Excrecencias

SANTIAGO AIZARNA

Hasta la República contaba con su banda o franja morada en su bandera, que me parece estar viéndola flamear desde el astil de la escuela de párvulos del barrio, que traspasada ya su puerta y ya sentado ante el pupitre, notaba que me entraba bajo la mirada, un tanto en babia, de los ojos de aquella fotografía de un hombre que, como se dice de Cicerón y la verruga de su nariz, también se veían muy destacadas excrecencias en su rostro por lo que, no fue nada de extrañar cuando supe que le llamaban también ‘el Verrugas’, aunque parece que no las tuvo ni en la lengua -tan afilada como atildada en su oratoria-, ni tampoco en sus neuronas como se puede dar cuenta cualquiera leyendo alguno de sus libros.

Un anticipo pues, del color morado, que se me hizo presente alguno de esos días de la semana pasada cuando junto con la batalla popular por la igualdad en los sexos y su lucimiento de colores morados que recuerdo yo que, en un tiempo pasado estuvo de moda hasta sustituyendo a las corbatas, también recordé, con cierta tristeza puesto que coincidió con la lectura de una esquela de un prócer amigo donostiarra, José Luis Munoa, que entre él y yo (él como promotor de una serie de conferencias como presidente de la Asociación Artística donostiarra y yo como conferenciante del tema ‘Pío Baroja y San Sebastián’, conseguimos que dicha Asociación Artística fuera cerrada por orden gubernativa y fuimos obligados a explicar nuestra actuación en tal ocasión. La relación entre el morado de la bandera republicana y el fallecimiento de este gran amigo, cuyo matinal paseo por el puente de Santa Catalina será difícil que se me olvide a no ser por malas artes del Alzheimer, tiene que ver con el hecho de que José Luis era virtualmente el hombre más entrañado en el republicanismo, del que hacía gala en los numerosos encuentros que tuvimos; un hombre, José Luis, de una desbordante cultura y generosidad en transmitirla, organizador de eventos importantes como sus Congresos y desde la presidencia de los rotarios, al que, también, inmerecidamente, me invito a pertenecer. ¡Descanse en paz!

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Pero en hablando del color morado (y de sus excrecencias, por supuesto), como hornacinas de los santos en las iglesias en tiempos de Cuaresma ya tan próxima en su expresión anual, la adhesión a una tonalidad como la morada me puede originar una serie de direcciones igualable a la rosa de los vientos, y como en forma hasta de triunfos que se insertan en la historia como grandes hitos, que en esta rueda pudieran entrar los relativos a la procedencia del nombre, de neta raíz frutal, que si la mención comienza con la mora, la consulta con el eximio J. Corominas nos puede llevar hasta las mismas estribaciones del ‘morapio’, ese líquido peleón que, de venderse en viejos tiempos al menos en botella, ahora ya pasó, hace ya muchos años, las lindes del tetrabrik (palabra ésta que, a su vez, penetró en terrenos del diccionario de la RAE). Acaso es que, con concisión admirable, vamos pidiendo demasiada memoria a citas tan breves. Por lo demás y, en cuanto a ese color, hay tanto de que hablar que no tengo espacio suficiente para ello, como le debió ocurrir, supongo, a la eximia escritora londinense Virginia Woolf que un día, dice ella misma, que recibió una carta y de lo que, con ella, hizo, es decir demorar la contestación de una carta durante tres años es demorarla mucho tiempo, y su carta no ha sido contestada durante más tiempo aún. Tenía esperanzas de que se contestara por sí misma, o de que otras personas la contestaran por mí. Sin embargo, ahí está la carta con su interrogante -¿cómo podemos evitar la guerra, en su opinión?- sin contestación aún.

Ciertamente, son muchas las respuestas esbozadas, pero ni una de ellas está exenta de la necesidad de explicarla, y las explicaciones consumen tiempo. Además, en este caso concreto concurren razones en cuyos méritos resulta especialmente difícil evitar las interpretaciones erróneas. Podría llenar una página entera con excusas y disculpas; declaraciones de escasa preparación, incompetencia, falta de experiencia y falta de conocimientos. Y sería verdad. Pero incluso en el momento de expresar lo anterior se plantearían unas dificultades fundamentales que quizás usted no podría comprenderlas, ni yo explicarlas. Pero nos desagrada dejar sin contestación una carta tan notable como la suya, una carta que quizá sea única en la historia dé la humana correspondencia, ya que, ¿cuándo se ha dado el caso, anteriormente, de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra? En consecuencia, hagamos un esfuerzo para contestarla, incluso si está condenado al fracaso’.

Dicho lo cual, el lector de su conocida obra ‘Tres guineas’, podrá cerciorarse de cómo, a la manera de otras muchas ciudadanas del mundo que se esforzaron en defender una postura de la equidad entre sexos (y hasta sesos), también Virginia lo hizo de manera tan suya pero de tanta efectividad o más seguramente como la abordada por la mítica Lisistrata (411 a. C.), con la creativa capacidad, por supuesto, del genio tan superior y de mezcla de comediógrafo e historiador del gran Aristófanes (444 a. C.-385 a. C.).

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