Huesos de santo

SANTIAGO AIZARNA

Como bien se sabe -por haberse bien propalado por los ámbitos tan expansivos de la Fraseología- se atribuye a la munificente generosidad de Andy Wharhol la donación de unos pocos minutos de gloria concedidos a todo perseguidor de la fama. Una limosna, en todo caso, para los humanos mortales, que a los 'inmortales' (que también los hay y muchos y algunos hasta inmerecidamente) no les hace falta por tener fondo de tesoro propio que les hierve a borbotones de oleaje a cada paso que dan. Pero, ¿qué pudiera suceder -al margen de florituras mentales de Warhol- cuando llegan a florecer esos mínimos tiempos en el perifollo del pizarroso material de la ceniza?

De la ceniza, como protagonista sin rivales de nota, está llena la vida, así como su notario principal que es la literatura. Imposible no citar, en primer frente, a la imponderable criatura en quien volcaron sus mejores galas de cuentistas míticos, tanto Perrault como los Hermanos Grimm, quienes hicieron trizas la cenizosa envidia de su madrastra y hermanastras, que si quisiéramos salir de los mundos de la infancia, acudiríamos 'ipso facto' a Quevedo y a sus «cenizas que tendrán sentido» en su más preciado soneto (si, en tan maravillosa floresta poética suya, se pudiera hablar -como en contaduría- de medidas como 'más' y como 'menos', cuando todo en él es grandioso, es sublime, es imperecederamente magnífico hasta en últimas sustancias o escatologías.

José Ibarrola

Yendo aún más adelante hasta a avanzadillas del ultraísmo, he podido caer en los ovillos de entresijos de mi memoria ( a veces de revueltas tan incomprensibles y hasta de isletas o glorietas de las que no se sabe cómo zafarse) recordando parcelas de la 'versión celeste' del bilbaíno-parisino-americano (de varias américas ) Juan Larrea (1895-1980), quien en 'Cosmopolitano', puede hablar y habla de cómo «peceras fúnebres/iluminan las calles», que «los puntos cardinales/ en hombros conducían/ un ataúd vacío» (que me hubiera gustado transcribir ése su texto a su modo como especie de caligrama, de la misma manera, y no sé cómo, que son palabras que están como plegadas, supongo, en mis meninges de cuando mi memoria traviesa daba en la donosura de exhibir ejercicios casi circenses a riesgo de ser insultados, como algunos creían, con el apodo de 'memoriones', en clases didácticas donde los propios profesores nos despreciaban.

Otrosí (digámoslo un poco como más leguleyamente), reparando, como Josep Pla repara, en su 'Conmemoración de los difuntos: muerte y supervivencia', en las 'conversaciones de Goethe con Eckermann', que venía a decir el padre de 'Fausto', que 'quienes no esperan otra vida también están muertos para ésta' , un pensamiento diríamos que mejor que aquel tabaco de mascar del viejo oeste americano para las mandíbulas unamunescas siempre tan activas ante cualquier evento mental de supervivencia postmortem, y no digamos cuando esta mentalidad tiene que rimar o encarrilarse con cuestiones que atañan a esa ultravida tan difícil de creer en ella cuando, además, hemos sabido, en vida, del amargo sabor del purgatorio y, en el peor de los casos y aún más que creyentes en la dual opción eterna ante la que estaríamos en situación de hasta perdonar tan increíbles crueldades divinas.

Son, sin duda, como me da por sospechar, que surgen como lagartijas (o de más operísticos animalujos llamados geco) que, desde las ranuras de su domicilio atisban lo que en su entorno sucede, que va uno, librepensador sin más problema ni gástrico ni gastronómico que el de comprarse un pan en la panadería de enfrente de casa y da de sopetón, en estos días tan cercanos a festividades como las de la conmemoración de los difuntos, con la hilera de gastadores de batallón o de hoplitas si a gentes armadas de la vieja Grecia vamos, que en divisiones de huesos de santos y buñuelos que nos advierten de la cercanía de la conmemoración de los difuntos (que dice la cantata crepuscular -con zarpeos de gamberrada- que 'pobrecitos los borrachos que están en el camposanto'), que si queremos imbuirnos de su bulla silenciosa o invertimos nuestro exiguo capital en oxímoron correspondiente, habrá que señalar que es el boom silencioso que se desparrama, que ladran los lobos quizás para mejor aprenderse la especie de anadiplosis encerrada en la metáfora lorquiana del «horizonte de perros que ladra muy lejos del río» mientras la casada infiel desciende los peldaños que la llevarán a lo alto de su gloria sexual para así mantener el emblema de su cuerpo de nácar en amasijo de nardos, caracolas y cristales de luna, tan invertido todo en odres de envidia a la fabulación intemerata del gran Federico.

Huesos de santos pues, de tuétanos dulces que se deslíen en la boca; o «miel sobre hojuelas» que dijo el de las frases hechas. Y, ya que de pastelería hemos llegado a hablar hablando de las cenizas de modo incontinente, demos fin a estas palabras, recordando, un tanto a lo Agustí y su saga novelesca, que «la ceniza fue árbol» que es como volver al principio desde el fin perdido por agotado.

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