¡Grande, Lezcano!

Velázquez le retrató tres veces al entrar en la Corte de Felipe IV al servicio de su primogénito

JUAN AGUIRRE

Toda fiesta popular de cierta entidad cuenta para regocijo de niños y mayores con monstruos de cartón piedra, los gigantes y cabezudos. La tradición tiene su origen, según parece, en las antiguas cortes donde la presencia de personas físicamente extravagantes, junto con bufones y locos, aseguraba la diversión de la realeza y de sus cortesanos. A los enanos mejor educados se les destinaba a acompañar, servir y entretener a los infantes.

Entre esos últimos, entre los enanos de corte, hay uno al que todo el mundo conoce gracias a que Diego Velázquez lo pintó, si bien pocos saben de su paisanaje en nuestra tierra. Se llamaba Francisco de Lezcano y respondía al apodo de 'El vizcaíno'. Dicen que, como buen vasco, era de palabra sucinta e inclinación taciturna, aunque cuando alguien le daba una moneda para que le vaticinara el porvenir con los naipes se avivarachaba y bien que se le soltaba la lengua.

Velázquez, quien conoció a Lezcano en la década de 1630 al entrar este en la corte de Felipe IV al servicio de su primogénito y heredero, Baltasar Carlos, le retrató tres veces. El primer cuadro es una suntuosa composición titulada precisamente 'El príncipe Baltasar Carlos con un enano' donde el niño, envestido con todos los atributos principescos, ocupa el centro de la tela; ante él, su compañero de juegos, en gracioso escorzo con sonajero en una mano y manzana en otra, rebaja la majestuosidad de la composición.

También irónicamente asoma su gruesa cabecita en 'El príncipe Baltasar Carlos en el picadero', agazapado tras la grupa del caballo regio señalando con el dedo hacia donde se halla el conde-duque de Olivares, quizá como premonición ante la inminente caída en desgracia del muy odiado valido.

Por último, Lezcanillo es el protagonista de uno de los más conocidos retratos de Velázquez: 'El niño de Vallecas', título inexplicable más allá del capricho de quien se lo puso en el siglo XIX. Según los entendidos, ningún otro enano velazqueño iguala a este por su tratamiento y profundidad psicológica. La pureza de la figura mediada por sus manos sosteniendo una baraja como atributo del echador de suertes, el colorido apagado y el marco grutesco acorde con el carácter introvertido del personaje, transpiran una dulce melancolía en un universo de infinita soledad.

Un doctor sabelotodo describió al protagonista del cuadro como a «un cretino oligofrénico de perruna fidelidad». Pero las hilachas biográficas que conocemos y su prestancia en el arte de Velázquez apuntan, muy al contrario, a un Francisco de Lezcano vivo, lúcido y chispeante. Un tipo pequeño tras el que se vislumbra una historia grande.

Fotos

Vídeos