Cómo evitar la putrefacción del conflicto catalán

Se necesita tiempo para que unos asuman que la independencia exprés ha fracasado, que otros entiendan que no hay solución en la humillación de una parte y que todos entendamos que hay que abrir resquicios para pactar los desacuerdos

Cómo evitar la putrefacción del conflicto catalán
JOAN COSCUBIELAExdiputado de Catalunya Sí que es Pot

He de confesar que cada vez me cuesta más escribir sobre el ‘conflicto catalán’ que siempre ha sido un conflicto español, aunque algunos se empeñen en no querer verlo. Quizás sea porque quedé agotado con el parto de mi libro, ‘Empantanados’. Quizás porque me cuesta decir algo nuevo que no esté dicho ya mil veces. Aunque la repetición de argumentos no sea garantía de diálogo o entendimiento. Quizás porque los hechos confirman mis peores presagios. Y las aguas no solo no se están desempantanando, sino que muestran signos de putrefacción. Quizás porque estoy perplejo ante la obstinación de los irresponsables que hay a babor y estribor. Quizás porque me siento agotado de describir una realidad que me rompe el corazón y me produce un profundo desasosiego. Quizás porque necesito explicar que estamos saliendo del empantanamiento y la realidad no me lo permite.

Escribo bajo el impacto de unos días intensos en hechos relevantes. Las elecciones a los órganos de la Asamblea Nacional Catalana han dado la victoria a las posiciones más inflexibles que proponen continuar radicalizando discursos y acciones. Tal como dejé constancia en ‘Empantanados’ se corre el riesgo de que la frustración por el colapso de una estrategia suicida y frustrada evolucione hacia la consolidación de discursos ultranacionalistas y xenófobos practicados desde la ortodoxia ultraliberal en lo económico.

Al mismo tiempo, una nueva manifestación de Sociedad Civil Catalana recorría las calles de Barcelona. Y en medio de llamadas al ‘seny’ se escucharon proclamas dirigidas a profundizar en el encarcelamiento de dirigentes independentistas como respuesta. En algunos de estos sectores parece consolidarse la idea de que la solución está en la victoria de unos y la derrota de otros. La sociedad española da síntomas de estar avanzando peligrosamente hacia el abismo de un populismo punitivo.

Los ecos que llegan de la política no son mejores. A la pugna insomne en el espacio nacionalista catalán entre convergentes y republicanos que dura desde 2003 –aunque podemos encontrar evidencias de que ya existía en la primera parte del siglo XX– se le suma ahora la batalla entre el PP y Ciudadanos para ver quien capitaliza mejor las posiciones de dureza e intransigencia. Como sucede en este tipo de conflictos binarios, donde prima el todo o la nada y las emociones engullen la razón, cuando se desbocan y llegan a un callejón sin salida, terminan reforzando las posiciones más intransigentes de uno y otro bando. Afortunadamente aún hay mucha gente en el movimiento independentista, también entre los que se oponen, entre los llamados «equidistantes» y en toda la sociedad, que tiene claro la necesidad de dar prioridad a la recuperación de la convivencia y a la búsqueda de entendimiento. Pero ese cambio de tendencia que nos permita pasar del enconamiento al diálogo aún no se ha producido.

En paralelo el fin de semana me ha deparado alguna alegría. En la manifestación de Barcelona en defensa del sistema público de seguridad social y a favor de la revalorización de las pensiones me encontré a muchos y viejos militantes sindicales y políticos de la izquierda de siempre. Hijos de la industrialización como confirma su disciplina horaria. Acostumbrados a comenzar puntualmente su jornada al sonido de la sirena de la fábrica, la manifestación comenzó a caminar a las 11.00 en punto. Como si temieran que el retraso en el inicio fuera computado como falta de puntualidad y castigado con una sanción. Vi mucha dignidad en defensa de empleo digno que pueda garantizar pensiones dignas. Y además con reivindicaciones que unen y no segregan, como confirma la celebración simultánea de cien manifestaciones en toda España.

Que el conflicto social por las pensiones llene las calles, como el 8 de marzo lo hizo la reivindicación por la igualdad encabezada por el feminismo, es la mejor noticia en mucho tiempo. Demuestra que la sociedad está viva y no resignada. Además situar de nuevo en la agenda política el conflicto social es una manera de ir desempantanando el conflicto territorial. Una de las razones por las que en Catalunya el independentismo ha cogido tanta fuerza es porque ha ocupado el espacio abandonado políticamente por el conflicto social. Se ha convertido a ojos de una parte de la ciudadanía de Catalunya en la única utopía disponible, ante la incomparecencia de otras utopías sociales.

No va a ser fácil salir del empantanamiento y evitar la putrefacción del conflicto. Se necesita tiempo para que unos asuman que la estrategia de independencia exprés y low cost ha fracasado y se entienda que hoy la prioridad es recuperar las instituciones catalanas para la normalidad, que sin duda será autonómica. Que otros entiendan que no hay solución en la derrota o humillación de una parte. Y que todos entendamos que hoy las dos prioridades son restañar las heridas producidas por la fractura de la sociedad catalana y abrir pequeños resquicios para pactar los desacuerdos, ya que pensar ahora en un acuerdo global seria una ingenuidad.

Disponer de tiempo es necesario, pero va en contra nuestro. Porque cuando más tarde en producirse un cambio en la tendencia del conflicto, en pasar del enconamiento actual al necesario desempantanamiento, más profundas serán las heridas y más difícil restituir la convivencia.

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