El Estado independizador

España se ha convertido en un ejemplo único de estado favorecedor de los procesos nacionalistas vasco y catalán que en un día no muy lejano germinaron en su seno

PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADOProfesor de Historia del Pensamiento Político de la UPV-EHU

Muchos piensan, y con razón, que vivimos en un Estado perfectamente equiparable en cuanto a democracia y derechos a cualquier otro que se precie y que, como en ninguno de esos Estados se permite que una parte del mismo decida por su cuenta si se va o si se queda, pues lo mismo aquí. Pero cuidado: el que no se permita eso en ninguna parte no debiera autorizarnos a pensar que nuestro país no vaya a ser el primero en el que eso ocurra. Y por lo que vamos a ver, lleva todas las trazas de serlo.

El episodio de tener que evitar un referéndum ilegal en Cataluña demuestra, en efecto, el fracaso de la articulación territorial del Estado español. Pero yo le añadiría un matiz más grave si cabe. A mi juicio es la demostración evidente de que España se ha convertido en un ejemplo único de Estado independizador, o sea, favorecedor absoluto de los procesos nacionalistas que un día no demasiado lejano, y por razones que ahora no vienen al caso, germinaron en su seno.

En Cataluña y en Euskadi sus respectivos movimientos nacionalistas cuentan desde siempre con un Estado independizador de su parte, porque más allá de hacer respetar los resultados electorales –como no podría ser de otro modo–, consiente, contra toda lógica electoral, con el hecho insólito de que dichos nacionalismos se erijan en monopolizadores políticos exclusivos de sus territorios respectivos, hasta el punto de postular una nación vasca o catalana pasando por encima de quienes no se sienten parte de ella.

Porque, ¿para qué quieren Estado propio los nacionalismos catalán y vasco? Básicamente para nacionalizar más y mejor a sus poblaciones respectivas. ¿Y por qué el Estado en España no hace lo mismo para sí, al menos con quienes no forman parte de los ‘pueblos elegidos’ que integran el proyecto original de dichos nacionalismos? Ahí está la clave. Por el contrario, es España la que ha posibilitado que los nacionalismos catalán y vasco hayan llegado ya al punto de no necesitar siquiera argumentar en términos etnicistas sus propósitos. Fijémonos en el tema de la lengua. En la ley catalana de transitoriedad del 7 de septiembre, el país independiente que proponen contaría con tres lenguas oficiales: el castellano, el catalán y el occitano, este último por el valle de Arán. Es lo mismo que ya recogía el Estatut, el que todavía está vigente y cuya aprobación por el tripartit fue motivo de la actual discordia, al ser reformado por el Constitucional después de haberse aprobado en referéndum por los catalanes. Pero lo trascendente aquí es que los propios nacionalistas catalanes no estiman que su única lengua oficial debiera ser el catalán. Y ello es así porque han tenido en cuenta a un gran colectivo de independentistas que no consideran que tengan que desprenderse de su lengua materna –el castellano– para optar a la independencia. Estos ‘indepes’ son los que se articulan en el colectivo ‘Súmate’, integrado por inmigrantes o descendientes de inmigrantes en Cataluña partidarios de la independencia y que defienden hablar solo en castellano. Ahí están su presidente Gabriel Reyes, que ocupa escaño por Junts pel Sí en el Parlament; Gabriel Rufián, el mediático portavoz de ERC en el Congreso; o Antonio Baños, carismático dirigente de la CUP.

Que los dirigentes nacionalistas hayan convenido en mantener la oficialidad del castellano junto con la del catalán, en contra de las directrices de un colectivo tan influyente como el Grup Koiné, integrado por lingüistas y escritores partidarios acérrimos del catalán como única lengua oficial, de lo que nos habla, más allá de los tacticismos del procés, es del absoluto predominio ideológico de los nacionalismos en sus territorios respectivos debido al desistimiento de un Estado español como agente nacionalizador, que no hace nada por captar siquiera a quienes no forman parte definidora o constitutiva original de las naciones catalana o vasca.

El colectivo castellanoparlante de independentistas, por su parte, ni siquiera necesita presentarse con un programa ideológico elaborado: es la independencia de España por sí sola la que les hará a estos hijos de inmigrantes más felices y mejores en una Cataluña independiente. Y lo mismo ocurre en Euskadi, solo que aquí no tenemos un colectivo como ‘Súmate’, ya que los descendientes de inmigrantes de Allendelebro no se han organizado como minoría influyente y tampoco se han atrevido a cuestionar el papel simbólico del euskera. Todo lo contrario, ejercen de agentes muy activos de la euskaldunización y están muy presentes en los partidos abertzales, hasta el punto de que un Rodríguez Torres –Arkaitz– sustituye a Otegi al frente de Sortu.

Los nacionalismos catalán y vasco están ya en otra fase en la que les empieza a resultar más efectivo exhibir personalidades sin ningún pedigrí nacionalista, todo lo contrario de lo usual hasta ahora. Independizarse de España es algo bueno por sí mismo, sin necesidad ya de invocar la pureza de un pueblo sometido. Esto es lo novedoso en el procés catalán y lo que se vislumbra también en el caso vasco. Y era algo que se veía venir: los nacionalismos catalán y vasco, en la fase decisiva de la desconexión, tienen que contar por fuerza con una parte importante de sus seculares poblaciones inmigrantes. ¿Y qué han hecho los gobiernos españoles ante este fenómeno verdaderamente clave de los procesos de secesión que padecemos? Pues lo dicho, nada, o peor aún: actuar como lo haría un auténtico Estado independizador.

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