La fe divinizada

SANTIAGO AIZARNA

Pocas cosas tan estimulantes como la fe para ir dando brazadas por la vida que es una de las dos señoras de negro que se diría que son como ángelas de guarda que tan sórdidas me parecen que nos fueron asignadas a pie de cuna. La fe, en efecto, la una de esas dos damas a la que el Astete colocaba en la lista de las virtudes teologales junto con la esperanza y la caridad. Esa misma fe, sin duda, que es como una factoría de fabricación de fanáticos o idólatras, que me parece que me son sinónimos.

Se ha escrito tanto de la fe divinizada y en su rama religiosa que mejor será pasar página. Pero es que esa divinización no solamente es posible darse en ese estadio religioso sino igualmente en todas las pistas, tan valladas, de la vida, tanto monta en la realmente vivida como en la soñada. ¡Ah, el sueño, qué gran ocasión para nunca perdérnosla!

A la anochecida, más o menos como en aquella viejísima costumbre de arrodillarnos sobre la sábana y dirigir nuestras preces a ‘Jesusito de mi vida, eres niño como yo’, alargo ahora el brazo de venas tan salientes y bíceps de carnes tan colgantes ya sin bola, y alcanzo cualquier libro del abultado anaquel sabiendo positivamente que fastidio fabulosas reuniones de ácaros.

Hay noches como ésta en las que los dioses se me muestran más que propicios y me tienen reservadas memorias antañonas que me crujen como masticadas fruentes y es que se me invita a la lectura de un fragmento de Diario escrito el 27 de junio de 1924 por un personaje nacido el 29 de octubre de 1897 en el Rhur, en Rheydt, en una familia cuyo padre Friedrich Goebbels, ‘era un católico profundamente piadoso’ y quiso verle vestir la sotana de sacerdote católico a su hijo Joseph (que es de éste de quien seguiremos hablando aquí y nada de sus otros cuatro hermanos) esperanza no confirmada para este padre, puesto que ése su hijo Joseph, se inició en estudios de Literatura en la Universidad de Bonn, un personaje que luego dio mucho de qué hablar, como de todos es sabido, y porque su logorrea, tan sabida igualmente, traspasó los ámbitos aéreos de lengua y saliva y se adhirió, no sé si como estampación o palimpsesto que miles de años dure, al papel que, para documentaciones (y así también para ésta) se quisiera que mil y miles de años durase que así fuera según algunos pensamos el panteón innúmero de tantas palabras y frases como en siglos y eras se han ido vertiendo.

Lo cierto es que así puede ser, por lo tanto, con episodio que se renueva cómo, una vez más, ‘del poco dormir y del mucho leer’ pudo secárseme el cerebro’; cerebración y celebración dándose la mano como buenos condiscípulos en las gramáticas de ayer y hoy y dar por verdadero y cierto lo que no fue otra cosa que invención y mentira, que así, por no se sabe qué disposición, qué casualidad, qué grito feroz por voracidad de alimaña que nos haya mordido en las entretelas del ser, alargo esa mano antedicha y me encuentro, cara o cruz, con el Diario de un logorreico Joseph Goebbels que hasta uno piensa que bien pudo escribirlo revestido con esa sotana por su padre para él soñada en una confesión totalizadora de su propósito de ser «más simple en el pensamiento, más grande en el amor, más confiado en la esperanza, más fervoroso en la fe y más humilde en la palabra», que nos sigue diciendo el prologuista de este Diario, Rolf Hochhut, que esa confesión ‘termina el 6 de octubre del mismo año con esta afirmación: «Debemos buscar a Dios, para eso estamos en el mundo», a lo que Hochhut, como nos pudiera ocurrir a todos de contar con talante y contoneo suficiente, pone rehiletes o no sé bien si se apresta a la puntilla y sigue escribiendo que ‘Como literato, Goebbels es un talento pubescente de talante lírico-subjetivo, preocupado únicamente por sí mismo y por Dios y que se desentiende de los problemas colectivos de su época, como la lucha de clases, las consecuencias de la guerra, las dificultades económicas, la Historia, la Naturaleza o el amor de otra persona, hombre o mujer’ y, declinando ya, en estudio de personalidad a que, cómo puede escribir : «Más fervoroso en la fe»: un académico laico que siendo ya mayor vivió la Primera Guerra Mundial y la ocupación de Renania por los vencedores; un estudiante que se niega a hacerse sacerdote, a pesar de que con ello sus padres se verían aliviados de la carga de pagar cincuenta marcos mensuales para ayudar a costear sus estudios; un doctor en Filosofía que admiraba a su profesor Gundolf, judío, más que a todos los demás catedráticos y que prosperó al lado de otro judío de nombre ilustre; un demagogo nato que en la Guerra Mundial de Hitler divierte a Robert Neumann, escritor satírico judío prohibido por él y que, entre sus íntimos, cita al racionalista Erich Kästner; un periodista de ingenio, aunque incapaz de reírse de sí mismo ¿cómo puede una persona semejante, a los veintisiete años, prometer solemnemente en un Diario íntimo ser «más fervoroso en la fe. ¿En quién o en qué pretende creer?’»

La respuesta, en todo caso, es fácil: basta con saber qué dios escogió.

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