Todos somos Harvey

MI GENOMA Y YO

La galopante banalización de la información solo es la parte visible de un mundo carente de referencias a todas las escalas

ÁLVARO BERMEJO

Quienes lo ignorasen (mi caso) ya saben que debemos al filósofo inglés Roger Scruton la noción de ‘Oikofobia’. Un helenismo que define el rechazo al país natal y la voluntad de poner tierra por medio. Lo detecto entre no pocos de mis amigos, sobre todo cuando comentamos el estado de la nación tal y como nos lo cuentan las cadenas públicas y privadas de televisión. Rendidos al sensacionalismo tóxico, nos suministran un menú diario de tres platos que siempre se abre con una catástrofe -pongamos el huracán Harvey-, continua con un fileteado de carroña política, y se cierra con un postre de la casa bien salpimentado de violencia de género, muertos en las carreteras o aludes alpinos. Tanto da: la receta del éxito de nuestros chefs catódicos, todos tan progresistas, es una versión sangrante y licuante de El Caso -ese hit del franquismo concebido para lobotomizar a las masas-, donde las antenas litigan su cuota de share con los misiles norcoreanos.

Ayuda mucho, todo hay que decirlo, el apesebramiento de la ciudadanía. Si la clase política no sale de su jerga insufrible de frases hechas, gestos y más gestos hipersimbólicos y superemotivos, la tropa no le va a la zaga a la hora de manifestarse. Se hace bandera de lo que no se piensa. Se dice ‘No tinc por’ -no tengo miedo (mucho mejor: lo que no tienes tú es vergüenza)- cuando se vive el pleonasmo de la histeria. Se dice ‘Barcelona somos todos’ cuando, en realidad, lo único que somos es algo muy parecido a las víctimas del Harvey a su paso por Texas.

Emmanuel Lévinas hablaba del Síndrome del Superviviente. Intuimos que la galopante banalización de la información sólo es la parte visible de un mundo carente de referencias a todas las escalas. Lo que vale por decir que, muy civilizadamente, estamos a las puertas de la barbarie. Así es como la realidad va siendo suplantada por sus simulacros, por la estulticia programada, por el peluchismo ambiente. Nada que objetar. Lo que nos va es la ciclogénesis explosiva. Hacer del país una mascletá permanente, emborracharnos de ruido y furia, lanzarnos las identidades nacionales a la cabeza, revertir cualquier debate en un deporte de choque.

Aquí todos somos Harvey, un Harvey encantado de ser Harvey. El estruendo hace más evidente lo que necesitamos: una Casandra lanzadora de alertas. Ella anunció que los griegos tomarían Troya. Los troyanos prefirieron escuchar al caballo y así les fue. ¿Qué dirán los siglos venideros de nosotros, tristes cuadrúpedos amamantados con rebuznos?

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