Independentismo de postín

Es el signo de los tiempos, el de las regiones ricas que quieren separarse de las pobres, pues creen que la transferencia de recursos fiscales los empobrece

MANUEL MONTERO

Adónde vas, manzanas traigo»: la repuesta de Puigdemont saliéndose por la tangente, sin explicar si ha declarado la independencia o no, suena a contestación de niño respondón, convencido de que sus deseos son la medida de todas las cosas y el molde de las reglas del juego, a las que han de ajustarse los demás. Aparece como víctima y no como causante de una crisis descomunal. Falta la responsabilidad de asumir los actos y queda una imagen altanera, de quien navega por mundos dorados.

«La gente rica nos resulta difícil de comprender, y es que siempre están encontrando formas nuevas de ser infelices cuando les han privado de todas las formas normales de tristeza». Salman Rushdie evoca así al proverbial ricachón insatisfecho y quejica, «qué molesto es el jet lag», «no te digo lo mal que funciona el servicio». Si le entrevistan, no falla. Sus actividades son imprecisas, aparentemente no estresantes, pero declara que su casa -a veces, un palacete- es su refugio, donde descansa de los ajetreos cotidianos y se encuentra a sí mismo. Los ricos también lloran, aunque por razones más sofisticadas que el común de los mortales.

El independentismo catalán recuerda al acaparador para el que todo es poco y no puede contentarse si no redondea su fortuna. 'Síndrome del niño rico' llaman a un trastorno en el que los niños tienen demasiadas cosas. Según los sicólogos, se debe a que los padres les dan demasiada libertad, dinero, juguetes e información. Por tanto, lo de Cataluña no tiene nada que ver con tal trastorno: piden libertad y que no les roben el dinero, luego no andarán sobrados de ambas materias, o así.

No valdrá la metáfora pero hace las veces, pues los independentistas proyectan la imagen de que van sobrados, pero les arrebata la pataleta. Sus niveles de vida les sitúan en la gama alta. Es el signo de los tiempos, el de las regiones ricas que quieren separarse de las pobres, pues creen que la transferencia de recursos fiscales los empobrece. Los menesterosos les sirven de mercado pero no les importa, convencidos de que no les quedará otra que seguir comprándoles. Quieren pasar del estado del bienestar al del mejorestar.

Tampoco por el lado político se les ve especiales motivos de queja. El desarrollo autonómico lo han hecho a la brava, saltándose con alegría e impunidad la legislación que podía coartar democráticamente sus querencias culturales e idiomáticas. Las competencias de la Generalitat y las que ejerce saltándose la ley pero sin que nadie rechiste («embajadas», por ejemplo) son amplísimas y de calado, incluyendo los Mossos levantiscos y una televisión pública ultranacionalista.

Cataluña se asemeja a la figura del potentado insatisfecho. Desataron el gran guirigay al grito de quiero más. Quizás la arrogancia acabe resultando fatal. Da la impresión de que suponían que en la hora de la verdad les favorecerían dos circunstancias: la solidaridad internacional por simpatía romántica con un pueblo civilizado al que sojuzga un Estado tosco; y la fe ciega en que su fortaleza económica nunca se vería resentida, salvo los prejuicios transitorios que pudiese ocasionar un eventual boicot español, no desde luego por fuga de sus empresas y de los ahorros de sus ciudadanos. Las dos especies eran imaginarias, por lo que todo hace aguas, por mucho que tengan que seguir pedaleando para no caerse.

Se ha descubierto que la insurrección estaba guionizada. Sigue un plan en el que van previstas las contingencias hasta llegar a la victoria final. No ha sido del todo una sorpresa. Desde hace tiempo daba la impresión de que algunas movilizaciones eran mera escenificación. El cuidado del atrezzo les despojaba de la imagen de espontaneidad que se pretendía, con esa combinación de efervescencias nacionalistas con señeras, días de en los que toca hacer de pacíficos republicanos y la teatral puesta en escena de los apoyos a los líderes. Todo este movimiento ha estado dirigido desde arriba, desde el adoctrinamiento, la formación de asociaciones como fuerza de choque, las manipulaciones y la programación de movilizaciones, llamadas hitos históricos.

Por lo que cuentan, el plan consiste en provocar la desestabilización política de España hasta crear una situación imposible, en la que los medios internacionales y hasta la ciudadanía supliquen por la desconexión. No cuentan los valores democráticos, sino poner en apuros a una democracia. La barbaridad resulta despreciable: un gobierno salido de las urnas diseña o asume una política para desestabilizar. A lo mejor no harían ascos a provocar apuros económicos, una ruina aquí, un par de quiebras allá, si ayuda a la sacrosanta independencia.

Elaborar planes ocultos para descuajeringar un país suena también a capricho del que se siente por encima de los demás. Tampoco tendrá mucha enjundia, como producto de iluminados, y olvida el principio de que los planes dejan de servir cuando la batalla va en serio.

Como mucho, recuerda la psicohistoria que concibió Asimov para su trilogía de la Fundación, en la que un plan científicamente pergeñado abreviaría la decadencia de la galaxia. Los beneficiados desconocían su contenido pero sabían que existía, lo que afianzaba su confianza en el futuro. También los psicohistoriadores catalanes ocultaban el diseño, pero no les importaba que se corriese que había un plan, para que la gente supiera que el éxito es posible, que todo está previsto. Por lo de la confianza. Estamos ante una revolución de postín, concebida por gentes de posibles que se creen los más listos. De ciencia-ficción.

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