Garoña, el día después

El anunciado cierre de la nuclear debe abrir el proceso de transición energética, para pasar del actual mix energético a uno basado al 100% en las renovables

JUAN LÓPEZ DE URALDECOPORTAVOZ DE EQUO

El pasado martes 2 de agosto el ministro de Energía, Alberto Nadal, anunciaba el punto final a la historia ya demasiado larga de la central nuclear de Garoña. Inaugurada por Franco en 1971, la central cumplió los cuarenta años en 2011.

El primer amago de cierre lo realizó el Gobierno de Zapatero en 2009, pero se quedó a medio camino y en vez de decidir su clausura en 2011, al cumplir sus cuatro décadas, lo retrasó a 2013 permitiendo la situación que se ha dado posteriormente. Para entonces Rajoy y el PP ya habían hecho de la continuidad de Garoña un objetivo político de primer orden, incluyendo la visita del mismo Rajoy a la planta para anunciar que con un Gobierno del PP Garoña continuaría funcionando. A pesar del cambio de Ejecutivo en 2011, no duró mucho la nuclear: fue clausurada por decisión de la empresa propietaria, Nuclenor, en el año 2012, y desde entonces hemos asistido a un agónico proceso de discusión que terminó este martes con el anuncio de cierre de la central por parte del Gobierno.

Garoña ha sido el primer episodio de una batalla que no ha hecho más que comenzar: la del cierre del parque nuclear español. Con esa clausura de la central burgalesa se resquebraja el objetivo que tenía el Gobierno de Rajoy de crear un precedente para el resto de las nucleares una vez que superasen la edad de cuarenta años. El experimento le ha salido muy mal: no han conseguido alargar la vida de Garoña. El coste ha sido además demasiado alto, ya que en este proceso se ha comprometido la independencia del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), que elaboró un dictamen favorable a la continuidad de Garoña, pese a que Nuclenor no había cumplido sus condiciones iniciales.

A mi juicio, el Gobierno minusvaloró la intensidad de la oposición a la reapertura de Garoña, que se puso de manifiesto en varias votaciones saldadas con mayorías absolutas a favor del cierre en el Congreso. Ahora el precedente se ha creado, pero en sentido contrario: Garoña lleva parada desde que cumplió los cuarenta años, lo cual pone en marcha el reloj del apagón nuclear. El cierre nuclear se va a producir, y más vale que sea planificado, ordenado y organizado, estableciendo fechas concretas y objetivos de sustitución de la potencia que se vaya eliminando. No seguir en una huida hacia adelante manteniendo abiertas unas nucleares cada vez más viejas, que pueden darnos sorpresas desagradables y peligrosas.

Pero más allá del debate sobre el futuro de las nucleares, en Garoña hay una cuestión muy importante pendiente: el desmantelamiento de la planta, y el futuro de una comarca cuya actividad económica ha estado vinculada en las últimas décadas a la nuclear. Ambos casos son ejemplos negativos de la herencia que dejan las centrales. Por un lado, la gestión de una planta y unos residuos peligrosos de los que la sociedad tendrá que hacerse cargo; por otro, el monocultivo industrial que significa la energía nuclear, ya que allí donde hay nucleares ninguna empresa quiere ubicarse. En todo caso ni siquiera la actividad de la central frenó la despoblación de la zona, que ha pasado de 3.600 habitantes en los años 70, a unos 1.000 en la actualidad. No es de extrañar que sean los municipios ahora quienes quieran tomar la iniciativa ante el fracaso de anteriores planes de relanzamiento de la comarca.

Hasta ahora en Garoña todo el trabajo ha ido dirigido a su mantenimiento con vistas a la reapertura. La decisión de cierre supone un giro de 180 grados para el futuro de la planta, y exige empezar un nuevo proceso. A la clausura debe seguir el desmantelamiento. A partir de ahora la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (Enresa) debe presentar en primer lugar un Plan de Desmantelamiento, con Estudio de Impacto Ambiental, que a su vez requerirá del dictamen favorable del Consejo de Seguridad Nuclear antes de ponerse en marcha. Hasta que no se conozcan los detalles de ese plan será difícil responder a las preguntas que más se repiten estos días sobre el desmantelamiento de Garoña: cuánto tiempo tardará y cuál será el coste.

Una cuestión sí es clara: la seguridad de las personas y del medio ambiente deben ser la prioridad absoluta de este proceso en el que se estará trabajando con residuos altamente peligrosos, como el propio combustible nuclear gastado y otros residuos radiactivos de alta, media y baja actividad. Debemos también reclamar que los trabajos sean ágiles: que el proceso de desmontaje y limpieza sea lo más rápido posible para evitar que se alargue en el tiempo más de lo necesario. Sin duda, hay que seguir con atención lo que todavía queda por hacer en Garoña.

Por último, el anunciado cierre de la central debe abrir también el proceso de Transición Energética en nuestro país, para pasar del actual mix energético a uno que se base al 100% en las energías renovables. Estamos en el marco del Acuerdo de París contra el cambio climático, y obligados por tanto a compromisos de reducción de emisiones de gases contaminantes. Todo ello abre la puerta a un nuevo marco energético imprescindible. Ha llegado el momento de impulsar de una vez ese nuevo modelo energético sostenible tan necesario.

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