Tú a Flandes, yo a Quebec

Nuestro nacionalismo es así. No acaba de convencerse de que su situación es la más privilegiada de todas las posibles en las que se encuentran las naciones sin Estado en toda Europa

Tú a Flandes, yo a Quebec
PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADOProfesor de Historia del Pensamiento Político de la UPV-EHU

Antes de entrar en materia, y puesto que voy a tratar sobre los nacionalismos que operan en el Estado español, como se puede deducir por el título, voy a ocuparme de una cuestión previa, de orden casi diría yo metodológico, y es la de por qué Andoni Ortuzar, contra toda evidencia europea y mundial, sostiene que en Cataluña no ha habido DUI, y eso que en la propuesta del Parlament del 27 de octubre se dice expresamente que «constituimos la República catalana como Estado independiente y soberano». Según el presidente del EBB lo que ahí se dio -palabras textuales- fue «el inicio de un proceso constituyente para el que todavía no se ha definido el sujeto político real».

Lo obvio es que los catalanes, por una malhadada deriva -donde entra la reforma del Estatut pero también la crisis y los recortes- y haciendo caso omiso de las reglas más elementales del nacionalismo moderado, se dispusieron a declarar una DUI sin tener nada previsto para ello. Ni tan siquiera tenían ganada la principal capital catalana, ni los principales núcleos de población del cinturón de Barcelona. De qué sirven quinientos alcaldes de municipios pequeños acudiendo al Parlament con su vara de mando: puro folklore. Por no hablar de los diputados ocultando su voto, anunciando así que la DUI solo podía significar la persecución del Estado desafiado.

Mi hipótesis es que Ortuzar, negando la DUI, lo que pretende es intentar tapar el desprestigio para el nacionalismo en su conjunto. Lo mismo que intentó Urkullu ofreciéndose para mediar y poder convencer a Puigdemont de que convocara elecciones autonómicas. Porque no sé si habrán reparado en ello, pero una de las consecuencias que está teniendo todo esto de Cataluña es que el PNV se ha quedado ya como el único referente serio, consecuente y moviéndose por donde pisa el buey, que se dice, del espectro nacionalista patrio. Qué diferencia de viaje entre el de Puigdemont a Flandes y el de Urkullu a Quebec. Qué diferentes propósitos. Uno para escapar de la justicia española y el otro para buscar argumentos con los que aquilatar su vía bilateral y pactista.

Pero, por otro lado, qué revelador en ambos casos el destino elegido. Porque lo verdaderamente llamativo de este periplo viajero de nuestros nacionalistas -el breve de Urkullu y el que todavía nos tiene que deparar muchas sorpresas de Puigdemont- es la escala de valores que ha dejado al descubierto. Y es que, veamos, si defender la lengua propia frente al riesgo de consunción es el pilar fundamental de su proyecto cultural, ya tiene gracia que Urkullu se haya ido a Quebec para estudiar cómo protegen allí al francés, una lengua con la que los colonos galos arrasaron a unas poblaciones nativas que hoy o no existen o están reducidas a reservas. Pero oye, esto es lo mismo que ocurre en Iparralde, sin ir más lejos, donde el euskera está completamente marginado de la vida oficial precisamente en beneficio del francés. Entonces, ¿qué es lo que más se valora de Quebec? Está claro que es el hecho mismo de ser políticamente nacionalistas. Se valora eso primero y, a partir de ahí, que sea el francés o el euskera la lengua defendida queda en segundo lugar. ¿Me equivoco? ¿O es que no se ve ninguna contradicción en congeniar con los que defienden en Quebec una lengua con la que se oprime -según su ideología, que no la mía- al euskera en Iparralde?

Y qué decir de Puigdemont y su viaje a Flandes. Una región autónoma que constituye la mitad de Bélgica pero que se extiende un poco también a Francia -donde hay 100.000 hablantes de neerlandés sin derechos lingüísticos- y a Holanda. Pero sobre todo donde los partidos dominantes son o de derecha o de extrema derecha xenófoba. De hecho, el grueso del gobierno salido de las últimas elecciones generales de 2014 está integrado por la Nueva Alianza Flamenca de extrema derecha -el más votado de toda Bélgica, con 33 escaños de 150, con Theo Francken, el que dio la bienvenida a Puigdemont-, y por el partido cristiano-demócrata flamenco, con 18 escaños, integrado en el Partido Popular europeo. Queda así postergado, a los ojos del nacionalismo catalán, no ya el hecho diferencial como vimos antes, sino la posición en el espectro ideológico de los nacionalistas flamencos: que sean de extrema derecha xenófoba se da por bueno si son independentistas.

De modo que en España el 155 es el yuyu recentralizador que paraliza cualquier negociación presupuestaria en marcha, porque nos gobierna la derecha más rancia de Europa, pero luego acudimos a aprender de quien defiende una lengua que niega los derechos a todas las demás, o a refugiarnos entre quienes han demostrado su afecto por los nazis. Y es que nuestro nacionalismo es así. No acaba de convencerse de que su situación es la más privilegiada de todas las posibles en las que se encuentran las naciones sin Estado en toda Europa y aun en todo el mundo occidental: son los demás los que tendrían que venir aquí a copiar el modelo. Y por supuesto nunca pensarán que ello se explica principalmente por darse en un Estado como España, cuyo índice de identidad nacional unitaria es extraordinariamente bajo si lo comparamos con el de Francia, Alemania, Reino Unido y qué decir de Estados Unidos.

Por el contrario, dan por irreversible y merecida la situación privilegiada conseguida, pero a la vez son capaces de arriesgarla a nada que se soliviante su invencible insatisfacción por no tener el ansiado Estado propio. Cuando menos curioso, ¿no?

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