Esfuerzo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Hubo unos años recientes en los que la apelación a la cultura del esfuerzo era constante. El sintagma martilleaba con su sonsonete en los debates políticos sobre la educación, en las charlas de los pedagogos, en las recomendaciones a las familias de los estudiantes, en los preámbulos de las leyes y en los lamentos de los profesores. Por escuelas y universidades se había extendido, nos decían, una mentalidad ociosa que identificaba la calidad del estudio con el confort del estudiante, con la errónea idea de que hasta el conocimiento más difícil podía -y debía- ser adquirido mediante métodos que no exigieran el menor sacrificio. Y entonces sonaron las alarmas. Había que detener aquello si no queríamos acabar criando no solo adultos intolerantes a la frustración, sino también profesionales incompetentes y técnicos sin iniciativa, creatividad ni recursos propios para arrostrar las dificultades.

Nadie definió con exactitud de qué se trataba, pero cada vez que sonaban juntas las palabras cultura y esfuerzo había que cuadrarse y poner cara de circunstancias. Algunos de los políticos que masticaban la fórmula con la máxima circunspección han sido ahora descubiertos amañando sus currículums. Se ha sabido de más de uno de estos apóstoles de la perseverancia y la determinación que aprobó parte de sus licenciaturas sin tomarse la molestia de ir a clase, e incluso sin asistir a los exámenes. ¿Con qué autoridad puede alguien que se ha labrado el expediente a base de trabajos de cortapega aspirar a dirigir el país o sus instituciones? ¿Qué solvencia intelectual y moral tiene el discurso del que predica el tesón pero en la práctica lo sustituye por el atajo, el enchufe o el fraude académico? El tiempo acaba poniendo los trucos al descubierto. Ahora sabemos que la llamada al esfuerzo no era la exaltación de un valor, sino únicamente una coartada ideológica para legitimar las diferencias: mirad bien, nos decían, hemos llegado aquí a base de empeño mientras que vosotros, los rezagados, no alcanzáis el éxito porque no os esforzáis lo suficiente.

Desde la escuela a la facultad siempre ha habido una línea divisoria que separaba a los holgazanes de los aplicados en dos rutas que con el paso de los años se iban alejando una de otra. Era la barrera del esfuerzo. Ahora la distancias se siguen manteniendo, pero no siempre en virtud del trabajo y del mérito. Los nuevos másteres han abierto una brecha insalvable entre quienes pueden pagarse la matrícula e invertir en el estudio unos años más de su vida, por un lado, y por otro quienes por falta de medios se ven obligados a dejar la universidad al terminar el grado o la licenciatura. No es un problema de dedicación, sino de clase. Si además de esa discriminación inicial en el juego están permitidas las trampas, seguir invocando la cultura del esfuerzo suena a sarcasmo.

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