal. Y es que la ONU y el conjunto de naciones, incluidos los EE UU, sólo reconocen las fronteras israelíes de 1967. Y no una Jerusalén unificada y capital eterna de Israel, como pretende Tel Aviv. De ahí que un traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén Oeste no tendría mayores consecuencias ni iría en contra del Derecho Internacional ni de las resoluciones de la ONU.

En segundo lugar, hay un problema sobre la concepción de Jerusalén. Me explico. La Jerusalén unificada sólo existe para Israel. Es cierto que no hay una barrera física, como en Nicosia, pero sí mental, de forma que quien la visita sabe cuándo está en Jerusalén Oeste o en Jerusalén Este, territorio ocupado al igual que Gaza y Cisjordania. Por consiguiente, hablar exclusivamente de Jerusalén es hacerle el juego a Israel y desatender las resoluciones de la ONU. Y es aquí donde reside buena parte de la polémica proclamación de Trump, que habla de Jerusalén como un todo, para a continuación hacer la matización ya mencionada. Por lo que, en realidad, las cosas, por el momento, tampoco han cambiado sustancialmente. Además, teniendo en cuenta que la transferencia de la embajada podría durar años, siempre se podría dar el caso de que otro presidente derogase esta orden. En cualquier caso, ésta no anula ninguna de las resoluciones de la ONU, siendo ahora lo urgente retomar el proceso de diálogo. Especialmente, si consideramos que, tras el reciente acuerdo entre Hamás y Al-Fatah, si se celebran votaciones en Palestina, es muy probable que sea Hamás el partido que las gane. En mi último viaje allí tuve esa impresión, pero ahora me parece evidente. Con una población mayoritariamente joven que ve cómo la vía moderada y dialogante de Mahmud Abás sólo ha servido para perder peso ante un Netanyahu envalentonado, la opción radical y combativa de los islamistas cobra progresivamente enteros y una medida tan insensata como la de Trump no hace sino cargarles de argumentos. Habrá que ver.

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