L 'estaca'

La imagen de los primeros detenidos por el 1-O catalán reduce mucho el margen del PNV para apoyar los Presupuestos de Rajoy

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

L 'estaca', la canción-protesta de Lluís Llach creada en 1968, símbolo de la lucha antifranquista, se ha convertido ya en la metáfora del choque catalán con el Estado constitucional. La situación dio ayer una nueva vuelta de tuerca bajo esta melodía. La imagen de los detenidos, cuadros intermedios de algunos departamentos de la Generalitat, por parte de la Guardia Civil -por una orden de un juez de Barcelona al margen de la causa abierta por el TSJC- y las movilizaciones de airada protesta arrojan una fotografía en blanco y negro y una cierta sensación de vértigo. En la batalla del relato, ¿quién ganó en el capítulo de ayer? De entrada se fortalecen los polos, que consiguen más madera. Más leña al fuego.

El Maidan, más cerca

En realidad, se ha hablado tantas veces del choque de trenes que sorprende que cuando este ha llegado algunos se echen las manos a la cabeza. Cuando Junts pel Sí y el tándem Carles Puigdemont-Oriol Junqueras apostaron deliberadamente por la ruptura unilateral con la legalidad constitucional española, eran conscientes de que el escenario de ayer era factible. Puigdemont ha admitido en más de una ocasión que su objetivo, el de 2 de octubre, es irse a su casa, con sus hijas, y, si hiciera falta, encerrarse en el Parlament con dos millones de catalanes acampados en la Ciudadela si el Estado mantiene su apuesta de «persecución». Un retrato, el del Maidan catalán, que recorrerá el mundo y que, en su opinión, pondrá en cuestión a la democracia española. Las manifestaciones de ayer son el aperitivo de lo que puede venir. La novedad es que se introduce una cuña de alarmismo que puede afectar a la opinión pública y a sectores influyentes del poder. La situación catalana a la deriva es una mina en el sur de Europa.

Sin un cristal roto

Hasta ahora todo se está desarrollando, a pesar de la tensión creciente, sin una farola rota. La ausencia de violencia es un dato clave. La excepción, la agresión ayer en una sede del PSC, con el lanzamiento de ladrillos contra sus puertas de cristal. El socialismo catalán es víctima de la polarización de posiciones. Como sus alcaldes, que tienen que hacer frente a una presión desconocida que rezuma intolerancia.

Las movilizaciones son pacíficas y cívicas, pero un chispazo de violencia puede trastocar la foto

Los hechos de ayer en Cataluña transmiten una percepción, al menos en la 'periferia', de que empieza a traspasarse una línea roja. Que haya detenidos y que la vía penal empiece a tener sus consecuencias plantea una radicalización emocional que los partidarios del referéndum van a intentar capitalizar. Todos los ingredientes están en la coctelera: un sentimiento de cabreo y agravio y ahora de indignación en sectores nacionalistas e, incluso, en esa franja de la sociedad que sin ser soberanista ha adquirido la narrativa del derecho a decidir como un principio del derecho natural, no una reivindicación. Hasta el Barça y el Girona se han subido al carro. Un golazo del soberanismo.

De la Guerra de Sucesión...

La escenografía, hasta ahora, ha sido pacífica y mayoritariamente cívica aunque el acoso al PSC y el 'debate' incendiario en las redes sean un contrapunto de esta tranquilidad. Se agita la bandera del sentimiento herido, que siempre es rentable. De 'Els Segadors' que simbolizaba la derrota en la Sucesión en 1714 a la actual batalla de la secesión. Con flores rojas a los guardias civiles. Pero la tensión crece. Los problemas que empiezan a tener las retransmisiones en directo de algunas cadenas de televisión españolas son inquietantes. Joan Tardá, el diputado de Esquerra, pedía ayer a gritos no caer en la violencia. Ese es el mayor empeño de los secesionistas. Creen que van a ganar la batalla del relato, sobre todo ante Europa. «Es un milagro que esto no llegue a las tortas», dice un socialista vasco. Gabriel Rufián, el portavoz de ERC, es el 'énfant terrible'. Su petición a Rajoy «a que quite las manos sucias sobre Cataluña» provocó ayer abucheos e insultos en el Congreso. En la bancada del PP y de Ciudadanos no le soportan. Les parece un arrogante y una caricatura. Tampoco seduce a los nacionalistas vascos. Rufián gusta de los numeritos y es todo menos serio. En el PNV tienen claro que la gravedad del momento requiere seriedad, no circos. Estamos en la mayor crisis de la democracia española y las cosas se han puesto feas.

El enredo vasco

Al PNV se le han complicado mucho las cosas en Madrid. Tenía un escenario idílico de pacto con el Gobierno del PP. Se aprovechaba de cinco escaños decisivos, que ha rentabilizado al máximo en la negociación de los Presupuestos. Se sabe hace tiempo que el lehendakari Urkullu y Andoni Ortuzar han considerado una apuesta muy arriesgada el camino de Puigdemont. Que han visto la batuta de la CUP como un peligro alejado del pactismo vasco que enredaba las cosas y las llevaba al precipicio. Pero la crisis catalana ha roto los equilibrios. El PNV sufre también una presión interna de solidaridad con los independentistas catalanes bajo el cerco legal del Estado. La escena de los detenidos marca un antes y un después. Con este contexto, al PNV se le estrecha mucho el margen de maniobra para apoyar los Presupuestos del PP. La legislatura puede estar condenada pues a un adelanto electoral, quizá con Rajoy envuelto en el estandarte del orden y la ley, dentro de «la prudencia y la responsabilidad», como señaló ayer a las nueve de la noche, en el 'prime time' televisivo, con solemnidad institucional. Para evitar males mayores. Ese es su mantra.

El diálogo

Mientras tanto, en el Congreso se observan dos grandes inercias. La primera, anticipada por Ciudadanos, que quiere marcar al PP desde el flanco de un nuevo nacionalismo español con un mensaje de rechazo frontal a una negociación política mientras dure el 'golpe de Estado' del secesionismo. Ciudadanos exhibe músculo constitucionalista en un empeño de explotar políticamente un supuesto malestar en el centro-derecha con la 'inacción' de Rajoy. La segunda inercia es la del diálogo. Está planteada por el PSOE y por Podemos, que va más lejos al reclamar un nuevo proceso constituyente. El problema territorial divide al PSOE, pero ayer José Luis Ábalos dejó clara una receta: Defensa de la legalidad constitucional y oferta de un pacto político. ¿Quizá un referéndum legal en 2019 en la que los catalanes pudieran votar un nuevo pacto con España o decantarse por la ruptura? Es una fórmula que baraja Miquel Iceta, que tiene una buena relación con el PNV. Su padre era un militante jeltzale que terminó en Barcelona por la Guerra Civil. Una vía aún en la nebulosa que podría dar juego después del 2 de octubre. Mientras tanto, vuelan casi todos los puentes.

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