La infancia

No queremos hacernos adultos porque significa dejar de lado todo aquello que en un momento nos llevó más allá de la realidad dura y cruda

FELIPE JUARISTI

Buscamos explicaciones a todo lo que sucede, porque queremos creer que todo lo que sucede tiene su razón de ser y no obedece al azar, a la suerte o a la casualidad. Pero el azar es, querámoslo o no, una razón desdeñosa y poco desdeñable. Hay quien cree que es el motor de la existencia, el guardián invisible de nuestros días. Cuando se juega a la lotería, se buscan motivos para la adquisición de tal o cual número; que si últimas cifras tienen que coincidir con cierto aniversario o fecha recordada, generalmente el de la boda o el nacimiento de los niños; que si hay que comprarlo a una hora determinada, porque en ese momento, hace no se sabe cuántos años, sucedió un hecho inolvidable (amoroso, generalmente) que ha marcado el devenir. Son signos, augurios, símbolos de la buena suerte, como el trébol de cuatro hojas, la herradura, la pata de conejo.

Los indios sioux de Norteamérica colocaban en sus dormitorios una especie de tela que atrapaba los malos sueños, y dejaba pasar sólo los buenos. A la mañana siguiente, con el amanecer fresco y claro, se difuminaban en el aire, volviéndolo más limpio y liviano.

Es durante la infancia cuando la creencia en lo sobrenatural, en lo irreal, más se desarrolla, junto a la capacidad para la fantasía. Es la época de la ingenuidad, del descubrimiento del cuerpo, de la indagación sobre la naturaleza, propia y ajena. El niño percibe todo lo que le rodea como soñado: la casa donde se habita se convierte en algo mágico, cada rincón esconde un misterio, la luz que se enciende y lentamente se apaga abre las puertas a lo desconocido, el silencio que se arrastra según qué zonas es el aviso de que puede suceder lo extraordinario. Luego todo vuelve a su origen, gracias a un grito, una orden, una imprecación, un llanto. La edad adulta está plagada de voces y de sombras: de voces apremiantes o amenazadoras, de sombras sinuosas y confusas. La vida paralela es la vida que discurre junto a la real, muchas veces sin tocarse o juntarse. En ese momento uno es lo que quiere ser, o quiso ser alguna vez, sin haberlo conseguido del todo.

Muchos de los problemas que nos aquejan suceden porque nos negamos, de alguna manera, a abandonar el territorio casi mítico de la infancia. No queremos hacernos adultos, porque significa dejar de lado todo aquello que en un momento nos llevó, a lomos de la imaginación, más allá de la realidad, dura y cruda. Quisiéramos quedarnos ahí, para siempre.

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