Las escaleras

SANTIAGO AIZARNA

Cuesta más bajar las escaleras que subirlas. Es una ley física que acabo de aprender muy tardíamente, diría yo que al filo de estos mis casi ya noventa años, que miro hacia la calle desde mi ventana y la veo como patio desde la celda que hoy, sábado por más señas, al tratar de bajar hasta el buzón para recoger el periódico, me doy cuenta en el descansillo, con horror, de que el ascensor sigue sin funcionar.

Desde ese momento, la mañana adquiere un tono negro más fúnebre que grisáceo. El cuerpo se envara (y no se 'enerva' porque uso este verbo a la manera como Zorrilla nos contaba su episodio de 'la siesta' empleando correctamente el verbo 'enervar' como sus coetáneos y no como ahora que da a todos por usarlo erróneamente y de manera contraria a lo que realmente significa por culpa de blanduras de la R.A.C. en su aceptación: «Son las tres de la tarde, julio, Castilla./ El sol no alumbra, que arde; ciega, no brilla;/ la luz es una llama que abrasa el cielo;/ ni una brisa una rama mueve en el suelo./ Desde el hombre a la mosca todo se 'enerva';/ la culebra se enrosca bajo la hierba»; que si nos dejamos influir por citas zorrillescas es posible que nos den las ciento y la una y punto y seguido, que comenzara aquí la cuasicosa de las levitaciones con el fray de Cupertino atravesando aires raudo y grácil, más en éxtasis seguidos, de rama en rama como cuclillo en gritos cuasigloriosos que tórnanse en trinos.

Lo de las escaleras es punto y aparte y me da por pensar que, por mucho menos que por eso, aquel un tal Franz Kafka que se topó con su horrible metamorfosis de su Samsa que le dejó clavado ante la horripilación siniestra de la impotencia junto con el asco de nosotros mismos que es lo que acostumbramos a vomitar en tales trances, qué otra incoherencia tan coherente no le hubiera surgido de sus remusgos mentales ante este hecho tan sorprendente: de la mañana cuajada como de arreboles de queso requesón, es decir, la tangibilidad en viscosa sensación que es la tortura de la pringue, la vida en decúbito prono ni siquiera en supino sino en prono, que sí que hay yaceres tan redondeados que no se sabe a qué posturas elegir o colegir; a Gregorio Samsa buscando mantenerse a flote sobre las sábanas una vez que la coraza de sus élitros le mantenían prisionero de esa su bagatela tan fundamental de sentirse muy otro siéndose él mismo, o fumigándose en 'El castillo' ('del aburrimiento', como llegó a escribir aquel otro plumífero de estridencias y discordancias sumas llamado Giovanni Papini, quien, en su 'La logia de los bustos' anatematiza con palabras tan cardinales las exequias de esa obra kafkiana, diciendo que «he acabado de leer 'El castillo' de Franz Kafka.

No quiero para mí envidia, ni conmiseración: digo tan sólo que he logrado leer hasta el final las 467 páginas de 'El castillo', de Franz Kafka. En mi vida he leído libros más largos, más abstrusos. más profundos, más sustanciosos que 'El castillo', de Franz Kafka, pero raras veces he tenido que habérmelas con un libro más pesado, más molesto, más aburrido, más cansado y tedioso que éste. Conocía las otras obras de Kafka 'América', La Metamorfosis', 'El proceso' -y aun cuando me parecían parto de las musas del absurdo v de la prolijidad, no suponía que la absurdidez de lo inútil pudiera llegar a la perfección aburrida y molesta alcanzada en 'El castillo' (...) salido de la cabeza del pobre enfermo de Praga.

La edición italiana de 'El castillo' que tengo en mi mesa representa el esfuerzo de más de seis personas: de Kafka que lo ha escrito; de la señorita Anita Rho. que lo ha vertido en pulido italiano; de Remo Cantoni, que ha hecho una introducción; de Mario La Boccetta, que ha dibujado las ilustraciones; de Max Brod, que ha añadido un apéndice, y, finalmente, de Arnoldo Mondadori, que lo ha publicado en una edición clara y digna. Labor meritoria la de todos ellos, lo reconozco, pero en este caso el más heroico de los cansados es el séptimo personaje, el lector».

Que leído que se ha todo esto, se queda uno igual que me quedo ahora ante las escaleras y sus peldaños que hay que subirlos o bajarlos, que miro hacia arriba y ninguna esperanza me viene desde las alturas como tampoco de los abajos, que el ascensor se ha emperrado en no moverse así como parece que también los encargados de ponerlo en marcha que ni se han dignado en aparecer y se queda uno así ante el ascensor que no sube ni baja como si se colocara ante el Castillo con el que Papini perdía su fe de lector y logra uno reprimir, aunque mucho le cuesta, algún sonoro vocablo para los que no quieren darse cuenta de que, por no ponerse a su trabajo a cuántos problemas nos han enfrentado a los que poco o nada podemos ante las escaleras desnudas, ante la molicie de ascensores y sus cuidadores, presos en nuestra propia casa sin acceso ni a pan ni a agua, como en esta mañana de marras que hemos tratado de coger el ascensor para nuestros más necesarios movimientos y nos hemos sentido igual que 'el prisionero de Zenda', según nos contaba Anthony Hope, ¡vaya por Dios!

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