Frente al relativismo, radicalidad

Frente al relativismo, radicalidad
JOSÉ IBARROLA

JOSÉ MARÍA MUGURUZA ABOGADO

Creo que todos somos ya conscientes de que nos están cambiando el mundo, muy especialmente lo que llamamos el mundo occidental; y no me refiero precisamente al cambio climático sino a algo todavía más importante como somos nosotros mismos, las personas. Sin embargo, yo echo de menos un juicio de valor fundado sobre este cambio, si es para bien o para mal, por lo que me aventuraré a emitir una opinión que anticipo desfavorable, porque creo que vamos en dirección equivocada.

La diferencia entre el bien y el mal se difumina aceleradamente, así como la verdad va perdiendo su primacía sobre la mentira. La exaltación de derechos va desvaneciendo la idea de obligación, y así la vida va pasando a ser un bien disponible a través del aborto y la eutanasia y el matrimonio y la familia se sustituyen por uniones transitorias sin compromiso alguno. La sociedad manifiesta un desconcierto creciente y las instituciones públicas y privadas se llegan a desprestigiar cada vez más, llegando a poner en cuestión las naciones históricas. En definitiva, el desorden se extiende a modo de metástasis.

Esto es el relativismo, la dictadura del relativismo como denunciaba el Papa emérito Benedicto XVI. Un relativismo impulsado por un conglomerado de intereses económicos, políticos, intelectuales y mediáticos difícil de identificar, conocido bajo la denominación de Nuevo Orden Mundial, pero que se manifiesta con claridad en organizaciones internacionales, importantes medios de comunicación y destacados dirigentes políticos. Un relativismo que quiere sustituir la cultura tradicional de inspiración esencialmente cristiana que ha configurado las sociedades occidentales, por otra sin referencias permanentes de ninguna clase, destruyendo para ello pieza por pieza todos los principios y valores que constituían sus cimientos y estructura. Las personas quedamos a la deriva, privadas de la brújula que nos indicaba el norte, transmitiendo esta misma desorientación a todas nuestras actividades.

Si esto es así, es evidente la necesidad de resistir primero y acto seguido reaccionar. Soy el primero en reconocer que es muy fácil decir esto pero muy difícil llevarlo a la práctica, porque el enemigo es muy poderoso y por nuestra parte es preciso afrontar este combate arrancando casi de cero, puesto que la comodidad nos ha llevado a encontrarnos culturalmente inermes. Ante todo, es necesario que veamos con claridad la naturaleza del problema a que nos enfrentamos, y quienes convengamos en la descripción que de forma esquemática he dejado expuesta, convendremos también en que a esta infección de relativismo debemos responder, no con populismos extremistas, pero sí con radicalidad, en el sentido de su etimología latina, para defender y fortalecer nuestras raíces culturales de naturaleza cristiana, por la sencilla razón de que sin raíces no hay vida. No podemos dejarnos engañar por esas atractivas vestiduras de ampliación de libertades y comodidades que se nos ofrecen, pues con ello únicamente se persigue destruir la dignidad de la persona para convertirla en un robot de carne y hueso, fácilmente manipulable al servicio de intereses inconfesables, sino explicar claramente que la dignidad está en el desarrollo integral de la persona en todas sus dimensiones, personal, familiar, profesional y comunitaria.

Pero volvemos a encontrarnos con la dificultad de desarrollar una acción de esta naturaleza. Para ello, yo me permito recordar el 'Usted y yo' de Teresa de Calcuta, ya que todos tenemos que ser conscientes de que somos las personas quienes hacemos y cambiamos el mundo y determinamos de forma decisiva su funcionamiento. Cada uno de nosotros debes elegir y apoyar uno de los modelos enfrentados, bien el adecuado a nuestras raíces o bien el puramente relativista, para adaptar a él nuestros comportamientos en tanto en cuanto seamos capaces, así como servir de testimonio y motor de transmisión en nuestro entorno vital.

Es claro que si la actitud de las personas es el origen de la configuración de una sociedad, es preciso que ésta a su vez genere relaciones asociativas que sirvan de correa de transmisión de las ideas que queramos imprimir en su funcionamiento, mediante un proyecto claro y concreto que esté siempre por encima de cualquier clase de intereses personales o de grupo. Y es necesario, también, que nuestros dirigentes políticos y sociales asuman igualmente esta función, como personas que son, definiendo con claridad su modelo y explicándonos con la misma claridad si han optado por seguir la tradición de nuestras raíces o por el desorden relativista. Y por último, me permito rogar una presencia activa en este debate de la Iglesia Católica, pues no podemos olvidar que necesitamos de su magisterio moral, ya que aunque el modelo cultural que defendemos puede perfectamente ser asumido por personas sin creencias religiosas, sus raíces son esencialmente cristianas y nadie mejor que el magisterio de la Iglesia para ayudarnos.

Soy consciente de que el desarrollo de estas ideas necesita muchas personas y mucho trabajo, que será una tarea difícil y muchas veces ingrata y que hay que emprenderla sin más objetivo que la satisfacción que produce el cumplimiento de una obligación. Pero creo, también, que no podemos quedarnos en la comodidad de aceptar sin resistencia que nos cambien nuestra forma de ser y de vivir.

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