La Europa de Puigdemont

JOSU DE MIGUEL BARCENA

Desde que comenzó el proceso independentista allá por 2012, una de las obsesiones de sus impulsores fue la de situar el futuro de Cataluña en Europa. En unas declaraciones a un medio extranjero, el por aquel entonces presidente Mas puntualizaba al periodista que «los catalanes somos más germánicos que el resto de los mediterráneos». La razón para ello es el haber pertenecido a la Marca Hispánica creada por Carlomagno en el siglo VIII. Como se sabe, los nacionalistas periféricos siempre han tenido la tentación de situar su origen cultural en el continente y no en la península ibérica, porque si hacemos caso de la leyenda negra española, «África comienza en los Pirineos». Esta impostura ya solo logra engañar a los convencidos, pero lo importante para el expresidente inhabilitado era dejar claro que la futura Cataluña independiente formaría sí o sí parte de la UE.

Pronto los peones intelectuales empezaron a trabajar duro. Había que hacer creer a la población que la secesión no implicaría en ningún caso la salida del club europeo. Para ello se financiaron sesudos estudios que aseguraban que una vez la región fuera ya Estado, se transformaría sin dificultad en el miembro número 29 de la Organización. Algunos recurrimos a nuestra experiencia en el tema y advertimos de la dificultad de la operación: primero había que ser Estado soberano, después cumplir con los Criterios de Copenhague y luego ser admitido unánimemente por todos los Estados de la UE. Mientras tanto, parecía razonable, de acuerdo a la letra de los Tratados vigentes, pensar que el derecho europeo dejaría de aplicarse en Cataluña. Naturalmente, a los que decíamos esto se nos apuntaba: «no comprendéis la UE, en ella los intereses determinan políticamente el derecho». Lo que traducido venía a ser que Cataluña era tan importante para Europa, que los Estados y las instituciones comunitarias harían lo inimaginable para que no dejara de formar parte de la UE.

La mentira duró mucho y una parte importante de la población catalana se la creyó sin el menor atisbo de duda. ¿Por qué nos iban a engañar? Por entonces empezaron a llegar señales de presidentes de la Comisión o del Parlamento Europeo mediante declaraciones diáfanas en las que apuntaban que cualquier región convertida en Estado tendría que seguir los cauces formalizados para integrarse en la UE. Ya saben, en Europa pocas bromas con saltarse las reglas. Pese a ello, en los medios de comunicación favorables a la causa se apuntaba: «no se preocupen, Alemania decide, y Merkel no quiere una Europa sin Cataluña». El bulo cada vez se hacía más grande y muchos sabíamos, que tarde o temprano, tendría que confrontarse con la realidad.

Durante el mes de septiembre de este año, tanto Juncker como Tusk dejaron claro que no aceptarían la independencia de Cataluña si venía de un acto de fuerza contra el ordenamiento constitucional español. Una vez tuvo lugar el 1 de octubre, Puigdemont y otros miembros del Govern destituido hicieron creer a la opinión pública que «la mediación europea estaba en marcha»: era cuestión de días. Por ello se suspendió la DUI el 10 de octubre. Pero pasaron los días y la única mediación que llegó fue la del lehendakari. Tras el golpe a la Constitución a finales de octubre, ningún país perteneciente a las Naciones Unidas reconoció la nueva república y las instituciones de la UE y sus Estados miembros apoyaron sin fisuras a España. La farsa había llegado al final de la larga escapada.

Puigdemont se fugó a Bruselas a buscar comprensión internacional. Mientras la soledad política se acrecienta y España retira la euroorden, parece que surgen síntomas de amor despechado: recientemente señaló que querría un referéndum para salir de «esta Europa decadente», la misma a la que el separatismo acude para seguir con su particular performance política. Miren, en esto no hay solo un problema estratégico relacionado con la aparición de más demandas separatistas en el continente, hay también una clara incompatibilidad de valores.

La UE representa, pese a sus problemas, la superación del nacionalismo como mejor método para evitar los conflictos, generar riqueza y articular sociedades cosmopolitas. Desde que la secesión se puso en marcha en Cataluña solo tenemos división social, huida de empresas y preocupantes brotes de supremacismo.

En septiembre de 2012 los nacionalistas catalanes pusieron rumbo a la Europa de entreguerras, transformando la famosa moderación y el pragmatismo en populismo territorial. Será interesante observar en el futuro cercano cómo cala en la ciudadanía lo que en el ecosistema secesionista no han tardado en bautizar rápidamente como «euroescepticismo», no vaya a ser que comiencen las inevitables comparaciones. Un eufemismo que sin embargo aporta coherencia ideológica a un proyecto político que seguirá teniendo apoyo mientras no se combata con rigor -e igualdad de oportunidades- la circulación de discursos impermeables a cualquier crítica razonada.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos