Una Iglesia en dificultades camino de la renovación

Una Iglesia en dificultades camino de la renovación
RICARDO ECHANOVE TUERO

En cuanto se abrió en España la espita de la libertad y la democracia, se desató un vendaval de indiferencia religiosa que en poco tiempo destartaló la frágil fe católica que la mayoría del pueblo profesaba; una fe, que además de muy vinculada al poder político apelaba en exceso al temor a un Dios justiciero, al pecado y a la culpa. Hoy parece del todo asentada la pérdida de presencia de la Iglesia en la sociedad, y aunque en buena parte quepa achacarla al materialismo de la época y a las corrientes políticas adversas sería absurdo no reconocer -por cristiano que uno se sienta- los graves errores, desviaciones y escándalos cometidos por la Iglesia a lo largo de su historia, incluida la historia reciente.

Mucho esfuerzo, supongo, va a costarle a la Iglesia llegar al corazón de los hombres de hoy si antes no realiza profundos cambios en la línea ya marcada por el gran papa Francisco. Por de pronto los legítimos debates que pudieran suscitarse en su seno debieran ser ejemplares, en nada comparables a los que nos tiene acostumbrados la lucha partidaria por el poder en el mundo político. Y es que lo único que a los cristianos puede movernos y atraernos de verdad hacia la Iglesia católica es el mensaje espiritual de Cristo. Ese es el único y auténtico tesoro de la Iglesia, el mensaje que trajo al mundo Jesús de Nazareth. Preservarlo y difundirlo es su misión esencial. Casi todo lo demás en lo que tiene de ‘constructo’ humano es revisable, mejorable, e incluso prescindible. Lo único que jamás podrá desaparecer es aquel mensaje potentísimo que aparte de su contenido religioso y trascendente conmovió los cimientos de una sociedad desnortada y sin valores en la que imperaban las castas y sus abusos sobre los marginados y desposeídos. Con Jesús llegó el escándalo porque apelaba por primera vez en la historia a la dignificación del ser humano; y el centro de su mensaje pivotaba sobre el respeto y el amor indiscriminado entre unos y otros, por el solo hecho de serlo. Jesús además se enfrentó a los sátrapas y opresores, y desenmascaró a los corruptos sacerdotes del Templo, los máximos instigadores después, de su muerte en la Cruz… Jesús de Nazareth se inclinó siempre hacia los más necesitados y desvalidos seres humanos. Y aquellos mensajes empezaron a extenderse con inesperada eficacia a partir de una primitiva estructura organizativa, y pese a las muchas carencias, obstáculos y persecuciones. (Muy aconsejable leer ‘Los orígenes del Cristianismo’, del gran escriturista Rafael Aguirre).

Resultan tan intemporales los mensajes de Jesús de Nazareth, que para muchos cristianos el verdadero futuro de la Iglesia está, paradójicamente, en volver a sus orígenes, en profundizar y adaptar al mundo de hoy aquella inextinguible y universal enseñanza, fundamentalmente, el mensaje central del amor, y el de la gozosa y responsable apertura a la vida, tan lejos de la oscurantista educación cristiana que muchos hemos conocido, y que el hombre y la mujer de hoy serían incapaces de entender. Por el contrario, los mensajes de Cristo a través de su Iglesia deberían mostrarse más sencillos y entendibles, menos distantes, más cercanos al lenguaje y sensibilidad de la gente de hoy. Y mostrar menos inflexibilidad dogmática, más calor en la búsqueda de soluciones a sus necesidades.

Las dificultades de la Iglesia Católica para asegurar su presencia y asistencia en el mundo actual y en el porvenir son muy grandes. Pero pese a todas ellas, desde mi modestísimo y artesanal observatorio de la realidad, y también desde la experiencia de mi ancianidad vislumbro un futuro mejor no solo para una Iglesia profundamente renovada sino para el regreso del ser humano en general a una religiosidad más aquilatada y auténtica. Lo percibo en mí mismo, y en amigos y coetáneos, y también en gentes de todas las edades, que se confiesan sin titubeo alguno hijos de una Iglesia que ya ha iniciado su largo camino de adaptación a los nuevos tiempos. Y lo percibo también en muchos párrocos y sacerdotes; en sus sustanciosas, sencillas y sentidas homilías, y sobre todo, en el modo tan humilde, entregado, alegre e ilusionado de vivir su sacerdocio. Los cristianos practicantes de hoy tenemos muy claro que nuestro compromiso como cristianos se centra por encima de todo en respetar, mejor aún, en amar y ayudar en lo posible a cualquier ser humano que tengamos enfrente, por el solo hecho de serlo ; y sabemos además que el mensaje de Jesús ni fue ni va solo dirigido a los cristianos sino también a los que no lo son, a los ateos y agnósticos e incluso a sus enemigos declarados; y siempre desde el profundo respeto hacia su creencia o increencia y por supuesto, sin pretensiones jamás de ser superiores a nadie, o los únicos llamados a la salvación.

Los cristianos de hoy vivimos nuestro cristianismo, como no podía ser menos, con la esperanza en el Misterio del Más Allá, pero también nos sentimos muy felices en el Más Acá viviendo cristianamente cada día. Y estamos convencidos de que en alguna medida y por pequeña que parezca cada aportación individual, unida a la de todos los cristianos del mundo, estamos realmente contribuyendo a construir un mundo un poco más pacífico y habitable. Y creemos que vale la pena emplearse en un proyecto así que además de enriquecernos también nos llena la vida de ilusión y esperanza.

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