Eurovisión, ¿quién maneja mi barca?

Logo del Festival de este año./
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MARIO SÁENZ DE BURUAGA

Hoy se celebra hoy el evento musical televisivo que más espectadores concentra en el mundo, no solo en Europa. En 2017 fueron casi 300 millones las personas que lo vieron en sus galas de semifinales y final. Sin embargo, es recurrente escuchar que Eurovisión es una cita casposa y obsoleta (lo de machista aún no lo he oído pero estará al caer). El inolvidable José María Iñigo, en los últimos años presentador y comentarista de dicha retransmisión, decía que tenía la impresión de que quien critica despiadadamente Eurovisión es que no lo ve. Comparto el aserto o más bien lo matizo diciendo que no solo no lo ha visto, al menos en los últimos 15 años, sino que meterse con Eurovisión es ya un mantra con el que el sentenciador desea situarse en una modernidad impostada. Quizá y aunque ello suponga un ejercicio excesivamente personal de presentación, diré que soy de los que gasto en música, anualmente y desde siempre, un dinero mucho mayor que la inmensa mayoría de los mortales. Milito desde los 13 años en el rock sinfónico y en el duro, pero del menú musical como casi de todo y, por supuesto, también me emocionan la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, las nueve del sordo alemán, todas las sonatas de Mozart… y la Jurado cuando canta que se le rompió el amor de tanto usarlo. Voy de aquí para allá buscando conciertos y aglomeración en torno a bandas con miles de watios y guitarras desgarradas pero limpias.

Pues bien, dicho ello con el ánimo de despejar las ganas de los referidos acusadores para atribuir un perfil muy sesgado a quien gusta de Eurovisión, diré que si algo no tiene este certamen es caspa; es más, en las últimas ediciones hay una voluntad excesiva en dejar una impronta que supera incluso el calificativo de moderno o vanguardista. Es el caso de Finlandia, que pareciera que desde sus fiordos emergen toda clase de bestias y monstruos apegados a un micrófono. En Eurovisión cabe de todo, y además y según años y países, es contrastable que la frivolidad de algunos actores, que no cantantes, hablan por sí solos en cuanto a que no siempre hay seriedad por parte de los participantes, y por tanto de sus países. En España, recordar la participación de Chiquilicuatre es ilustrativo de ello; y a punto de ganar, para ser nuestras representantes, quedaron las Supremas de Móstoles, no digo más. Por su parte, en 2012, escuchar a las Abuelas Rusas fue entrañable, más aún al saber que el dinero que ganaran era para reconstruir la iglesia de su pueblo. Y así podríamos recordar a un listado de centenares de artistas, dúos, grupos… que cubren un abanico donde a veces es la calidad su mejor acreditación, en otras lo es el desparpajo y la osadía… no siendo pocas también las que han posibilitado el inicio de una carrera trascendental en la música (los casos de ABBA, Noa, Bonnie Tyler y Celine Dion son quizá los más obvios). Cada cual podrá tener su opinión sobre si le gustan o no tales o cuales canciones, pero mandar a la cuneta a este festival con argumentos ajenos a la valoración de sones e intérpretes canta demasiado y se convierte en una pose.

Otra inercia con Eurovisión es decir que es un despilfarro. No solo no lo es sino que es un chollo para los países organizadores y participantes teniendo en cuenta que solo lo pueden emitir las televisiones públicas adscritas a la Unión Europea de Radiodifusión. En España, la cuota de pantalla supera casi siempre el 35%, más que la mayor parte de los partidos de fútbol, mundiales incluidos. Ya quisieran las privadas tener acceso a tan suculento banquete. Pero hay más si hablamos del peculio: son 300.000 euros el gasto anual que RTVE soporta por este evento (un capítulo de una serie tipo Cuéntame suele rondar el millón de euros). Por algo está España en el big five (junto a Reino Unido, Francia, Alemania e Italia) poniendo más tela que el resto en su cuota a la UER, asegurando así su participación sin pasar por las semifinales.

Después del justo tortazo en 2017 con Manel Navarro, un rubiales sin chicha alguna que encima arrojó un gallo (no tuvo un solo voto del jurado profesional, quedando el último), asistiremos en 2018 al idilio Amaia-Alfred con una canción que tiene su aquel pero que intuyo no cuajará (ahora bien, menos el histórico 'eurovisivo' José Luis Uribarri e Íñigo todos nos equivocamos). Su puesta en escena es excesivamente empalagosa. Ella canta como los ángeles y él va muy justo aunque dicen que como compositor tiene futuro, cualidad que aquí no le vale.

Eurovisión es un derroche de luz y escenografía; es imposible ver en otro lugar un espectáculo así. Fue fue Noruega en 2010 quien marcó un hito en cuanto a escenario y recursos. A partir de ahí, el marco ha sido tremendamente seductor a quien aprecie el ornamento, pero también el despliegue de sonido. Otra cosa es la calidad de las canciones; ahí cada cual que vote. Y es que la mejor votación es la familiar, la de cada casa, porque cierto es que se nota ya mucho el compadreo entre países amigos o con historia cercana. El bloque del Este es muy endogámico y el del Sur-Mediterráneo se desperdiga más. Pero eso importa ya poco. Lo relevante es lo demás. No nos confundamos, Eurovisión es una cita interesante siempre. Y lo más importante es que no nos volvamos locos para responder a Remedios Amaya sobre quién lleva el timonel de esta barca. Eurovisión es un transatlántico y no se irá nunca a pique.

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