Frente a los nacionalismos, ni banaiz hemengoa

MIREN GORROTXATEGISENADORA DE PODEMOS

«… Y vosotros, al menos, sois de aquí, sois euskaldunes, pero, los otros… pues… ¡que se vayan al resto de las comunidades autónomas, a ver qué hacen!». Cuando Lander Ugartemendía decía ‘vosotros’ se estaba refiriendo a los representantes de Bildu en las Juntas Generales de Gipuzkoa. Los ‘otros’ eran los representantes de Podemos en la institución a los que acababa de marcar el terreno con un «en vuestro país bastante trabajo tenéis».

El debate en el Pleno no tenía nada que ver, en principio, con nosotros, vosotros o ellos; se debatía sobre la renta de garantía de ingresos para Euskadi, la RGI que el Gobierno Vasco está recortando al más puro estilo del Gobierno español. Pero a este juntero del PNV no se le ocurrió otra cosa que liberar lo primero que habían fabricado sus entrañas, eufóricas de desprecio, para aplastar con un sólo golpe de argumentario al adversario.

Casualidades de la vida, este chico es de Irun, es el presidente del PNV de Irun, la ciudad que celebró la fiesta de San Marcial hace poco, allí donde dos alardes separados, uno mixto y otro formado por hombres, se disputan la razón de ser. Resulta que fue precisamente en este contexto en el que el delegado del Gobierno (español), Javier de Andrés, mientras acompañaba en el balcón del ayuntamiento al alcalde de Irun, José Antonio Santano, para recibir al alarde ‘tradicional’, desató su propia perla: «…en el alarde mixto hay menos gente de Irun…».

Lo increíble de esta afirmación no es lo que se deduce del hecho de que el delegado del Gobierno no pueda conocer a los 60.000 habitantes de la ciudad para saber en qué desfile están o dejan de estar cada uno de ellos. Lo terrible es la ilegitimidad que estas palabras atribuyen a esos ciudadanos y ciudadanas de Irun que llevan decenios reclamando la normalización del alarde igualitario.

La coincidencia de estos representantes del PNV y del PP en el empleo de fórmulas de exclusión para expresar un desprecio inhabilitante a quien disiente de su imaginario social no es casual, en todo caso (hace no mucho tiempo se definía oficialmente a los españoles como católicos, ¡que se fastidiaran los demás!). Pero su coincidencia en un mismo plano de acción y la cercanía temporal de algunos conflictos sociales ha activado un pensamiento sobre identidad nacional y su formulación política, sobre el espacio de una ciudadanía multiforme, sobre las capas de identidades superpuestas y compatibles, sobre igualdad y diferencias, sobre unidad y diversidad.

Pienso en los estibadores y su batalla reciente por no perder la dignidad, o en las trabajadoras de las residencias, despojadas de y en lucha por ella: «si nos tocan a una, nos tocan a todas», el mismo lema de los estibadores, sean del puerto de Cádiz o de aquél del mismísimo Bilbao, que nos deja una presentación del nosotros bien distinta.

Pienso en mi yo, diplomada en ocho apellidos, con mi estructura emocional construída en euskera, visitando a mis hermanas navarras, tanto de la alta como de la baja, para tratar asuntos de familia… zazpiak bat.

Y pienso en ellos. ¿Cómo os atrevéis, Lander y Javier, a decir que no somos de aquí? Aunque, la verdad sea dicha, esa ocurrencia no sólo ha pasado por sus entrañas. Recuerdo lo que me dijo un dirigente del PNV hace poco: «ya volverás». Se refería a mi militancia en Podemos. En su composición nacionalista del nosotros no le cabía en la cabeza que yo pudiera estar ahí; como el cauce del río apartado por la ingeniería humana vuelve a su sitio, yo sólo podía, tarde o temprano, ‘volver’.

Volver de un campo de acción política concebido en clave estatal, en clave española. Como si eso fuera lo mismo que volver del himno de España (Marcha Real, se llama), de la bandera monárquica, de la unicidad nacional, del éxtasis taurino, la cato-laicidad o la paella del verano.

Pero, ¿y si ser vasca fuera una manera de ser española? No va a ser fácil. Los nacionalismos nos lo han puesto muy difícil, cuando han naturalizado su opción definitoria… ¿cómo podría una vasca, ser española, sin dejar de serlo? Pero no vayamos a conformarnos con esa naturaleza de las cosas. Ni mi ciudadanía, ni la de nadie, es natural; se construye, se ha construido, nos la han construido. En mi ciudadanía caben distintos niveles de identidad y todos apelan a un objetivo que mira a la sociedad en términos de inclusión y de igualitarismo. Ahí, donde está el objetivo, juega mi ciudadanía plural porque, no nos confundan, mi soberanía ciudadana no se dirime aquí o ahí, hementxe bertan o un poco más haruntzaxe, sino que juega siempre en el campo de quien nos la niega. A veces son autóctonos como las ovejas de Anboto, otras algo más exóticos.

No será fácil pero, como en tantas cosas, otra ciudadanía es posible y está esperando a que le demos sentido. Futuro, ¡allá vamos!

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