Filosofía para vascos y catalanes

Aún deberíamos estar a tiempo para enfriar las pasiones y evaluar cuánto podemos perder todos si nos dejamos llevar por los cantos de sirena de los 'agravios inaceptables'

VICENTE CARRIÓN ARREGUIProfesor de filosofía

Pese al dolor, resulta aleccionador comprobar cómo el fanatismo y la visceralidad no son cosa del pasado sino que acechan a los seres humanos incluso en sociedades tan avanzadas como la norteamericana, la británica, la vasca o la catalana. Banderas convertidas en arietes, amores patrios que fermentan odios, ideologías que nos obligan a despreciar al vecino, al amigo, al hermano.

A quienes hemos padecido de cerca el delirio etarra en el País Vasco tal vez no nos sorprenda tanto hasta dónde se puede llegar: planes de todo tipo cancelados por las broncas en la calle, amigos que dejan de reunirse, sobremesas furibundas, silencios espesos, miradas torvas, niños rechazados por llevar la camiseta de la selección española, policías que lavan sus uniformes a escondidas, amenazas telefónicas anónimas, gente que se muda a hurtadillas, profesores que reprochan a los niños por lo que hacen sus padres, en fin, para qué seguir. Si los políticos escenifican el drama del desencuentro, las verdaderas tragedias se viven en cada casa, en la impotencia de entenderse con los seres queridos, en la soledad del insomnio, en el sentimiento de irrealidad cuando se resquebraja lo que parecía estable y rutinario. Y eso que todavía no hay tiros. Precisamente porque nada es irreparable salvo la muerte, aún deberíamos estar a tiempo para enfriar las pasiones y evaluar cuánto podemos perder todos si nos dejamos llevar por los cantos de sirena de los ‘agravios inaceptables’ y de los ‘y tú más’ más propios del patio escolar.

Es verdad que lo del 1-O fue un exceso y cuesta digerirlo. Tanto para quienes se dolían del desprecio a la legalidad vigente como para quienes padecían las cargas policiales en carne propia o ajena. Niños utilizados como escudos, escuelas profanadas, ancianos zarandeados, policías acosados, policías abrazados por incumplir sus obligaciones… Emoción a flor de piel, paroxismos desmedidos que a todos agravian por razones contrarias.

Sin poner en duda que la causa de tanto despropósito radica en las reiteradas ilegalidades propiciadas por la Generalitat, también hay que decir que son muchos los catalanes que desafían la legalidad vigente porque cuestionan su legitimidad, es decir, porque creen tener razones poderosas para desobedecer y resistirse a las órdenes que consideran injustas. No hacen bien ni Rajoy ni el Rey ignorando dicha noción de legitimidad, un concepto a caballo entre el Derecho y la Ética, entre la razón y el corazón que, aunque en rigor no justifica el cumplimiento de la ley, ayuda a entender su desafecto y, en ocasiones, su rechazo. Cierto que no estamos en la India colonial de Gandhi ni el apartheid sudafricano de Mandela sino en un Estado democrático de derecho pero para entender la diferencia conviene enfriar los sentimientos y razonar un poco.

El sentido de pertenencia al grupo -llámese tribu, patria, manada o comunidad, según el acento deseado- es consustancial a la evolución humana porque nos ayuda a comprender que somos quienes somos gracias a los demás pero eso sí, y como pasa con los nacionalismos, a riesgo de confundir el aprecio de lo propio con el desprecio de lo ajeno. Pero, por indeseables que nos parezcan, nada conseguiremos negando las cargas afectivas que explican el alineamiento con uno u otro bando en los momentos de fractura como el 1-O: solo reconociéndolas podremos alcanzar una solución consensuada, un equilibrio entre las legalidades y las legitimidades implicadas.

Se supone que de todo esto se trata en Educación en Valores Éticos, esa asignatura de relleno con la que se atiende a quienes no cursan la religión católica que la LOMCE ha impuesto en nuestro sistema educativo. También en las extintas ‘Educación para la Ciudadanía’ y ‘Educación Ético-Cívica’, de 2º y 4º de la ESO respectivamente, así como en la devaluada ‘Historia de la Filosofía’ de 2º de Bachillerato, se intentaba que nuestros jóvenes reflexionaran sobre la convivencia, las reglas del juego democrático, la organización del Estado y tantas otras cuestiones que han quedado esquinadas porque nuestros gestores deben considerarlas obsoletas. Pero la realidad es tenaz y se ocupa de actualizar cíclicamente a los ancianos filósofos.

Si no, que le pregunten a Puigdemont por qué Platón consideraba que la prudencia ha de ser la virtud principal de los gobernantes que aspiran a gestionar la polis con sabiduría. Tampoco han perdido actualidad las palabras de Kant en su famoso artículo sobre la Ilustración cuando afirma que mediante las revoluciones podemos conseguir sustituir a unos gobernantes por otros pero para que se produzca una verdadera reforma en la manera de pensar hace falta mucho tiempo y paciencia porque los cambios sociales verdaderos son lentos. Si prestáramos un poco más de atención a la filosofía también comprenderíamos por qué los taoístas afirman que el camino más corto es el más largo. En el caso actual, los verdaderamente ‘indepes’ serían así más cautos y sosegados a la hora de convencernos de las bondades de su objetivo de un modo amable, consensuado y democrático, respetando las mayorías y las minorías y evitando a costa lo que ahora mismo hacen: romper la convivencia.

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