gigantes

SANTIAGO AIZARNA

Temo estar en esa situación, un tanto inestable diría, de que cualquier palabra me conduzca, me lleve o me traslade a las páginas de algún libro, y bien sé por qué.

‘Saturación’, creo que pudiera llamarse a esa figura. Y la culpa de haberse fraguado en torno a mi persona tengo que descargarla, inevitablemente, en esa libroadicción aguda en la que tuve la desgracia de hundirme en la niñez y de la que nunca he sido capaz de salir. Y ahí sigo, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, no estoy tan seguro en cambio si idea a idea, que lo considero mucho más difícil. Y es que la memoria siempre es mucho más dominable que otra cosa alguna y es como un buen mechero de llama respingable a poco que se le tiente su clítoris mientras que la idea es mucho más pudorosa, algo como erizo que se encierra en sus herméticos dobleces. El caso es que me imagino ser como un pozo lleno de viejas aguas que, si las de arriba pudieran parecer cristalinas, las de abajo, en cambio, sean ya un tanto lodosas, tan espesas como las inventadas y patentadas por el científico Antonio Ibáñez de Alba (como leo esta mañana de lunes (28-08-2017), tan aquietadas como tan prietas que hasta se me hubieran solidificado. Así con esta palabra, ‘gigante’, con la que, en el leer de las crónicas periodísticas diarias, me encuentro.

En un lugar como éste en el que voy vegetando que nunca viviendo (porque ¡cómo llamar vivir a lo que solamente es ir más o menos lentamente muriendo!), la cosecha de gigantes y genios pudiera decirse que ofrece agostos opimos aun en los meses más entecos del año. Por coincidencia generacional (y las isobaras generacionales pocas veces mienten porque en memoria diáfana nos sirven como en platillo de comunión dorado o hasta en copón del ayer al hoy la rubicunda idolatría de hasta sus caras, estuve con ellos y me parecieron enanos. No porque yo fuera gigante y ellos enanos sino porque ellos y yo y todos más o menos eran y éramos y, dígase lo que se diga y afortunadamente, somos enanos. Así de claro si así se quisiera vernos como así somos aun si de mentiras fuera.

Trato de no citar en lo posible el término ‘gigante’. Ni en su sentido físico, ni en el químico, ni en el voluminoso ni en el ideológico. Y, mucho menos en el idiopático (que sí que lo considero como enfermizo pero no como derivado ni origen de otras enfermedades, aunque sus derivaciones…). Lo decía aquel Pepe de denotaciones como detonaciones una y otra vez; lo soltaba siempre que veía crecer la hierba por encima de lo que se consideraba usual, así como pelos y uñas… (¡Dios, cuánto y cuán rápido crecen las uñas, y cuánto cuesta cortarlas sobre todo cuando crece la barriga como freepik estallante tendiendo hacia el globo aerostático que sube y sube hacia los cielos mientras que la queratina se endurece cual bronce para domeñar ambiciones escultóricas!) Decía pues, el tal Pepe que: ‘el gigantismo es una enfermedad’ y se le notaba la pequeña grandeza de su frase como canto rodado que vuelta y vuelta va haciéndose cada vez más redondo, que sucede aquí en algo como en el episodio de aquel loco de Córdoba cervantino y el perro podenco del bonetero, que escarmentó el loco de su asidua costumbre de aplomar su losa de mármol sobre perro descuidado tras la somanta del amo del podenco lo que le hizo ver podencos todos los perros, una lección cervantina más en el prólogo a su segunda parte quijotesca.

Si lo considero desde el aspecto musical es palabra que me hace dar de refilón con la giga, que puede ser igual un instrumento que una marcha y, por supuesto, también algo conjuntado, instrumento y música en buena armonía para arrancar al hombre de su madre tierra (Anteo en vuelo mortal en los brazos de Heracles), que leo esa palabra, ‘gigante’, y me acuerdo, droga de libroadicto sin duda, de aquellos de aquel florentino, Papini (1881-1956), cuando recreó el personaje de Gog trasladándolo del país de Magog, un personaje apocalíptico también este nuevo, que escribe don Giovanni que «su verdadero nombre era Goggins, pero desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa», y nos revela que «había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre desconocido, pero seguramente de raza blanca»; que, «a los dieciséis años, embarcado como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido en varios puntos de California, a la ventura»; que, después de algunos años, no se sabe cómo, logró reunir algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago; que tenía el genio del business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en dinero se hizo enorme; que, al terminar la guerra era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir, del planeta; y que «en 1920 se retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones, unos aquí y otros allá, en todos los bancos del mundo» y, en ése su libro, les dedica Papini un capítulo a su ‘colección de gigantes’.

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