Helliconia

Quizá no quede tan lejos el día en el que las mentes, tras copiar todo lo humano, acaben por reemplazar a nuestra especie

álvaro bermejo
ÁLVARO BERMEJO

Su obra alcanzó la celebridad mundial cuando Spielberg puso en manos de Kubrick una de sus novelas, Los superjuguetes duran todo el verano, cuyo corolario sería la película Inteligencia Artificial. Pero, al menos desde los años 80, con la trilogía acerca de Helliconia, Brian Aldiss ya se había consagrado como uno de los maestros indiscutibles de la Nueva Ciencia-Ficción. Concibió un estilo propio capaz de hibridar el monólogo interior de Joyce y las Planet Opera a la manera de la saga Dune, según Frank Herbert.

La muerte de Aldiss actualiza a través de sus novelas dos vectores omnipresentes en el mundo actual: los universos paralelos contenidos en el paradigma de la virtualidad y los límites éticos de la ciencia en cuanto afecta a los avances de la robótica como a las nuevas armas de aniquilación masiva.

Todo lo que sucede en Helliconia remite a lo que no deja de suceder en la Tierra. Con una salvedad: allá tienen dos soles que les procuran inviernos de quinientos años y veranos tan tórridos como el que acabamos de sufrir. Sólo que allá también duran medio milenio. Sus habitantes, los phagors y los humanos, libran una guerra eterna. Pero con ese toque de humor british, Aldiss narra sus peripecias desde la perspectiva de un satélite artificial, Avernus, colonizado por científicos terrícolas. Su prioridad es el no intervencionismo. Su pecado, el voyeurismo. Todo sucede como en un espectáculo de telerrealidad, a la manera del Show de Truman.

Sus protagonistas también son Superjuguetes como el David de Inteligencia Artificial. Si este sueña con llegarle al corazón a su madre adoptiva, su cerebro biónico cifra una constelación de signos inquietantes. Prefigura un futuro posthumano poblado de androides ideados para sobrevivir a un cambio climático extremo o a una guerra nuclear. Y simultáneamente, bajo su tierna mirada, cifra una amenaza paralela al desfase de Hall, el cerebro electrónico de 2001. Quizá no queda tan lejos el día en que las máquinas pensantes, tras copiar todo lo humano, acaben por reemplazar a nuestra especie.

Lo mejor de Aldiss es que nos avanza cómo sucederá esa suplantación, si no está sucediendo ya. Si Hall era un cerebro sin rostro, David muestra el más encantador. Justo lo que cabría decir de todos los diseños inteligentes que constituyen el nuevo Ábrete Sésamo del humanoide contemporáneo.

A medida que nos «informatomorfoseamos», los robots se humanizan. Y nos seducen. Aunque parezca a mil años luz, Helliconia está a la vuelta de la esquina.

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