El sol interior

ANTTON ARBULU

Sin entrar a juzgar la calidad cinematográfica de 'Ignacio de Loyola. Soldado, pecador, santo', conviene contrastar algunos aspectos del retrato que en la película se hace del guipuzcoano con lo que se conoce a través de las biografías últimamente publicadas, que aportan una visión en algunos aspectos nueva y, en general, mucho más matizada. Centrada en los primeros 39 años de vida de Íñigo, desde su infancia en Azpeitia hasta que en 1528 marcha a París donde constituirá el primer germen de la Compañía de Jesús, la película gira en torno al tema renacentista del hombre en busca de su verdad interior. El tratamiento, muy superficial, no deja ver su complejidad y talla humana.

Un acercamiento riguroso al personaje obligaría a su correcta contextualización. Es inexplicable que los movimientos de Reforma, luego llamados protestantes, no merezcan ni una sola mención en el guion. Y es que los jesuitas participaron desde primera línea en las grandes transformaciones del mundo católico en los siglos XVI-XVII, aunque no parece que Loyola (solo ocho años menor que Lutero), albergara la idea de crear una vanguardia contrarreformista como se ha especulado. De acuerdo con Jonathan Wright, autor del excelente 'Los jesuitas: una historia de los «soldados de Dios»', a lo que aspiraba Ignacio era a la renovación de las bases mismas de la catolicidad desde una nueva antropología espiritual unida a un método 'los ejercicios' que abría a cualquier cristiano el acceso a las riquezas de la vida interior, pero sin desdeñar la acción en el mundo. En un tiempo de profunda crisis religiosa y de pugna por el espacio social entre los estados emergentes, los jesuitas percibieron la necesidad de avanzar en ambas dimensiones.

Un segundo aspecto que la película toca, aunque de manera poco inspirada, es el de las relaciones del joven Íñigo con gente inquieta que se movía en los márgenes de la sociedad. Por boca de los inquisidores se verbalizan las acusaciones de 'alumbrado' o 'iluminado' ya que, en efecto, esa fama le persiguió en sus comienzos en España, como así se cuenta en la película, pero también en Roma siendo ya superior general de la Compañía e incluso después de fallecido. Su proximidad con alumbrados, con erasmistas y con judeoconversos, y la manera como Ignacio se defendió en los diversos juicios a que fue sometido sin abjurar del todo de aquellas amistades, abren una línea muy interesante de investigación sobre la formación de su personalidad intelectual.

Lo anterior conecta con el trato que tuvo con el sexo femenino. Loyola se codeó tanto con damas de alta alcurnia como con muchachas de bajos fondos, lo que en el film se expresa por medio de dos esquemáticos personajes femeninos. El historiador Antonio Gil Ambrona acaba de publicar un estudio que aporta datos nuevos y plantea interesantes preguntas sobre las 'íñigas' (su primer núcleo de seguidoras), y sobre sus relaciones en Manresa con sor María de Santo Domingo, con Isabel Roser, con Inés Puyol-Pasqual o con la princesa Juana de Austria, hija del emperador Carlos V e Isabel de Portugal. Dispuso de aliadas importantes en lo más alto de la jerarquía social que le proporcionaron ayuda material, apoyo moral e influencia política, pero también atrajo a mujeres humildes para llevar a cabo sus proyectos asistenciales y educativos, como la Casa de Santa Marta de Roma para la acogida de prostitutas, su obra predilecta.

Lamentamos, en fin, que el retrato de Ignacio de Loyola se ciña al caballero de espada y de cruz, al 'soldado, pecador y santo' como se subtitula la película, ignorando al psicólogo penetrante, al hábil diplomático y al educador, pues en todas estas facetas destacó el artífice de la gran contribución vasca a la historia universal, la Compañía de Jesús. Una orden que ha sido objeto de severas críticas a lo largo de estos casi cinco siglos, en ocasiones fundadas. Pero, como escribió el jesuita italiano Francesco Sacchini, «toda historia, sagrada o profana, es una crónica de la imperfección, así que ¿cómo vamos a pretender que la nuestra fuese diferente?». Lo mismo cabe aplicar a Íñigo de Loyola.

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