Espejo de la Transición

Con el conflicto catalán, aun sin violencia y terror, hemos vuelto a los malos tiempos en los que no se tomaba muy en serio la Constitución y se cantaban como insólitos trofeos las pulsiones secesionistas y las glorias patrias

IÑAKI ADÚRIZ

Un relato algo olvidado de los tiempos de la Transición viene a ser la obra ‘Ardor guerrero’ (1995), una memoria militar, del premio Princesa de Asturias de las Letras, el escritor y académico jienense Antonio Muñoz Molina, que, como se sabe, transcurre en San Sebastián, entre 1979 y 1980, mientras hace el servicio militar en los cuarteles de la capital guipuzcoana. El libro refleja con fidelidad la vida cuartelaria de aquellos años, envuelta, para el que la protagonizaba, en temores poco gratuitos, por la brutalidad y despersonalización reinantes, así como en una burbuja de exacerbación de las esencias patrias. Pero, aparte de esto, también señala con nitidez el momento histórico que se vivía y que tenía su proyección dentro y fuera de los acuartelamientos. Respecto a este, recién estrenados los estatutos de autonomía vasco y catalán, y en trance de ir construyendo el Estado de las Autonomías, un aspecto que subraya el autor es el de que a toda costa se había de tener una determinada identidad regionalista o nacionalista, lo que, en aquel momento, proporcionaba prestigio y un lugar en el mundo. Por contra, no poseerla -como le ocurría a él, que, al hablar con sus compañeros, se lamentaba por que no se le notara el acento andaluz de su tierra originaria- suponía una condena sin remisión «a una vulgaridad neutra y española, a un triste no ser nadie».

De rebote, ello indicaba la cara y cruz de un texto, como la recién aprobada Constitución de 1978, pues, por aquellos años, este apenas tenía espacio, entre inviolables fervores de tradiciones y antiguas identidades, por un lado, e infernales ruidos de sables en los cuarteles de invierno o fuera de ellos, por otro. Sin olvidar, claro está, los extremismos del Batallón Vasco-español ni, sobre todo, de la organización terrorista ETA, a la que se sumaban apoyos e infraestructuras, que consiguieron amedrentar a una sociedad, como la vasca, hasta el punto de llegar a la insolidaridad más agraviante para las víctimas. Otro galardonado relato sobre esto último -’Patria’ (2016), de Fernando Aramburu- nos lo vuelve a ratificar dos décadas más tarde.

Es así como, en cierto modo, con el denominado conflicto catalán de hoy en día, aun sin violencia ni terror, hemos vuelto a esa vertiente de malos tiempos de la Transición en que no se tomaba muy en serio la Norma pactada, se cantaban como insólitos trofeos las pulsiones secesionistas y las glorias patrias, y se despreciaba el tono neutro del ‘pobrecito español’. Y es, aquí, cuando, precisamente, a uno le parece que el tiempo presente nos vuelve a señalar que como país seguimos dando vueltas a lo mismo. Sin ánimo de caer en planteamientos simplistas, diría que la prevalencia del que se relaciona con el mantra de la patria, esta como entidad ideal e independiente, y no, como quizás mejor se acompasa a los tiempos actuales, del que tiene que ver con la clarificación de los ordenamientos legales existentes -la Constitución- y sus posibles actualizaciones o reformas, es uno de ellos. Por muy tópico que resulte no puedo dejar de citar aquí el tema de lo emocional, para que, al final, adoptemos esa postura. Y es que el uso de la razón y el sentido común, el ver las cosas desde la distancia, nos resultan mucho más complicados. Parece que es una perogrullada lo que estoy diciendo, pero no hay más que observar lo sucedido en Cataluña. Y no es tanto -que lo es- porque se hayan saltado las normas, como si nada, sino porque en sus actuaciones de calado político apenas se ha apelado a la sensatez, cosa que se nos antoja que se pueda ir recobrando.

Relacionado con esto, tan solo una pregunta, acaso, también, reiterativa: ¿cuántos catalanes estaban dispuestos a independizarse con el fin de lograr una comunidad y un Estado catalán cohesionados y consistentes para ir construyendo el futuro en clave catalana? Como no se pueden hacer peor las cosas, de nuevo, pues, nos encontramos con la frustración -para algunos, cínica frustración, porque era previsible que se diera-, como la que, históricamente hablando, se ha originado siempre ante los espasmos provocados por ir a cualquier precio en busca de la patria de unos cuantos y que prevalezca la identidad de origen y el sentimiento que produce formar parte de un conjunto de afinidades varias.

Para acabar, no sé si tendrá mucho que ver, pero, aunque para alguno resulte paradójico, viene bien recordar, aquí, que se encuentra desaparecido del léxico del texto de la Constitución el término ‘patria’, si no es para reforzar una sola vez el de nación en el artículo 2. A comparación de la frecuencia con que se la clama por un sitio u otro, no creo, pues, que la Norma que nos rige peque de exceso en esa práctica. Frente a ello, sí resulta significativa la relevancia, en sus distintos apartados y contenidos, que tienen las referencias a lo normativo acordado, a los derechos y deberes, a las libertades y, en general, la frecuente aparición de palabras como, entre otras, ‘leyes’ o ‘ciudadanos’. Bienvenidas sean.

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