Fred

SANTIAGO AIZARNA

Pasados los Reyes Magos con sus camellos, su cabalgata y sus vistosos pajes perdiéndose en el horizonte de lluvias friolentas, estimamos como su mejor regalo, sin duda, el haberse ido llevándose el peso tontín del navidismo, sus villancicos como su sarta de celebraciones: la familias y la cocina, las vueltas y vueltas de la danboliña colgante sobre el fuego bajo de las argollas del llar como recuerdo mejor del tiempo ido, los brindis a la felicidad, las despedidas a un año vista, ¡Que incontinencia de avaros siempre insatisfechos! Antes de que los tales monarcas conectasen de nuevo con la estrella, uno hizo lo que siempre ha hecho tanto en momentos de tribulación como de bonanza: leer. O, si con mayor precisión quisiérase decir: viajar leyendo.

Pero ¿leer qué y para ir adónde? En esta ocasión, como tantas y tantas veces o siempre, al viejo tiempo, al que me traslada el libro de un amigo que tuvo la desafortunada suerte de que le nacieran diez años después de mi arribada a esta tenebrosa isla (y no estoy refiriéndome solamente, aunque también, a nuestra preclara, suntuosa, inefable Santa Clara, que se dice de ella, que se ha convertido en preciada conquista colonial por sesgos supuestamente artísticos que arrecian frecuentemente por aquí con aires tan montaraces).

En esta ocasión, en el libro en cuestión escogido entre la barahúnda de volúmenes que hacen nacer también por estas fechas anualmente, se habla de un tiempo y panoramas y paisaje 'de luz escasa y grisalla', que así lo proclama textualmente el mismo decir autoral, que, si antes hubo, como todos sabemos un autor que trató el tema del 'Tiempo de silencio', entre autores anda el juego (diría yo recurriendo, como casi siempre, a la elíptica ayuda ventajista de las citas pretéritas que, en este caso se refieren a Rojas Zorrilla y a su comedia 'Entre bobos anda el juego', o 'Lucas del Cigarral', del que tuve que dar cuenta hace no menos que setenta años en el entonces llamado 'Examen de Estado' o 'Reválida de Bachillerato' en Valladolid.

Pero al margen de estas coincidencias, y entre muy atinadas observaciones, llevado supongo por la inquina insuperable que nos produjeron tantos bodrios de cintas musicales, me llama la atención que se califique de 'horrorosas cintas de Fred Astaire' las que protagonizó ese ínclito, soberbio, insuperable bailarín, no solo entre la morralla del Hollywood mítico y glamuroso de sus mejores tiempos sino también en el conjunto del Baile Mundial.

Los que nacimos con 'dos pies izquierdos' (terminología esta última puramente vudjausiana (P.G. Wodehouse) y que pertenece al baúl de las herramientas con las que, como la más hábil tricotista, urdía, tejía y hasta le salían bordadas obras de tan afelpado amor y de gozo espurio entre la sorna y el lloro cualesquiera texto al gran humorista británico) es decir los de los pies que se nos traban con cualquier musiquilla y dan con nuestra persona en la rechifla general si al valsear valsando o tangueando tangazos, etc, etc, podemos sentir, también, aunque en muy distintos y distantes plenilunios la admiración por algún bailarín tan leve, grácil y volador como un Nijinski que dícese que perdió la cabeza en las alturas.

O un Nureyev que, nárrase igualmente, pertenecía a la misma familia de planeadores a lo Juan Salvador Gaviota de Bach (Richard) o al corvo pico de halcón peregrino en fuga de Johann Sebastian, en vuelo los dos hacia 'horizontes lejanos', lo que, citando que he citado ahora un título cinematográfico, hace que asuma el protagonismo de salir a rescatar a la figura de ese inconsútil (que lo digo así porque ése su vuelo carece de costuras y costurones y parece como tejido en alas de sedalina al menos por tan suaves) bailarín llamado Fred Astaire, que era como la revelación cigomática, es decir, la cara (siempre sonriente como por ganador entre la contienda de la facilidad y la felicidad del vuelo, la sonoridad de su andar entre estrellas no solo de cine sino también de ambiente y de cielos (que también de celos), el don de procedencia ignota que se despeña ante la música y el ritmo, la volanda que nunca se quiebra como por alas de mariposa, todo en manera tan tenue como maravillosa, que puede que, por momentos pareciera como araña zanquilarga que viene volando no se sabe ni de dónde ni a dónde, («a la vela-vela/ vela van» que cantan niños y niñas en la atardecida en el parque ya soñando en sombras), la araña que se posa en los muebles y se zambulle en los nódulos del aire gracias a su seda anal y jugando (él, ella), a ser araña o Spiderman.

O, como la gaviota, señeros sus vuelos sobre mares estremecidos o en calma, dueña ella siempre en sus airosos dominios y dejando estelas de belleza por donde su volar pasare; un reto a espadachín si se quiere o a navaja desnuda entre gañanes o judokas a las leyes de la gravedad que se dirimen entre físicos de pro allá por donde los agujeros negros se tragan o expelen estrellas; o, partidas de ajedrez entre Planck y Einstein, teoría sobre teoría, etc, etc., que todo eso, con sólo decir Fred, ya está todo dicho.

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