Feminismo y sentido común

Feminismo y sentido común
JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN
NAGUA ALBADiputada de Unidos Podemos y exsecretaria general de Podemos Euskadi

Hace unos meses, en una mesa redonda sobre política y feminismo, tuve un pequeño desencuentro con una de las mujeres que me acompañaba en el debate a raíz de una pregunta que se hizo desde el público. Una chica joven nos pidió nuestra opinión sobre la música, series, programas de televisión etc. con contenidos machistas –desde las películas Disney que veíamos de pequeñas al reguetón que escuchamos en cualquier bar un sábado por la noche–, mi compañera de debate reaccionó al instante, criticó muy duramente todos aquellos productos culturales que nos inculcaban machismo desde nuestra más temprana infancia –crítica que no puedo más que suscribir y compartir–, para acto seguido continuar criticando también a todas aquellas personas que los consumen: ella no escuchaba más que música feminista y no permitía a su hijo ver ningún tipo de película o dibujo animado que no estuviera creado con perspectiva de género, y quienes lo hacían, eran "cómplices" del sistema patriarcal.

Durante unos segundos me sentí culpable, mi película favorita de pequeña era Blancanieves –donde por cierto, siete hombres bastante desagradables esclavizan a una mujer a la que obligan a limpiar la casa y a cocinar, y posteriormente es secuestrada por un desconocido que la arranca de su mundo para llevársela a su palacio– y me he pasado el verano tarareando "despacito" –cuyo protagonista es más bien insistente, y me atrevería a decir que roza el acoso–. Pero luego pensé que era una tontería, ni busco un príncipe azul por culpa de Blancanieves, ni si Fonsi se intentara restregar contra mí en un bar se lo permitiría, porque soy feminista, y eso me ha enseñado a ser libre, independiente y a defenderme.

Pero entonces sentí miedo, miedo a que esa chica, muy joven, que probablemente estaba descubriendo el feminismo, lo entendiera como algo que la culpabilizaba y coartaba, algo que prohibía. Y como feminista jamás prohibiría a otra mujer hacer lo que quisiera –bastante nos han prohibido ya a lo largo de la historia–.

Yo, al igual que mi compañera de debate, soy feminista y el machismo me enfada y me hace gruñir, me enfada muchísimo pensar que en pleno siglo XXI seguimos viendo imágenes como las de Juan y Medio en televisión, que miles de mujeres hayan callado situaciones de acoso durante años mientras sus agresores permanecían impunes, que se sigan asesinando cientos de mujeres al año a manos de machistas, que por el simple hecho de ser mujeres estemos condenadas a que nuestro día a día sea más hostil, que sea también más duro, más violento y más difícil.

Y jamás dejaré de enfadarme y protestar por todo ello. Pero hay algo que odio aún más, y es que haya mujeres que no sepan que esto no debería ser así, y por tanto no tengan herramientas para defenderse. Acceder a ellas es lo que más me importa.

Quienes ya somos feministas tenemos también el deber de explicar a las mujeres que lo que sufren no es justo, no debería ser normal y se llama machismo, y a los hombres, que pueden no oprimirnos.

Y esas mujeres y esos hombres ven la televisión, escuchan reguetón y se han criado con Disney. Quienes queremos cambiar las cosas, sea u todo, jugamos en el terreno del sentido común, es ahí donde está la batalla. Y si queremos que ese sentido común sea cada día más feminista, tendremos que hacer feminismo donde esté el sentido común, para cambiarlo, para arrastrarlo, para construir uno nuevo a partir del que existe. Solo tenemos dos opciones: gruñir y espantarlas, o convencerlas de que su vida, la de todos y todas, es mejor con feminismo.

Puede que cuando sea madre no me gusten las películas o series que mis hijos o hijas consuman, estoy segura de que preferiré a Peppa Pig –cuya madre trabaja en el ordenador mientras su padre cocina– o a las princesas de Frozen –que saben que no hay amor más verdadero que el que siente una hermana por la otra, y que los príncipes azules no tienen por qué ser para toda la vida–. Pero si eligen ver otra cosa, no se lo prohibiré, me sentaré a su lado y les explicaré que se puede ser mujer –u hombre– de otra manera, sin oprimir ni ser oprimida.

Una política feminista tiene que ser ambiciosa, pero tiene también que ser verosímil. Y no podremos cambiar el sentido común si no partimos de él, si no hacemos feminismo desde donde la gente disfruta, piensa y siente el mundo.

Sería un error terrible regalar al machismo, precisamente, esos espacios que nos permiten dirigirnos a la mayoría de las mujeres y hombres.

Peleemos también en su terreno.

Gracias a todas esas mujeres que pelearon, que protestaron, que gruñeron, ahora tenemos la oportunidad de acceder a muchas más, no la desaprovechemos.

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