La hipocresía del terror

ANTONIO ELORZA

La calificación de la forma de ser de los religiosos como «tétrica hipocresía monacal» pertenece al vocabulario del laicismo anticlerical de nuestros ilustrados. Su expresión más ácida se encuentra en los versos que el alavés Félix María de Samaniego dedicó al clero regular durante su reclusión en el convento del Desierto de Bilbao. Hipocresía porque todos los actos y palabras de los monjes, sus rituales, pretendían aparentar la consagración a Dios, cuando su interés era otro, bien mundano. El momento tétrico en la descripción corresponde al contraste entre los festines que se dan los buenos frailes en el refectorio y la «horrorosa calavera» que lo preside.

La escena podría trasladarse, más de dos siglos después, al festejo que por su «desmovilización» -esperamos que definitiva- ha organizado ETA en Iparralde. Por la reiteración de sus cartas explicativas, por su pretensión de solemnidad y por el lenguaje empleado en aquellas, un observador estimaría que se encuentra ante una ceremonia política, teñida de sentimiento religioso. De acuerdo con las reglas del comportamiento hipócrita, la realidad -la «horrorosa calavera»- es cubierta bajo el manto del «sufrimiento», aludido reiteradamente en términos que sugieren en la superficie un reconocimiento de culpa, pero que en el fondo no lo hacen. En la última carta, conocida del público ayer, resulta que lo importante en la historia de ETA no ha sido el terrorismo, no han sido sus casi mil crímenes, sino sus esfuerzos reiterados por «dar a la época de la confrontación armada un final ordenado, racional y constructivo». Tal y como se presentan, han sido y son unos santos, solo que entregados a conferir a otros la palma del martirio.

Una vez más ETA asume el mando político, que le corresponde en su calidad de representante autoproclamado del «pueblo vasco», lo cual, en contra de lo que informan todas las encuestas, «se fundamenta en la confianza de la fuerza del pueblo». Su veredicto es tajante: el fracaso experimentado por la banda en su noble intento de salir de escena con un reconocimiento estatal es responsabilidad de los gobiernos español y francés. Los etarras estaban cargados de buenas intenciones y los malos de siempre no se lo reconocen. Y, para conclusión, ETA se permite una amonestación de alcance general: «no repitamos los errores, no dejemos que los problemas se pudran». A eso se llama sermonear, lo mismo que cuando es recuperado «el conflicto» sempiterno, el eufemismo siempre utilizado para tapar y justificar la producción sistemática de la muerte por decisión propia e inequívoca.

A diferencia de otras organizaciones terroristas, como las Brigadas Rojas (Moretti excluido), no nos encontramos en los últimos textos de ETA con ninguna autocrítica de la ideología del odio que la hizo nacer y que se mantuvo viva hasta la fecha frente a lo español. Ningún reconocimiento de que su estrategia no rendía otros frutos que la destrucción de vidas y de la convivencia en el País Vasco. Ningún propósito de facilitar la salida de sus presos mediante una contribución a esclarecer los cientos de asesinatos que permanecen sin resolver. Ninguna iniciativa dirigida a esos presos para que imiten su decisión de reintegrarse a la sociedad civil, reconociendo -no solo pidiendo perdón- la responsabilidad contraída con las víctimas y con la sociedad.

En fin, sería bueno pedir también a los veteranos terroristas un poco de modestia y situar las decisiones de ETA conducentes al final de hoy fuera del terreno de unas supuestas buenas intenciones que nunca existieron. Pudo verse en el carpetazo dado por 'Thierry' a las negociaciones con Zapatero: lo suyo era aún entonces buscar una victoria total de sus aspiraciones a la vista de la debilidad mostrada por el presidente socialista. Deberían asumir, por consiguiente, una derrota que se hizo inevitable cuando la colaboración policial Francia-España dejó de ser puntual para constituirse en estrategia decidida de aniquilamiento de la banda.

Al parecer, según adelanta Pello Urizar, el comunicado de hoy será aún más confuso y causará malestar en todos aquellos que esperan una declaración de auténtica paz y renuncia abierta a justificar el pasado de terror. El dirigente de EA se conforma con la autodisolución proclamada. Tampoco las declaraciones del Gobierno Vasco favorecen el optimismo, ya que su portavoz asegura no tener garantías de que ETA vaya a anunciar un final «unilateral, efectivo y definitivo», «sin contraprestaciones» y «clara e inequívocamente irreversible».

Vuelve a la memoria el juego de palabras con la tregua «permanente» que estuvo lejos de ser, como algunos ya adelantamos, «definitiva». No tranquiliza tampoco que se siga hablando de desmovilización, si bien la última carta es clara «al dar por terminado su ciclo histórico», para lo cual «ha disuelto completamente todas sus estructuras». Pero «disolución de todas las estructuras» concierne a la dimensión organizativa, no al sujeto ETA en sí que aún elude el término «autodisolución». Sorprende, por tanto, la coexistencia entre la desconfianza del Gobierno Vasco y la participación oficial en Kanbo del PNV, con Ortuzar y Egibar al frente. La hipocresía no abandona a ETA y cierto grado de ambigüedad tampoco al PNV: estar en Kanbo supone un inmerecido reconocimiento póstumo.

¿Qué pretenden ETA (y EH-Bildu) al reiterar los rituales prefúnebres? Sin duda, ante todo lavar la sangre con una imagen que, sin entrar en el fondo de la historia, preserve lo esencial de su relato y, al dejar cabos sueltos (los presos), prolongue la retórica del «conflicto». La legitimación ideológica permanece. Y así ETA, con una supervivencia fantasmal pero efectiva, seguirá gravitando sobre la realidad vasca.

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